Cómo evitar que tu tendencia a procrastinar arruine tu vuelta al trabajo

Aplazar nuestras obligaciones es una ruina para nuestra productividad y no es tan difícil de combatir como nos hemos querido creer

Llevo tres días seguidos viendo ese montón de ropa limpia encima de la silla de mi habitación. Tres días. Cada vez que llego del trabajo lo miro y pienso que hoy es el día para colocarlo todo en el armario. Sigo de largo por el pasillo hasta la cocina. Dejo mi bolso sobre la mesa y me siento. Miro a mi alrededor. Abro la nevera, busco agua fría. Llevo todo el día como cansada, aletargada, como si me pesara algo en la espalda. Tengo hambre pero no me apetece cocinar. Voy a la habitación, vuelvo a mirar la ropa y me tumbo en la parte vacía de la cama. Cojo el móvil: Instagram y scroll eterno. Twitter y más scroll. Se hacen casi las ocho de la tarde. Por fin me levanto. Me duele la cabeza. Me tomo un yogur y voy a ducharme. Sobre las diez de la noche me acuesto a dormir, porque mañana trabajo y tengo que hacer muchas cosas como colocar, de una vez por todas, la ropa. ¿Te suena la historia? Seguramente no sea la única persona a la que le sucede esto. En casa, en el trabajo, en el gimnasio...

“Procrastinar es demorar voluntariamente algo que íbamos a hacer a sabiendas de que la dilación puede perjudicarnos por no llevar a cabo la tarea puntualmente o incluso cómo nos sentimos con respecto a esta o a nosotros mismos. Procrastinar es una voluntaria e innecesaria dilación”. Así dice el libro La solución a la procrastinación del doctor en Psicología Timothy A. Pychyl, una obra en la que propone una guía con las mejores (y nuevas) estrategias para superar el hábito de postergar. Y es que el aspecto más desconcertante de la procrastinación es que lo único que te impide actuar en ese instante es la propia reticencia a hacerlo, aún a sabiendas de que la mejor reacción es ponerte manos a la obra. Así pues ¿por qué nos resistimos a actuar? ¿Por qué nos convertimos en nuestro peor enemigo?

Desaprovechando todo, todo el rato

Cerca del montón de ropa limpia que debo guardar en el armario, hay otra montaña: la de la ropa sucia. En una primera visualización sospecho que, para poder resolverlo, tendría que poner unas tres lavadoras. Quizás no por la cantidad sino más bien porque hay ropa negra, blanca y de colores y no puedo mezclarla. Miro los dos montones y no encuentro el impulso que me lleve a organizar esta situación que, realmente, me molesta. Me voy al salón. La mesa del salón es un desastre, podría ordenarla, debería ordenarla. Pero no lo hago. No hago nada. Me siento en el sofá y miro el móvil. Otro día perdido. Existen ciertos motivos por los que esto sucede. Y probablemente mi motivación —por decirlo de algún modo también mi estado emocional— tiene algo que ver. Se trata de uno de los principales motivos junto con la maravillosa (y a veces exitosa) excusa del contexto. Por ejemplo: estás dispuestx a salir a correr pero ¡vaya! está lloviendo. Así que mejor lo dejas para otro día.

"Este es un error más que común en la consecución de nuestros objetivos: creemos que tenemos que sentirnos con ganas de llevar a cabo estas tareas", afirma el experto. Seguramente nunca sea el momento ideal para hacerlas. Si llueve y tu plan previo a la lluvia era salir a correr, puedes y deberías seguir haciéndolo: ponte un chubasquero y sal adelante. Hay un horizonte glorioso, con un tiempo en el que puedes —progresivamente— ir cumpliendo tus propósitos. Pero los desaprovecharás, esperarás hasta el último día, hasta el último minuto, condensando todo a un único instante que esperarás que sea el ideal. Pero no lo será.

Para que esto no suceda debes abandonar el concepto erróneo de que tu estado motivacional debe corresponderse con la tarea en cuestión. Es más, seguramente has experimentado el hecho de comenzar a llevar a cabo una tarea (ahí a duras penas, sin ganas, obligándote) y que, al cabo de un rato o al finalizarla, tu estado ha mejorado y tu motivación se ha encendido. Sí, te sientes bien por haber cumplido tu propósito. Y puede que no exista sensación tan buena. Ahora bien ¿cómo cambias este hábito tan negativo de dejarlo todo para otro momento excepto el actual?

Creando conciencia 

El autor explica que, aunque todas las personas somos diferentes, hay una serie de tendencias humanas comunes que nos llevan a procrastinar: subestimar el tiempo que requieren las cosas y sobreestimar la cantidad de cosas que podemos hacer, preferir mañana a hoy y, entre otras, fabricar nuestra felicidad cambiando nuestra forma de pensar para que se corresponda con nuestro comportamiento. Y es que, en ocasiones, la naturaleza humana es demasiado optimista. Suponemos que podemos hacer más cosas en menos tiempo de lo razonable. ¿Qué sucede con esta concepción? La consecuencia de este 'optimismo' es una mala planificación: primer error para dejar de ser un procrastinador. 

Además hay una serie de reacciones ante las tareas que debemos llevar a cabo que, de forma natural, aparecen en la mente de las personas procrastinadoras y que les hacen concebir una falsa felicidad.

1. Distracción. Desviar la atención para evitar el fastidio que genera esa tarea que no vamos a realizar.

2. Olvidar. Suele ser de forma pasiva, viajamos hacia pensamientos que no son importantes y olvidamos la tarea pendiente.

3. Banalización. Reducir la importancia para creer que la tarea puede dejarse para otro momento.

4. Nuevos pensamientos para restar importancia. Una voz que nos dice: "podría haber sido peor", con la que no aprendemos nada pero nos sentimos mejor a corto plazo.

Imagen del libro 'La solución a la procrastinación'

Una de las frases con las que el psicólogo se encuentra bastante a menudo en personas que tienden a procrastinar es: 'mañana tendré más tiempo y ganas de llevar a cabo estas tareas'. Para enfrentarse a esta excusa principal el experto recomienda darnos una respuesta propia. Tal que así: "'Mañana estaré más dispuesto a hacer esta tarea'. Al pronunciarlo o pensarlo me daré cuenta que me estoy engañando y acto seguido añadiré: 'ENTONCES, me pondré a trabajar enseguida en la tarea'". Esa debe ser tu propia respuesta ante cualquier excusa que tu mente te ponga por delante. Tienes que escucharte y detectar estos pensamientos como una alarma y luchar contra ellos.

Mantenerse en la vía correcta

En este universo de la procrastinación, se ha añadido un elemento que nos lleva a toda prisa a perder el tiempo: la tecnología. Es una forma tan fuerte de perder el tiempo que, aunque no quieras, te llevará a ello y lo hará casi de forma inconsciente. Para mantener una actitud no procrastinadora y conseguir cambiar este mal hábito debemos minimizar las distracciones. El autor no quiere convencerte de que dejes el móvil de lado para ponerte manos a la obra sino que planifiques. Así como planificas el orden, planifica también los descansos y las pausas. Encontrar el equilibrio entre lo que debes hacer y el descanso de hacerlo es una de las fórmulas para mantenerse en la vía adecuado.

Un punto que no puedes olvidar es que esto llevará tiempo. Tiempo y disciplina. No cambiarás de un día para otro. Lo que sí sucederá es que, si te haces consciente de tus reacciones y comportamientos, estarás más cerca de dejar de procrastinar. Quizás sea hora de que coloque esa ropa limpia en el armario y aproveche para seleccionar lo que ya no uso.