Por qué a veces a los que más queremos, peor tratamos

Cuántas veces no hemos llegado a casa de mala leche y la hemos pagado con el primero que se cruzara. Mandamos lejos a nuestros padres que nos preguntan qué nos pasa, discutimos con la pareja por tonterías cuando en realidad ya habíamos llegado predispuestos o le echamos la bronca a un compañero de piso por algo que, en realidad, no es para tanto.

Después de un día muy malo en el trabajo o en clase, necesitamos descargar toda esa tensión acumulada de alguna forma, y normalmente la peor parte se la llevarán las personas que damos por hecho que siempre van a estar ahí. Y precisamente por eso nos confiamos y los utilizamos como sacos de boxeo emocionales. Puede que incluso te des cuenta de que les haces daño y te prometas que no volverá a pasar, pero llega esa próxima vez y vuelves a ser borde como tú solo.

Esto ocurre principalmente por dos razones. En primer lugar, cuando las cosas no han salido como esperábamos, pensamos que nos hemos equivocado en algo o simplemente no hemos hecho lo que 'debíamos', nos ponemos en modo 'automachaque' y también sentimos el impulso de atacar a los demás. Así que enganchamos a quien tenemos más cerca y le contestamos mal, le hacemos comentarios desagradables o nos embarcamos en una discusión. En realidad lo que pasa es que estamos exteriorizando lo que llevamos dentro. Si en nuestro interior predomina el bienestar es poco probable que tengamos la necesidad de discutir. Por lo tanto, si ves que estás siendo desagradable, hay que parar y echar un vistazo hacia dentro e intentar averiguar porque está saliendo eso de nosotros.

Otra razón es porque sabemos que nos quieren de verdad y no nos van a dejar. Y esto, que en principio debería ser positivo, también hace que nos acomodemos y no sean relaciones que valoremos lo suficiente. Tenemos más cuidado en cómo le decimos las cosas a un compañero de trabajo, o incluso a un desconocido, que al amor de nuestra vida. Todas las relaciones que mantenemos necesitan mimos, atención y cuidado porque como cualquier planta que si no recibe abono, agua y luz, acaba deteriorándose y muriendo.

En toda esta historia tenemos una compañera de viaje muy fiel: la culpabilidad. Estamos mal, con tensión y necesitamos descargarnos, lo que por otra parte es muy sano, pero lo hacemos de una manera en la que alguien acaba herido. Cuando esto ocurre nos sentimos culpables así que nos machacamos todavía más, nos sentimos aún peor y somos cada vez más bordes. Es un círculo vicioso y la culpabilidad no hace otra cosa que avivar la llama.

Lo que tenemos que hacer es asumir nuestra responsabilidad, sin dramatizar, simplemente viendo que algo no nos gusta e intentando cambiarlo sin anularnos ni hacernos pequeñitos. Eso nos ayudará a aprender que es natural que tengamos emociones como la rabia o la tristeza, pero que tenemos que canalizarlas de una forma diferente, sin herirnos ni hacer daño a nadie. Cada uno tiene que encontrar su modo, quizás haciendo deporte, una actividad que le guste o incluso se puede uno quedar a gusto pegando cuatro gritos al aire o dándole golpes a un cojín. Cualquier cosa con tal de evitar que se quede dentro o explote salpicando a quien menos lo merece.