Las personas inteligentes son las más infelices por culpa de la evolución

Además, ser más aventajado intelectualmente no es un indicativo de tener más o menos éxito: pero sí de más desafección con tus decisiones vitales

El empollón de la clase no siempre tenía la vida fácil. De hecho, por regla general, las mejores notas se correspondían también con personas más solitarias, menos populares y con más problemas para ser aceptadas y relacionarse. La relación entre inteligencia y tristeza tiene explicación científica, como demuestra el portal Magnet, y es debido a la evolución humana.

En 2016, un estudio publicado en el British Journal of Psychology y que analizó 15.000 sujetos, concluyó que cuanta más inteligencia, menos satisfacción personal y socialización, lo que “promueve la reclusión”. Según los investigadores, los cerebros más listos que la media son una evolución: “cuanta más gente tenías a tu alrededor en el pleistoceno mejor debías ser para solucionar conflictos”. Tristemente, hay una contraparte, “los más listos se benefician menos de ese contacto social porque son más autónomos”, disfrutan menos de interactuar con los demás.

Por otro lado, las relaciones sociales primigenias eran con grupos muy reducidos. Una persona inteligente pero poco social tampoco tenía que rodearse de demasiados individuos, poco más de diez familias a lo sumo, así que esta asocialidad era llevadera. Sin embargo, a medida que las sociedades progresaban, también nuestro contacto con otras personas, llegando hasta los 150-200 contactos actualmente, algo muy difícil de gestionar para estas personas inteligentes con tendencia a la vida solitaria.

Otro experimento, este con 1.500 voluntarios, llegó a unas conclusiones similares. Los sujetos analizados tenían todo tipo de inteligencia, desde muy limitada hasta muy elevada. El estudio los acompañó durante muchos años y analizó hasta dónde llegaron. Algunos lograron el éxito y la fama pero, sin embargo, no fue condicionado por su inteligencia. Es decir, los más exitosos no eran los más inteligentes y los más fracasados no fueron los menos listos. Hubo de ambos en ambos bloques.

Lo que sí que descubrió este estudio es que las personas con un coeficiente más alto tenían algo en común: daba igual que su trabajo fuese más o menos exitoso, siempre se sentían que no habían llegado a cumplir sus expectativas vitales y eran mucho más conscientes y críticas con sus propias elecciones desacertadas, con lo cual sentían mucho más dolor, tristeza y negativos. “Sus ancestros no sabían que desvinculándose de la tribu acabarían provocando una oleada de ansiedad y depresión”, añade el artículo.

La conclusión de ambos estudios es a la que llegó Google, que también usó estas investigaciones para mejorar sus procesos de selección de personal: no es tan importante buscar personas inteligentes como personas “humildes intelectualmente”, es decir, que sean inteligentes pero no sean tan conscientes de ello. Porque, precisamente, esas personas que son autoconscientes de sus cualidades fueron, según los estudios, las más proclives a estar tristes y a no ser sociables. Parece que ser inteligente y saberlo es una maldición.