La insoportable ansiedad de saber que eres torpe y que rompes todo lo que tocas

"Me llamaban 'manos de mantequilla' en gimnasia, ahí empezó todo. Desde entonces no cojo ni una cámara cuando me piden que haga una foto por miedo a liarla", explica una 'torpe'

Marta nunca coge nada de sus amigos, ni lo pide prestado, ni lo toquetea si se lo dejan. “Por ejemplo, hace nada una amiga se compró un móvil y dijo ‘mirad lo poco que pesa’, así que fue rotando de mano en mano. Yo no lo cogí porque me daba un miedo terrible romperlo. Sabía que era capaz”, me cuenta Marta por teléfono. Asegura que sufre constantemente por su torpeza. “Cosa que toco, cosa que rompo. Ni tan siquiera cuando un desconocido me pide que haga una foto lo hago. Si voy con alguien, siempre digo que ‘mi amigo las hace mejor’, pero es que tengo terror de coger un objeto que no sea que es mío. Cuando lo hago, me vienen los pensamientos intrusivos de que se va a caer y lo voy a romper”.

He llegado hasta ella a través de Twitter, buscando más personas que, como yo, su torpeza haya degenerado en una profunda ansiedad. A cada cosa que me dice, la entiendo perfectamente, desde que "ni se me ocurría enviar currículum para ser camarera", hasta "cuando voy a tiendas me pongo la mochila delante para no romper nada". Le confieso que me da miedo agarrar un bebé porque pienso que se me caerá y lo mataré. Sí, hasta tal punto de absurdidad he llegado. Se ríe y me dice que ella igual: "creo que solo seré capaz de coger a mis propios hijos. Que si le pasa algo sea al mío, y no al de otros”. 

Cuando eres torpe cualquier situación es de alto riesgo

Sentirse (o creerse torpe) en un alto grado acaba degenerando en un trastorno de ansiedad. Así lo recuerda Susanna Petri, psicóloga clínica en Instituto Barcelona de Psicología, “tiene que ver con una escasa confianza en sus propias capacidades de afrontamiento”. Es decir: falta de autoestima. Los torpes creemos que lo somos y que lo vamos a romper todo. Sea o no verdad. “A veces ni siquiera existe más allá de la imaginación de la persona, que a largo plazo puede acabar evitando todo tipo de situaciones percibidas como de riesgo, para disminuir la ansiedad”.

Según la psicóloga, el caso del bebé es muy ilustrativo. Las personas torpes hacen asociaciones extremas, aunque la situación realmente no lo sea (estás simplemente agarrando a un bebé, pero en tu cabeza confías tan poco en ti mismx que piensas ya en muerte, una exageración para muchos, pero real para estas personas). Otro ejemplo muy típico es el de la montaña. A mí me pasa demasiado: yendo de senderismo o con amigos cuando vamos a algún lugar alto, pienso que mi torpeza va a hacer que me dé un traspié y me caiga. De hecho, no hace falta que sea en la montaña, directamente en un balcón o en una piscina pienso “me resbalaré y me partiré el cuello o me caeré fachad abajo”.

Pensar que eres torpe es una especie de profecía

Con una búsqueda por internet hay diversos testimonios explicando lo mismo. Personas que, en cada paso que dan en su vida, los pensamientos intrusivos están ahí constantemente, gritándoles que se van a caer y se van a matar. Por eso, intentan hacerlo todo pensando constantemente en todo: "no te caigas", "vigila con los pies", "agarra bien las manos". Alba Cobos, psicóloga de la salud, asegura que ahí, en esa obsesión por bordar cada paso y no enfocarse al resultado general, es donde está el problema. "Se entiende mejor con la teoría del monitoreo explícito, muy usada en el deporte”. En resumen, explica que si a un jugador experto lo tratas como un amateur, diciéndole cómo tiene que hacerlo todo (por ejemplo, en baloncesto, cómo votar, cómo moverse, qué pasos dar, dónde mirar, etc.) acaba cometiendo más errores que un novato.

Esto ocurre porque una conducta que es automática (en este caso, para el experto, jugar a baloncesto) la estás desglosando en pequeñas acciones y tienes la mente distraída del objetivo principal (jugar al baloncesto). Como intentas seguir unas pautas de algo que deberías hacer de forma automática, fracasas por tener la cabeza en mil lugares. “Es una excesiva autoconsciencia. Como tienes mucha percepción de la torpeza, te obsesionas tanto con los detalles que acaba volviéndose una profecía”, añade. Tanto pensar que te vas a caer, como tu mente solo se centra en eso, acaba sucediendo. “Queremos actuar bien, pero esa obsesión con que somos torpes nos lo acaba impidiendo”, concluye.

Sobre cómo se genera este miedo, ambas psicólogas lo achacan a episodios del pasado o rasgos de personalidad. Por ejemplo, personas obsesivas o con TDAH, que se obsesionen con esto, pero también episodios traumáticos del pasado, desde películas hasta alguna caída grave o algo que, de pequeño, sirviera de precedente y te marcase. En el caso de Marta, lo tiene claro: “se me daba fatal el deporte. Era la niña gorda y no quería hacer gimnasia. En el cole me llamaban 'manos de mantequilla' y me lo acabé creyendo. Bueno, y sigo creyéndomelo. Siempre que agarro algún objeto caro me vienen flashes de yo jugando a balón prisionero mientras me gritan ‘manos de mantequilla’, como si fueran recuerdos traumáticos de un militar”.

Lo mejor es aceptar tu torpeza

La psicóloga estadounidense Ellen Hendriksen recomienda en el diario The New York Timesaceptar tu torpeza”. Es decir, si tú admites que eres torpe y que no pasa nada por serlo, incluso te lo tomas con humor, irás naturalizando esta “torpeza” y, si se te cae algo, no pasará nada. Al final, lo importante es reconciliarte con esta parte de ti e intentar que no sea tu único pensamiento. Si la abrazas, cuando actúes con naturalidad, como no estarás obsesionándote con tu torpeza, podrás esquivar los efectos del “monitoreo explícito” (es decir, no pensarás en cada uno de tus movimientos) y no pensarás “lo voy a romper, lo voy a romper”, hasta que entonces sucedas y, como parte de este autoboicot, pienses: “¿ves? Tenía razón”.

Por otra parte, quizá también es importante replantearnos si somos tan torpes. “Yo partiría aceptando de entrada la visión de la persona, para acompañarla en un análisis lo más objetivo posible de la realidad, es decir: “¿Como tratas tú TUS cosas? ¿Realmente se te caen siempre? ¿No tienes nada que hayas tocado que esté entero? O bien, ¿te pasa solo con las cosas prestadas?”, añade Petri. Quizá nuestra torpeza sea más autoprofética que real (¿acaso no tienes un portátil? ¿un móvil? ¿una tele? ¿una cámara? ¿cuántas veces se te ha roto o caído? Muchísimas menos de las muchas que lo has usado).

O quizá no, y sí que somos un poco torpes, pero incluso en ese caso es altamente improbable que todo lo que tocamos se rompa, aunque nuestra ansiedad se empeñe en hacernos creer que sí y que no estamos capacitados para nada. Porque, seguramente, al igual que yo, todas las veces que te has cargado algo ha sido mientras pensabas, llenx de ansiedad, “no sé por qué me dan algo, lo voy a romper, la voy a liar”. Y así fue, nuestro miedo por defraudar acabó provocando nuestros mayores temores: ser torpes.

CN