Si Las Mujeres No Cobran Más Es Porque No Se Quieren

Quererse importa. Estamos cansadas de escucharlo. Nos hace más seguras y más atractivas ―o al revés, quizá―. Los ojos con los que los demás nos miran son, en buena parte, el reflejo de lo que transmitimos. En lo que igual no habías caído hasta ahora es en que además puede condicionar tu sueldo y tu trayectoria profesional.

Claire Shipman y Katty Kay son las autoras del best seller Confidence Code. En él defienden que la brecha salarial entre hombres y mujeres y el hecho de que haya muchas menos mujeres en puestos de responsabilidad no se debe solo a que la sociedad es machista o que la conciliación familiar perjudica a las mujeres sino que hay otras causas menos evidentes, más personales. Es lo que ambas han definido como “la fuerza oscura que lo enturbia todo”: la brecha de confianza.

Esto quiere decir que en muchas ocasiones son las propias mujeres quienes renuncian a puestos de mando porque creen que no están suficientemente preparadas y dudan de sí mismas. O porque dudan de sí mismas y creen que no están suficientemente preparadas. En esto de la confianza no está muy claro cuál es el orden de los factores.

El caso es que nos queremos menos. Pero mucho menos, vaya. Y eso nos echa para atrás. Ellos se lanzan más. Dicen que sí a cualquier ascenso, aunque sea obvio que no reúnen el cien por cien de lo que se necesita. Pero no dudan de ellos mismos. Creen que se lo merecen. Y, una de las madres del cordero, no esperan a estar seguros de todo siempre. La mayoría de nosotras, en cambio, parece ser que sí.

Queremos tener todo atado y bien atado, dominar cada resquicio, tener respuestas para todas las preguntas. Y además, no una respuesta cualquiera, queremos tener LA respuesta. Y si no, nos callamos. Porque esa es otra; de media hablamos menos. Decimos que “no sabemos algo” un 25% más que ellos. Algunos lo llaman prudencia, sí. Pero en la práctica se traduce en que ellos parecen muchas veces más preparados que nosotras, más seguros, más capaces.

Las autoras del libro dan varios ejemplos clamorosos. Una banquera de inversiones a la que entrevistaron aseguró que ella no merecía realmente el ascenso que acababa de recibir. Y una ingeniera pionera en su industria durante décadas creía que ella no era la persona más adecuada para liderar un proyecto que se le acababa de asignar. Sus compañeros, dicen Shipman y Kay, jamás habrían admitido algo así. Ellos lo merecen. Todo. Siempre.

Pero el tema no se queda en cuestionar la valía a la hora de asumir ascensos. En la Escuela de Negocios de Manchester la profesora Marilyn Davidson pregunta cada año a sus estudiantes cuánto merecerían cobrar tras graduarse. Los hombres dicen que 59.000 euros al año. Las mujeres, 46.000.

Esto no quiere decir, claro, que todo sea nuestra “culpa”. Es obvio que hay trabas reales que no creamos nosotras. Que muchos empleadores les ofrecen más dinero a ellos, que muchos prefieren contratar a hombres para “prevenir” bajas de maternidad o jornadas reducidas. Todo eso es cierto. Pero quizá no sea toda la historia.

Quizá ahora que somos más en las universidades y muchas más en cientos de oficinas debemos plantearnos que la vara de medir no merece estar tan alta. Que no tenemos que ser las mejores siempre en todo. Que la vida va de grises. Que nos lo hemos ganado. Que sabemos mandar ―vaya si sabemos―. Y, sobre todo, que merecemos mandar. Porque, chicas, creedme, lo merecemos.