Vivir desde el complejo de víctima es asegurarse una vida desgraciada

Una víctima, por definición, es alguien que padece algo. Un ser indefenso e impotente sobre el que un acontecimiento cae como una losa y no puede hacer nada por evitarlo. Esto es real en muchas situaciones puntuales como pueden ser accidentes, agresiones o enfermedades, y hay que ayudar a estas personas a que retomen el control de sus vidas después de una tragedia y dejen de ser víctimas.

Sin embargo las hay que se acomodan en ese papel, o que directamente viven absolutamente todo lo que les pasa desde esta actitud. Se sienten víctimas por una discusión de pareja, por su situación laboral o por cualquier otro acontecimiento sin darse cuenta que se están amargando solos la existencia.

Las personas que viven desde el complejo de víctima ven culpables por todas partes y muchas veces intentan hacer que los demás se sientan responsables de sus miserias. Una madre que no quiere que sus hijos, ya creciditos, se vayan muy lejos de su lado, les dirá lo "triste, sola y amargada" que está por culpa de su ausencia, o una pareja que tiene miedo a ser abandonada también utilizará técnicas como el chantaje emocional y la manipulación para retener a alguien.

Muchas veces conseguirán lo que quieren, y sus seres queridos harán lo que les piden, aunque no quieran, simplemente por no hacerles daño o por evitar que sufran. De esta manera tendrán un falso sentido de poder sobre los demás, y se habrá convertido en su única manera de relacionarse, pero detrás se esconde la idea de: “tengo que obligar a la gente a estar conmigo porque no van a querer estar por mí mismo”.

Evidentemente es una mala estrategia que se utiliza más de manera inconsciente que consciente, ya que si se dieran cuenta de lo que en realidad supone este tipo de comportamiento, verían que se están tirando piedras contra su propio tejado. Puede funcionar a corto plazo, pero a la larga nadie aguanta mucho tiempo estando en una relación por obligación y lo más frecuente es que la gente se acabe alejando.

Ante casi cualquier problema que surge, las personas que viven desde el complejo de víctima interpretan que los culpables son siempre otros. Pero no se dan cuenta de que al no asumir su responsabilidad, o al menos una parte de ella, tampoco se puede hacer mucho por solucionar esos problemas. Así que gastan su energía en echar pestes sobre el o los 'culpables' de su desdicha, una y otra vez de manera obsesiva, llegando a distorsionar gravemente la realidad.

Esto lleva a callejones sin salida, ya que como uno no puede cambiar a los demás ni lo que le molesta de ellos, si se centra en eso sólo lleva a frustrarse y a vivir constantemente cabreado. En cambio si ponemos el foco en nosotros mismos, si nos preguntamos cuál ha sido nuestra responsabilidad en esa discusión o decidimos que esa agresión que hemos sufrido se quede en el pasado y deje de dictaminar nuestro presente, entonces se abre un mundo de posibilidades y activa la creatividad para solucionar los problemas.

Ante cada situación que nos provoca contrariedad, deberíamos acostumbrarnos a decir: "qué he hecho YO para que esto suceda" y "qué puedo hacer YO para que mejore". De esta manera evitaremos entrar en el bucle de la crítica destructiva y las quejas y repetir los mismos errores una y otra vez. En lugar de hundirnos en la miseria y pensar que el mundo es injusto, con cada dificultad que nos ponga la vida por delante conseguiremos crecer, evolucionar y hacernos más fuertes.