Lo que revelaron los tests psicológicos de los "cuatro jinetes del apocalipsis nazi"

Durante los juicios de Núremberg, que acaban de cumplir 75 años, se analizó la personalidad de los altos cargos enjuiciados, intentando buscar "la semilla del mal"

La Segunda Guerra Mundial dejó claro que los humanos éramos capaces de convertirnos en una máquina de destrucción y exterminio. Por eso, con la derrota nazi, se formó un tribunal militar internacional que “educase al mundo sobre lo que había sucedido”. Y así surgieron los juicios de Núremberg, que cumplieron 75 años el pasado 20 de noviembre. Estos juicios han pasado a la historia como la derrota y castigo judicial de la cúpula nazi que sobrevivió la guerra, pero “poco se sabe, sin embargo, de un extraordinario proceso de análisis psiquiátrico y psicológico de los prisioneros que se llevó a cabo paralelamente para tratar de encontrar los orígenes de su maldad”, asegura la BBC.

Fueron muchísimas horas de entrevistas, exámenes y observaciones conducidas por el psiquiatra Douglas Kelley y el psicólogo Gustave Douglas. "Su trabajo los puso en contacto íntimo con personalidades de tal grado de maldad que algunos pensaban que había algo profundamente dañado en ellos, que tenían algún tipo de disfunción cerebral o enfermedad mental", argumenta el profesor Joel E. Dimsdale, que escribió un libro recopilando el contenido de los informes de ambos profesionales.

Estos documentos (que, de hecho, la historia de cómo los consiguió Dimsdale es igual de llamativa: se le presentó a su despacho “el verdugo”, el que ejecutó a los condenados de Nuremberg, y le habló de ellos) tenían información de todos los condenados. Sin embargo, el profesor se centró en cuatro, los juzgados más influyentes, que bautizó como “los cuatro jinetes del apocalipsis nazi”: “Robert Ley, jefe del Frente Alemán del Trabajo; Julius Streicher, fundador del diario antisemita Der Stürmer y parte central del aparato de propaganda nazi; Rudolf Hess, Führer suplente; y Hermann Göring, la figura más poderosa del Partido Nazi y canciller de Alemania tras la muerte de Hitler”.

Juicios de Núremberg | Wikipedia

Lo que más le soprendió fue que todos eran muy, muy diferentes. Y, sin embargo, cometieron aberraciones monstruosas por igual. A Ley lo definió como una personalidad compleja y contradictoria: ordenó el asesinato de sindicalistas que no apoyasen al Partido Nazi, el cual consideraba “un hogar sin el cual no podemos vivir”, y a la vez estaba a favor de los derechos del trabajador, un salario equitativo para las mujeres y más tiempo de vacaciones. Durante las entrevistas, aseguró que se arrepentía, y logró suicidarse en la celda.

Streicher, por su parte, era “el más antisemita” del gabinete nazi (lo cual ya es decir). Era “lo peor de lo peor”: se le enjuició varias veces de sadismo, violación y crímenes sexuales, de lo cual él presumía. Y a pesar de todo, dijo que “dormía muy bien en la cárcel por su conciencia limpia”. Los psicólogos determinaron que era una persona rígida, insensible, obsesiva, corrupta, violenta y depravada. Pero, a la vez, muy argumentativo: “logró hechizar a miles de alemanes sensatos”, como lo describió Kelly.

El tercer “jinete apocalíptico”, Hess, recordado como el Führer suplente, fue catalogado de loco. Incluso se dudó si alguien en su estado mental podía enfrentarse a un tribunal. Hablaba de conspiraciones de judíos, aliados controlados hipnóticamente y muchas locuras. Al final, fue condenado a cadena perpetua. El último, Göring, fundador de la Gestapo, vicecanciller del Reich, supremo comandante de las fuerzas aéreas Luftwaffe, coordinador de la “solución final” (el nombre del exterminio) y creador de los primeros campos de concentración. Un currículum terrible.

Según los profesionales, era un hombre muy inteligente e imaginativo, pero que usaba estas cualidades para el mal porque era brutal y con una completa indiferencia por la vida humana. “Era un psicópata amigable”, porque además de genocida era “simpático y divertido”, rasgos que le servían para ocultar un profundo narcisismo, agresividad y egolatría. Era tan simpático y sabía comer tan bien el tarro con sus habilidades sociales que se especula que Kelley, el psiquiatra, le dio una pastilla de cianuro como compasión para que se suicidase antes de hacerlo en la soga.

Según Dimsdale, el psicólogo y el psiquiatra se sintieron decepcionados porque no encontraron una “marca de Caín”, una cicatriz del mal. Eran, al fin y al cabo, humanos. No eran monstruos. Y, de hecho, Molly Harrower, una psicóloga que analizó los casos décadas después de los juicios, llegó a la misma preocupante conclusión. Borró los nombres en las pruebas de Rorschach (que se usaron en Nuremberg y actualmente están en desuso porque aportan poca información) y los mezcló con los de gente normal de la calle. ¿El resultado? Era imposible identificar cuáles pertenecían a estos genios del mal. Ya lo avisa la filosofía: “la banalidad del mal”, cualquiera puede ser malvado en el contexto adecuado.