Fui a un psicólogo de calvos para que me enseñara a amar mi alopecia

Un 30% de los hombres menores de 30 años son calvos. A veces, la presión estética es tan fuerte que puede acarrear depresiones y bajadas severas de autoestima

A penas tenía 20 años y ya notaba que su cabellera se iba reduciendo. Poco a poco, pelo a pelo, la veía menos viva. Cada uno de los regalitos que la alopecia le dejaba en la almohada por la mañana se le hacía cuesta arriba. La autoestima de Daniel (nombre ficticio para preservar su intimidad) se derrumbaba con la misma facilidad que perdía pelos cada vez que se pasaba la mano por la cabeza. Le costó mucho aceptar que tenía que despedirse de su cabellera, tanto que rozaba la depresión.

Mirarse al espejo y no reconocerse, verse poco atractivo, creer que tu ex no te presenta a sus amigos ni familiares porque se avergüenza de tu peinado, sentir que todos te observan vayas donde vayas… “Incluso si me hacía miraditas con alguien de fiesta no pensaba que quisieran ligar conmigo, sino que se estaban riendo de mí por mi peinado. Aunque al principio yo fuera el único que me lo notaba”, confiesa.

La sombra de la alopecia lo obligó a tomar una decisión: visitar un psicólogo para calvos que lo sacase de este pozo de automenosprecio. “Todos los pacientes que he tratado venían con carencias de autoestima”, explica Jaume Guinot, psicólogo especializado en juventud que también trata estos temas. El aspecto físico, obviamente, es muy importante, añade, y cómo te ves determina cómo te sientes. “Era frustrante, porque no podía hacer nada y no podía dejar de verme cada vez más y más feo”, explica Daniel.

Por qué no quieres verte calvo

El terror a la calvicie es porque está asociado a unos prejuicios. No queremos ser calvos no porque suponga algún contratiempo biológico (como mucho pasarás fresquito en la cabeza), sino por los estereotipos de la calvicie. “Al cabello se lo vincula con el atractivo masculino e incluso, con la fortaleza y la virilidad. No tener pelo, es un fracaso masculino. Se debe trabajar para desvirtuar la calvicie de los rasgos negativos que tiene socialmente”, recomienda el psicólogo.

Aunque el “calvo malote” como Vin Diesel es un tópico bastante establecido de la masculinidad peliculera, la calva que no es perfecta (entradas, cabellos ligeros, clapas o coronillas) se asocia totalmente lo contrario, a personas debiluchas, estándar, e incluso pringadas. Solo hace falta ver la televisión: o grandes cabelleras, o cabezas rapadas y músculo. No hay términos intermedios.

“Antes de raparme, tenía entradas y un pelo muy delgado. Me recordaba al peinado de cornudo pringado del porno. Además, yo no tengo músculos, así que parecía siempre que no iba arreglado. Daba sensación de dejadez”, recuerda Daniel. Este fue uno de los temas que trató con el psicólogo: era imposible que se viera guapo. Por mucho que se duchase o se vistiera bien, siempre se sentía como si no estuviera limpio del todo.

El momento de raparse

Daniel se aferraba al pelo. Aunque se veía feo y desaliñado, se resistía a soltar aquel pelo que todavía le quedaba. “Creo que lo más difícil es pasar del ‘sí, se me cae pero nadie lo nota’ al ‘soy calvo, todos lo ven y no pasa nada’. No es fácil tener ese cambio de mentalidad, y sin psicólogo no lo hubiera conseguido”.

“El proceso para mí fue similar a cuando rompes con una pareja, cuando te aferras a los pequeños resquicios de amor y crees que aunque esté peor que antes todavía se puede salvar”. Curiosamente, la relación con su ex también estuvo marcada por su pelo. “Lo hablé unos años después de haber roto y me dijo que él nunca me presentó a sus padres porque le daba vergüenza que vieran mi cabeza llena de clapas, porque me hacía parecer debilucho y poca cosa”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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El momento culminante para raparse fue cuando rompió con su ex. Entró en un pozo de miserias entre el desamor y no tener autoestima por la caída constante de cabello, así que decidió mudarse de ciudad y raparse. “Empezar de cero, literalmente”. Entonces, tuvo un boost de autoestima, empezó a aceptarse, a ligar más y a perder los complejos que lo habían condicionado durante muchos años de su vida.

Raparse fue la forma de Daniel de aceptar su calvicie, un proceso por el que suelen pasar la mayoría de calvos. “Pero quizá no es necesario”, replica Guinot, “no es una obligación hacer nada, lo más importante es desvincular la asociación de peinado a una idea negativa”. Al final, estos peinados intermedios o de transición entre la melena y la rapada no deberían tener estigma y tendríamos que ser libres de llevarlos. “No debería estar normalizado que los veamos como algo indigno”.

El proceso de curación psicológica

Daniel es uno de los muchos hombres jóvenes que se han quedado calvos. Según un artículo de El País, “el 30% de menores de 30 años padecen alopecia androgénica en el mundo. […] La probabilidad va aumentando según creces: a los 50 años, el 50% de los hombres padecen alopecia”.

Guinot ha tratado a varias decenas de personas que estaban castigándose por dentro por este mismo motivo. Siempre suelen acudir por falta de autoestima y por la incapacidad de muchos hombres de exteriorizar sus emociones. “La calvicie y no mostrar los miedos y preocupaciones salen de lo mismo, la creencia de lo que tiene que ser un hombre: fuerte y masculino. Todos mis pacientes han mejorado cuando han sacudido las creencias que traen interiorizadas”.

El círculo de tristeza por la calvicie, al final, se retroalimenta en las inseguridades, las expectativas de la masculinidad, la idealización de nuestros cuerpos y la superficialidad de nuestra sociedad. Y aunque Guinot asegura que normalmente la mayoría de casos de calvicie no requieren ayuda psicológica y que pocos hay que acaben en patología, advierte que siempre es recomendable buscar un profesional si tu autoestima se derrumba a medida que vas perdiendo cabello.