Vivimos Tan Preocupados Por Gustar, Que Olvidamos Disfrutar

Vamos de excursión a un sitio precioso y lo primero que hacemos es subir una foto a Instagram, antes incluso de disfrutar de la experiencia. A veces llegamos al absurdo incluso de vestirnos con ropa incómoda, solamente porque nos sienta bien. ¿Realmente para presumir hay que sufrir, como nos dijeron a muchas nuestras madres? La publicidad sigue diciéndolo a gritos, y queramos o no, ese mensaje se nos va grabando en el inconsciente. No nos damos cuenta de que cuando actuamos pensando en gustar más que en disfrutar atraemos a personas a nuestro alrededor no por lo que somos, sino por lo bien que se nos da complacerlas. Cavamos nuestra propia tumba de la amistad y del amor, incluso la del trabajo, y luego nos extrañamos si nuestra pareja nos exige, o nuestro jefe se aprovecha de nuestra buena voluntad.

No siempre fue así. No siempre tuvimos la necesidad de gustar y complacer a los demás. Hubo un tiempo en que no pensábamos en esas cosas, en que simplemente disfrutábamos en el porche de casa, con un caracol que habíamos encontrado, o con una canción que sonaba en aquel viejo radio-casette. Disfrutábamos sin plantearnos lo que pudiera parecer o lo que esperaban los demás de nosotros. ¿Qué ocurrió? Que empezamos a ver que nuestros padres nos daban palmaditas en la espalda cuando éramos graciosos o traíamos buenas notas; ocurrió que en el colegio conseguíamos más amigos si nos comprábamos las mismas camisetas o veíamos los mismos programas que el resto. Igual que los delfines en los espectáculos, que saben que si hacen peripecias se llevan su pez de premio, nosotros aprendimos a gustar a todos, a ser lo más perfectos posible según sus criterios para recibir su cariño, su atención o su amistad.

Con los años nos volvimos expertos, expertos en poner la sonrisa perfecta, decir el comentario exacto y gustar a la persona que quisiéramos. Nuestras neuronas se fueron especializando tantos años en el arte de la seducción que si alguien nos pregunta qué nos gusta hacer, nos cuesta realmente dar una respuesta neutra, una que no parezca sexy, divertida, intelectual o cualquiera que sea la fachada que hayamos construido para gustar más a las personas que más nos gustan. Ni siquiera sabemos qué nos gusta en el fondo, porque tenemos tan mecanizado decir que somos de iPhone, de Pepsi o de Burger King, que no nos hemos parado a degustar realmente ninguna hamburguesa, ni a hacer una selección de móviles por si algún Android moderno que no tenga ninguno de nuestros amigos satisface más nuestros intereses reales.

Puede que ese gorro no te quede tan sexy como el peinado que ahora se lleva, pero no hay nada más atractivo que una persona que se siente bien consigo misma, una persona que realmente sabe lo que quiere. Tú no estás hecho para seguir las modas, sino para crearlas. No estás hecho para captar yonkis de tu capacidad de seducir, ni para centrarte más en gustar a otros que en disfrutar de la vida. Si empiezas a centrarte más en disfrutar, se quedarán en tu vida aquellas personas que valoren quién eres realmente, personas que lo que más les guste de ti sea verte disfrutar.

Crédito de la Imagen: Jared Tyler