Por qué mi psicóloga me recomendó dejar de ver películas de terror

Estoy en un laberinto muy oscuro, no veo dónde termina. No hay puertas ni ventanas a mi alrededor, una luz muy tenue casi imperceptible alumbra el suelo, no sé de dónde viene. De repente lo siento, hay algo detrás de mí. No me giro para mirar, solo empiezo a correr, estoy escapando. Mientras huyo para salvar mi vida siento cómo se acerca, cómo el aliento me alcanza la nuca, cómo un escalofrío me asalta la espalda. Entonces comienzan los pálpitos infinitos y la angustia: va a atraparme, voy a morir, no sirve de nada correr. En ese caos terrorífico, y cuando el pánico me ciega por completo, me despierto y estoy gritando. Tengo la respiración acelerada y estoy envuelta en sudor. Otra vez esta horrible pesadilla.

Podría confirmar que, desde que tengo memoria, me gustan las películas de terror. Cierto es que cuando era pequeña no contaba con los mecanismos que me permitían detectar cuándo una película generaba miedo “de verdad”, así que las que me gustaban no habían superado el límite de lo que mi imaginación y mi cerebro podían manejar. Todo estaba bien hasta que llegaron mis 11 años. En aquel entonces, y debido a que mis padres trabajaban, una joven me acompañaba en casa y cubría los cuidados básicos que una niña como yo necesitaba. Me gustaban las películas de miedo que le gustan a una niña de mi edad y lo cierto es que era bastante feliz.Resultado de imagen de the exorcist gif

Un día la chica que me cuidaba me dijo: "¿Quieres ver una película de miedo de verdad?". Asentí con ganas y con toda la inocencia. Puso la película que, según dijo, era la que más miedo me iba a dar en toda mi vida. Y sí, tenía razón. El film de El exorcista se me incrustó en el cerebro. Soy consciente de que en aquel momento comenzaron todos mis traumas. Empezaron mis pesadillas: antes de que el demonio se metiera en el cuerpo de la niña, uno de los procesos por los que ella pasó fue que sus piernas le comenzaban a arder. Lo tengo muy grabado en la memoria porque fue en ese momento cuando empecé a sentir todos esos procesos en mí, me despertaba por la noche gritando: "¡me arden las piernas, me arden!". Se generó en mí un miedo atroz a que un demonio se metiera dentro de mi cuerpo, tal y como ocurría en El exorcista. Esa película fue la primera que vi de terror de verdad y que considero como el origen de todo.

No alimentes el miedo y la ansiedad

A pesar de ese gusto por el género de terror nunca fui del todo consciente de que existiera una relación entre las películas, el miedo y mis pesadillas. Me di cuenta cuando hablé con mi psicóloga. Soy una persona que tiene tendencia a pasar miedo, así que después de ver una película de terror todos esos miedos se reproducían de forma más intensa. Estando sola en casa podía ver una película donde, por ejemplo, alguien asalta la vivienda de repente, en esos instantes el proceso hasta que me quedaba dormida era mucho más largo porque estaba todo el rato pendiente de los ruidos, con todos los sentidos alerta.

Un día hablando con mi psicóloga me dijo: "Si tu cabeza genera este tipo de historias donde suceden cosas negativas o malas, visualizando películas de terror estás alimentado a tu cerebro, le estás dando recursos creativos para que siga inventando este tipo de escenas". Si a esto le sumamos la situación en la que vivimos ahora en la que cada dos por tres una mujer es violada o secuestrada, pues obviamente ver este tipo de filmes donde se reproducen otro tipo de historias similares no me estaba ayudando.

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“El miedo es una ventaja evolutiva: una buena evaluación y estrategia en torno a las amenazas es imprescindible para la supervivencia, tanto del individuo como de su descendencia.  Gracias a esta emoción se es capaz de hacer frente al riesgo e, incluso, el hecho de disfrutarlo abre al individuo un mundo de nuevas posibilidades que de otra forma nunca se plantearía: explorando posibilidades y dándole la baza de acceder a nuevos y mejores recursos (territorios, alimentos o materias primas)”, asegura Sandra Gómez Villacastín, mi psicóloga. Aún así ella explica que “el miedo y la ansiedad se pueden ver incrementados con el visionado de estas películas” y puntualiza que “ocurre lo mismo con las pesadillas ya que el cerebro almacena las imágenes vistas y las mismas pueden reproducirse en el momento de dormir”.

Una película de terror en mi cabeza

El problema real aparece más allá del momento de irme a dormir, porque las películas de terror no solo afectan a mis pesadillas sino también a mi vida cotidiana: genero historias negativas y horribles dentro de una situación rutinaria, pienso que todo acabará mal y será terrible. Tiene que ver con el impacto que tienen sobre mí tanto las cosas que veo como las que leo o las que suceden en el mundo, con esa información mi cerebro construye esas historias y esas historias, no tienen final feliz.

