La solución para acabar con el suicidio no es ignorarlo sino hablarlo mucho más

“No por no hablar del suicidio va a dejar de ocurrir”. Hasta ahora, había un consenso de "don't ask, don't tell" sobre el suicidio, obviándolo para evitar el "efecto llamada". Toca cambiar de perspectiva

Existe la certeza en la calle y los medios que es mejor no hablar del suicidio por miedo a promoverlo. Se conoce como el  Efecto Werther, porque cuando Goethe publicó Werther en 1774, cuyo protagonista tiene una existencia trágica que acaba en suicidio, se popularizó el mito de que el libro había hecho que muchos jóvenes se suicidaran imitándolo. Esto se ha perpetuado en el tiempo, y pocas personas creen hoy en día que se deba hablar del suicidio. “Si lo visibilizas, la gente lo practicará más”, seguro que has oído alguna vez.

Pero, como explica El País, esta “certeza” está empezando a revertirse, y ya no es la actitud recomendable frente al sucidio. “El silencio es el peor enemigo del suicidio. Hablar de ello y exteriorizarlo es, según los expertos, una puerta de salida para buscar ayuda y prevenirlo”. “No por no hablarlo va a dejar de ocurrir”, matiza Vicente Elvira, jefe de psiquiatría del hospital Sant Joan de Alicante. Pep Sotillos, que con 25 años intentó quitarse la vida, declara en el mismo artículo que “si se hablase con naturalidad del tema, se normalizaría. Eché de menos que en los medios de comunicación se hablase de ello, que dijeran que se podía salir de ese círculo”.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) coincide y cree que se debe informar. Eso sí, evitando sensacionalismo: sin fotos, sin detallar el método que usó, obviando relatos sentimentaloides y nunca presentando esta práctica como solución a un problema (nada de decir que lo hizo para dejar de sufrir) fueron las recomendaciones de la organización.

Pero, ¿realmente supone un peligro tan grave el suicidio? La respuesta es que sí, es un problema de salud pública que no se está tratando ni bien ni lo suficiente. Como explica la Confederación de Salud Mental de España, “en 2017 el suicidio fue la principal causa externa de mortalidad en España, ya que fallecieron 3.679 personas (2.718 hombres y 961 mujeres), un 3,1% más que en 2016”. En total, duplican las muertes por accidente de tráfico.

Prevenir el suicidio es importante porque no es una práctica aislada. Es decir, va asociada a muchas problemáticas mentales, emocionales y sociales. Es la respuesta desesperada a una situación de profundo malestar, depresión y sufrimiento, “la conducta suicida no es ni una solución, ni es valiente ni cobarde”, advierten en el Twitter de la Confederación de Salud Mental de España, es decir, es una práctica “vinculada a un altísimo grado de sufrimiento de la persona”.

Por eso el suicidio se da tanto en colectivos bajo la amenaza de marginalidad social, que se multiplicaron tras la crisis económica. Como informaba el Salto Diario, “los colectivos antidesahucios y la Plataforma de Afectados por la Hipoteca vienen reclamando que se visibilice el componente social del problema del acceso a la vivienda y cómo la angustia, el sentimiento de culpa y la sensación de frustración del proyecto de vida ha conducido a varias decenas de personas bajo riesgo de desahucio a quitarse la vida o a intentos de suicidio”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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No es el único colectivo socioeconómico que se ve en esta situación. Otros de los más destacables son los refugiados e inmigrantes en situaciones irregulares o las comunidades LGTBI (en especial los jóvenes, más vulnerables), que también sufren con virulencia esta violencia psicosocial que conduce a los altos grados de sufrimiento que pueden desembocar en un suicidio. Toca hablar más del tema para encontrar soluciones. El silencio no es la respuesta, es obviar los problemas, es solo un parche para aparentar que todo va bien.