La valiosa recompensa de encontrarse a uno mismo

Piénsalo, nos pasamos gran parte de nuestra vida buscando la cara de alguien en carteles imaginarios. Y cuando damos con una que más o menos se ajusta a ese retrato robot, esperamos que la felicidad sea el premio o la compensación que merecemos por ello. A veces, incluso, repetimos este proceso y nos olvidamos de nosotros mismos, dejando atrás a la verdadera persona que vemos a diario frente al espejo.

Durante ese camino, vamos perdiendo parte de nuestro equipaje que más adelante echaremos de menos, vamos descuidando todos nuestros principios mientras imaginamos supuestos finales, vamos tratando de encontrar a alguien que nos complete sin darnos cuenta de que en esa operación nosotros mismos estamos siendo la resta. Puede que, por eso mismo, en muchas ocasiones, el resultado pueda llevar a error o no llegar a ser exacto. Siempre he pensado que hay que estar entero para poder completarse y multiplicarse con alguien, y que el resultado final —claro está— sea positivo.

Pero no solo son las relaciones las que pueden llegar a hacer que nos olvidemos de quien realmente somos. La vida está llena de trampas desde que nacemos, desde antes de que tengamos uso de razón. La sociedad —ignorando que está totalmente enferma— intenta curarnos en salud educándonos en que tenemos que ser jueces, políticos o abogados para ser vistos como grandes personas; el sistema —totalmente manipulado— nos trata como a números, como a números primos, y espera que seamos parte de un sorteo amañado; la religión —el peor invento del hombre— demanda amor mientras nos vende la figura de un dios a través de la muerte y del miedo; la televisión —el mayor escaparate publicitario— nos enseña que para triunfar en la vida tenemos que vestirnos de esta u otra manera, comer esto y aquello, tener un coche rápido, un móvil de última generación y un cuerpo diez.

Todo, absolutamente todo, es una trampa a la que estamos expuestos desde pequeños. Y mientras crecemos en ella, dejamos de crecer por dentro y tendemos a desconocernos.

Por eso, el mejor consejo que te puedo dar es que, cada mañana, cuando te mires al espejo, te preguntes quién eres de verdad; quién quieres que te conteste con una sonrisa al día siguiente. Que no dejes de ser tú mismo por nada ni por nadie —mientras ser tú mismo signifique estar orgulloso de ti—. Que todos nos perdemos un montón de veces en este viaje y muchas veces cuesta reconocerse, pero lo más importante es que te acabes dando cuenta de que no hay mayor recompensa en la vida que la satisfacción de encontrarse a uno mismo.

Crédito de la imagen: Ibai Acevedo. ibaiacevedo.com