Por ejemplo, si voy en taxi volviendo a mi casa desde el trabajo, en cuanto me subo mi cabeza empieza a trabajar con ese entorno directo. Miro al taxista y me fijo de lleno en el trayecto que está realizando, por dónde va, cómo es… Si veo que hace un recorrido poco familiar ya empiezan mis imaginaciones: por qué va por ahí, los cierres son automáticos así que podría encerrarme si lo quisiera, parece sospechoso, no le puedo ver bien el rostro porque lleva una gorra y está muy callado, ni siquiera la radio está encendida, no me ha respondido cuando le he dicho la calle, ¿debería bajarme ahora?, voy a comprobar que tengo cobertura y batería. Sí, todo va bien, es mi imaginación, no tiene que pasar nada malo, estoy en una ciudad segura… Y así todo el tiempo.Imagen relacionada

La angustia es insufrible e incómoda, no me permite estar tranquila en ningún entorno que sea desconocido. Para sentirme segura llevo siempre botes de defensa o estoy atenta dónde tengo el móvil, en ocasiones marco el número de emergencia en la pantalla para tenerlo a punto por si sucede algo, pienso en cómo podría usar las llaves para defenderme o cómo haré para escapar, busco salidas alternativas y observo cuáles podrían ser los puntos débiles de mi posible atacante. En definitiva, me imagino un final terrible que está fabricado por los referentes que tengo guardados en esa biblioteca de imágenes que mi cerebro ha construido.

Un chute de adrenalina en la rutina

Siempre he sentido ese tipo de adrenalina extraña en la que no quieres mirar pero a la vez te quieres enterar de lo que está pasando. En una de las sesiones, la psicóloga me dijo que las películas de terror al igual que, por ejemplo, una atracción de Portaventura, generan ese tipo de adrenalina a la que te acabas enganchando.

Es como que no puedes pero a la vez quieres. Existe una adicción por todas las sensaciones fuertes que estás viviendo que no dejan de ser negativas pero aún así las vemos, y no nos detenemos. Sentía miedo al verlas justamente por ese tipo de adicción, de doble gusto.

Gómez Villacastín explica que “se siente una especie de placer al ver estas películas porque sabemos que lo que ocurre no es verdad, el límite entre realidad y ficción existe y, por ello, la película nos atrapa. Además, acostumbramos a sentirnos identificados con el personaje bueno y el deseo porque la película acabe bien, es decir, que se llegue al final con el 'malo' muerto, atrapado o desaparecido, es lo que nos mantiene atrapados. La adicción a estas películas nunca es patológica, la adicción reside en el placer de que la situación está controlada. Es más, para que la película genere una consecuencia negativa mayor la persona tendría que tener un problema psicológico previo”.

Resultado de imagen de crazy gif Manejar el miedo es complicado porque hace falta un conocimiento interno muy profundo y potente, sobre todo para ver de dónde vienen esos miedos y poder generar caminos alternativos en el cerebro donde en lugar de imaginar un final negativo vayas construyendo finales de historias positivos. Ese es el consejo principal que me da la psicóloga: intentar detectar cuándo mi cabeza está dirigiéndose hacia una conclusión catastrófica para poder desvincularme de ese pensamiento y crear uno sano y feliz. En definitiva, un final normal. Para poder trabajar de lleno en esta práctica ahora no veo ninguna película de terror ni nada que sepa que va a producir en mí un efecto negativo.  Desde que lo hago, mis pesadillas han disminuido notablemente.

Es tu cuerpo el que reacciona

El mecanismo que desata el miedo se encuentra en el cerebro reptiliano, que regula acciones esenciales para la supervivencia, como comer o respirar, y en el sistema límbico, que regula las emociones y las funciones de conservación del individuo. La amígdala, incluida en este sistema, revisa continuamente la información recibida a través de los sentidos. Cuando detecta una fuente de peligro, desencadena los sentimientos de miedo y ansiedad”, me dice la especialista.

"Cuando esto ocurre, la amígdala despierta la respuesta del hipotálamo y la pituitaria que generan una hormona. Casi al mismo tiempo se activa la glándula adrenal, que libera epinefrina, un neutrotransmisor. La hormona anterior junto a la epinefrina causan la generación de cortisol, otra hormona que aumenta la presión sanguínea y el azúcar en sangre y suprime el sistema inmunitario. Así, si esto sucede en una situación de riesgo, el cuerpo trata de conseguir un subidón en el nivel de energía disponible en caso de tener que reaccionar ante la amenaza. Las hormonas que genera tu cerebro cuando te asustas tienen el objetivo de prepararte para una posible acción muscular violenta, necesaria para huir o pelear”, insiste mi psicóloga buscándole la lógica a lo que me pasa.

Resultado de imagen de hormones gif Así que el cuerpo está fisiológicamente preparado para reaccionar y defendernos, con lo cual crear pensamientos negativos no sirve, realmente, de nada. Estoy en el camino por mejorar estas sensaciones incómodas. Dejar de ver películas de terror ha sido el primer paso, al menos de momento, hasta que pueda observarlas diferenciando bien los límites y que los mismos no afecten a mi vida cotidiana. Y que pueda entonces conocer personas sin creer que pueden hacerme algo. Poder subir aun  taxi sin pensar que voy a ser secuestrada. Poder dormir con las luces apagadas. Poder viajar tranquila. En definitiva, vivir. Vivir relajada. Como cualquier chica normal.


Texto redactado por Guillermina Torresi a partir de la entrevista a Natalye C.