Hoy Es El Mañana Que Tanto Te Preocupaba Ayer. ¿Valió La Pena?

- Me vas a complicar la vida.

- Y tú a mí.

Era un sábado cualquiera. Primavera, estación amiga de las mariposas y las idealizaciones pasajeras. El sol se despedía dejando el cielo cubierto de un rojo especial. Julia, le esperaba en una terraza, algo nerviosa, pero segura de sí misma y poco preocupada, al fin y al cabo, tenía claro que no iba a liarse con tonterías ni romances pasajeros. Dicen que el amor es adictivo pero cuando te acostumbras a la soledad, desprenderte de ella es todo un reto, porque logras que tu felicidad dependa únicamente de ti; ni de llamadas de teléfono ansiadas ni de encuentros fortuitos y soñados, no, depende solo de ti y de tus ganas de amar la vida.

Después de una larga espera, llego él. Con una sonrisa capaz de tumbar a un ejército entero instantes antes de atacar. Pasearon, charlaron, rieron y discutieron, sobre política y cosas de la vida. Ella le miraba, con los ojos abiertos como platos mientras él le contaba sus pensamientos y aventuras. Conectaron. Pero no fue una conexión cualquiera, no, fue una de esas conexiones capaz de hacer saltar las alarmas de cualquier corazón oxidado. Porque eso de que el amor surge con el tiempo es posible, pero lo que es seguro es que con tan solo 5 minutos puedes saber si alguien puede llegar o no a tu corazón con el tiempo.

Poco a poco, y sin quererlo, se fueron conociendo. Parecía como si conociesen de toda la vida. Aún así, Julia prefería no involucrarse demasiado porque sabía que corría el riesgo de quemarse, una vez más.

Un día, mientras caminaban de la mano junto al mar, pararon en un tenderete de playa y Julia compró dos pulseras de hilo. Se las ataron mientras se llenaban los oídos con promesas y sueños compartidos. Bajó la guardia y por un momento, sintió que todo su alrededor había desaparecido, estaban solos, él y ella, en un mundo donde no existían los imposibles, un mundo que escapaba de su control.

Y fue justo en ese momento en el que decidió que no podía enamorarse de él. ¿Para qué? Hacía años que nadie rondaba su cabeza, que nadie le complicaba la vida con confusiones ni dolores de tripa. Y así estaba bien. Además, eran demasiado parecidos. Adictos a la intensidad del momento, enganchados a la adrenalina efímera; enamorados del hoy, fugitivos del mañana. Enamorarse un poco más de la cuenta, nunca fue una buena inversión.

-  Tengo miedo – le contó a un amigo.

-  ¿De qué? ¿de volver sentir? ¿de vivir? Más vale sentir la intensidad de una emoción arriesgada que no sentir nada y estar muerto por dentro.

Y era cierto. Es cierto. No hay miedo más poderoso que el  vacío. El que no sabe ni a dulce, ni a salado. El que ya no ríe, ni llora. El amor implica valor. Y la vida está hecha para los valientes que aún en las batallas perdidas siempre encuentran una victoria. Así que una vez más, Julia cubrió de ilusión sus cicatrices y se dejó llevar.

Planearon viajes, construyeron sueños e imaginaron un mundo distinto juntos, compartiendo la locura propia de los soñadores locos enganchados al vino, al amor y las ilusiones. Y es que la soledad es muy hermosa, pero más hermosa es cuando se tiene alguien con quien compartirla.

Pero el tiempo pasó, y poco a poco esa llama de fuego fue apagándose. Sin ningún motivo aparente y posiblemente, mil motivos latentes. Pero eso es lo bonito de los sentimientos, lo mágico, que no tienen explicación. De repente todo. De repente nada.

Una noche, los ojos de Julia empezaron a llenarse de lágrimas. No era por tristeza, ni por nostalgia, ni si quiera le había dado tiempo a enamorarse de él. Pero sí el tiempo suficiente para recuperar las ganas de volver a intentarlo. De volver a enamorarse. Pero él, ellos, ya no estaban. Lloraba y lloraba mientras se repetía a sí misma lo estúpida que había sido por haberse ilusionado con una historia que ya hacía tiempo que anunciaba su final. Y fue entonces cuando al pasar por un espejo, vio lo guapa que estaba; cómo las lágrimas bajaban por sus mejillas coloradas hasta posarse en las comisura de sus labios, cómo sus ojos brillaban; empapados de recuerdos, llenos de vida. Y de repente, cayó en la cuenta que ni se acordaba de cuando había llorado por última vez. Y el recuerdo vivo de los últimos meses invadió su mente...

Amanecer a su lado. Sentir el tacto su piel al empezar un nuevo día, el roce de los pies entrecruzados. Marcar su teléfono después de un berrinche en el trabajo o de una alegría, compartir los buenos y los no tan buenos momentos. Escuchar sus preocupaciones y sentirlas como parte de su vida. Verle sonreír. Sonreír con él. Reír, discutir, bailar, cantar, soñar, caminar y crecer juntos. Hay cosas, sensaciones, que no tienen precio, ni si quiera un final anticipado y sin aviso, puede borrar tantas sonrisas y quimeras compartidas. Todo es eterno mientras dura. Todo es verdadero, mientras exista. No dejes que el miedo a un mañana incierto te impida alzar el vuelo. No permitas que las cicatrices del pasado te impidan generar nuevas cicatrices, porque son esas batallas las que nos hacen sentir vivos.

A veces nos preguntamos demasiados por qués y pocos para qués. Esto no va de amores imposibles ni de amores perfectos en el momento equivocado, esto va de personas. Y cada persona llega justo en el momento que tiene que llegar. Ese momento en el que pensabas que ya no volverías a enamorarte y, de repente, llega alguien que te remueve por dentro sensaciones que ni tú conocías; o ese momento en el que no te quedan fuerzas para continuar y encuentras en esa persona un refugio repleto de energía que te ayuda a levantar. Unas veces nos harán más fuertes, otras, más vulnerables, pero siempre nos ayudarán a conocernos un poco más. A descubrir nuevos caminos y nuevos horizontes. Todo llega, cambia y pasa. Y siempre, llega de nuevo. Porque la felicidad se esconde detrás de esos momentos efímeros; instantáneas que apenas duran segundos pero que le dan sentido a todo lo demás, incluso después de un punto final.

Era un sábado cualquiera. Verano, estación amiga del olvido y las ilusiones renovadas. El sol se despedía dejando el cielo cubierto de un rojo especial. Julia comía con un amigo, el mismo que le aconsejó tirarse a la piscina, aún corriendo riesgo de no saber nadar.

-  Y bien. Hoy es el mañana que tanto te preocupaba ayer. ¿Valió la pena? - le preguntó.

Julia bajó la mirada, acarició la pulsera de hilo que bordeaba su muñeca y por un momento, volvió a sentir la emoción de aquel día en la playa, levantó de nuevo la mirada y sonriendo, respondió:

-  Siempre. Siempre vale la pena.

"No dejes que tus miedos ocupen el lugar de tus sueños"

 Escrito y locutado por: Bárbara Esteban