Que no te timen con las etiquetas de la comida

Te apetece tomar algo rápido para merendar, así que vas a la nevera y coges una botella de yogur líquido de fresa y unas lonchas de jamón de York para hacerte un sándwich. Crees que estás comiendo jamón y bebiendo yogur de fresa, pero en realidad ni el jamón es jamón (es fiambre, es decir: trozos de carne de cerdo con féculas) ni el yogur lleva fresas (tan solo contiene aromas). Eso sí, en el paquete puedes leer York Sándwich con letras enormes y dos hermosas fresas ocupan gran parte de la etiqueta de la botella. Te la han colado. Y no es la primera vez. Tranquilo, no es que seas tonto. Es que los expertos en marketing son muy listos y los fabricantes nos lo ponen difícil para interpretar las etiquetas de la comida. ¿Cómo? Escondiendo la denominación del alimento, indicando los ingredientes en letra minúscula y en sitios de difícil lectura o con eufemismos indescifrables para que se te quiten las ganas de seguir leyendo.

Nos ha pasado a todos. Según nos consuelan desde la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), uno de cada cuatro consumidores ha comprado alguna vez un producto pensando que era otra cosa. Lo típico: compras néctar de fruta cuando lo que querías era un zumo de naranjas exprimidas. Metes en la cesta de la compra queso rallado y lo que te estás llevando es en realidad grasa vegetal. O te gastas unas perrillas de más en unos ravioli de boletus edulis para esa cena especial y, sorpresa, la cantidad de boletus, anunciada en el paquete por todo lo alto, es ínfima.

¿Lees las etiquetas? Quizás a partir de ahora lo hagas

Si formas parte del 5% de los españoles que nunca lee las etiquetas de los alimentos, puede que después de este artículo te plantees dedicar unos minutos en el supermercado a saber qué metes en la cesta de la compra. Según un estudio de la OCU, un 31% de los españoles solo lee el etiquetado “a veces”, mientras que el 64% lo hace “siempre” o “casi siempre”. A la mayoría (el 96% de los compradores) sólo le interesa la fecha de caducidad, mientras que el 71% consulta los ingredientes y el 56%, las calorías que va a consumir. Menos de la mitad (el 48%) consulta los aditivos de los productos que compra.

Desde el 13 de diciembre de 2014 contamos con una regulación que busca un etiquetado más honesto con mejoras que, a priori, parecen de sentido común. Como que la promoción a través del etiquetado de los alimentos no puede sugerir la presencia de un ingrediente que no contiene el producto (¡obvio!), ya que puede inducir a un error al consumidor. O prohibir el famoso truco de atribuir propiedades medicinales o la capacidad de prevenir, tratar o curar alguna enfermedad a un alimento (¿pero por quién nos toman?).

En qué debes fijarte para que no te timen

No basta con que los fabricantes indiquen que el producto se ha elaborado con grasas vegetales y se queden más anchos que largos. Ahora ya podemos saber si lleva aceite de girasol, de coco o de palma, que no es lo mismo. Además, la denominación del producto irá acompañada de información sobre el tratamiento al que haya sido sometido (en polvo, liofilizado, concentrado o ahumado). Si el alimento ha sido congelado y se vende descongelado, debe indicarse. Y también te deben informar de si el producto ha sido envasado en atmósfera protectora, o si contiene edulcorantes, cafeína, ácido glicirrícico, sal de amonio, fitoesterol, etc.

La lista de ingredientes: en busca del azúcar

Debe incluir todos los ingredientes del alimento en orden decreciente de peso. Alerta con el truco de dividir esos 15 gramos de azúcar de tu chocolatina en 5 gramos de azúcar, 5 gramos de jarabe de maíz y 5 gramos de glucosa. Como no queda bien poner el azúcar el primero de la lista, lo separamos en dextrosa, fructosa, melaza y demás equivalentes y así parece que comemos menos azúcar cuando, en realidad, la cantidad ¡es la misma!

Los alérgenos, en negrita

La mayoría de alergias alimentarias se deben a un grupo reducido de alimentos. Los alérgenos más comunes, según explica la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) en su campaña El etiquetado cuenta mucho, son la leche de vaca, los huevos, la soja, el trigo, los crustáceos, las frutas y los frutos secos. Las normas obligan a indicar su presencia en los alimentos envasados destacándolos tipográficamente (por ejemplo, en negrita).

Etiquetas trampa

Joanna Blythman lo deja bien claro en su libro Swallow This: Serving Up the Food Industry’s Darkest Secrets (Trágate esto: mostrando los secretos más oscuros de la industria alimentaria). Cuidado con las vitaminas añadidas: fabricar vitamina E a partir de derivados del petróleo o sintetizar vitamina C mediante la fermentación de maíz transgénico no suena muy natural. Tampoco lo es el proceso industrial por el cual extraen, normalmente con disolventes agresivos, los pigmentos que dan nombre a los colorantes naturales tan comúnmente presentes en los yogures. Desconfía también de los reclamos 'orgánico' o '100% natural'. Si quieres comer sano, aléjate de los productos elaborados y date una vuelta por los mercados de tu barrio.

De dónde co... viene lo que compras

Antes de creerte que esa salsa puttanesca es italiana porque en la etiqueta pone ricetta della mamma, dale la vuelta al bote, lee y probablemente descubrirás que viene de más cerca de lo que crees. Hasta ahora era obligatorio indicar el origen en productos como miel, aceite de oliva, frutas, verduras, pescado y carne de vacuno. Ahora, además, también se indica en la carne de cerdo, aves de corral, ovejas y cabras, así como el lugar de crianza y sacrificio de los productos cárnicos. La indicación del país de origen o lugar de procedencia será obligatoria cuando su omisión pueda inducir a error al consumidor. Así que será más difícil que te cuelen un kilo de naranjas de Valencia traídas directamente desde Argentina o un ternasco de Aragón nacido, engordado, sacrificado y despiezado en Irlanda.

Pero el nuevo sistema de etiquetado obligatorio (en vigor desde diciembre de 2014, aunque con aspectos aún por aplicar a partir del próximo diciembre) no ha acabado con todas las quejas de las asociaciones de consumidores. Desde OCU se pidió que el tamaño de letra fuera de 3mm. Pero la ley aprobó que el mínimo fuera de 1,2mm. -excepto en etiquetas con superficie menor a 80cm2, que es de 0,9mm.-. Ve sacando las gafas de cerca de tu abuela si quieres saber qué estás comprando. En lista de ingredientes, la presencia de grasas trans seguirá sin tener que indicarse y queda por definir qué información se aplica a los productos vendidos a granel. Así que le hemos ganado un asalto a las marcas, pero aún debemos andarnos con ojo. Porque no siempre “blanco y en botella” significa “leche”.