Si no me dices lo que te pasa, no lo voy a poder adivinar

Desde hace algunas semanas, noto que algo te pasa. No sabría definirlo. Es como si, de repente, en nuestra comunicación, antes tan fluida, hubiera interferencias. Como si una pieza pequeña, minúscula, se hubiera soltado y estuviera traqueteando contra una superficie. Tienes que esforzarte para oírla pero, si te callas, la sientes. Está ahí, erosionando poco a poco lo que solía ser una maravillosa amistad.

Tengo claro que he debido de hacer algo que te ha molestado. Eso sí, no tengo la menor idea de qué. A lo mejor dije algo que te sentó mal, o puede que te hiciera un desplante sin querer, o simplemente hay algo de mí que no te gusta. Sea lo que sea, ni lo sé ni lo voy a poder saber, ya que no te has dignado a decirme qué pasa.

Me imagino que puede haber tres razones por las que no me has dicho qué te he hecho. Una, que no quieras herir mis sentimientos y estés esperando a que se te pase. Otra, que temas provocar un conflicto o una discusión. O, por último, que crees que yo ya debería saber qué te pasa. Sé que tus motivos, para ti, serán lógicos y hasta loables. La verdad es que los entiendo. Pero aunque te ofenda lo que te voy a decir (sobre todo teniendo en cuenta que, por lo visto, te has enfadado conmigo), tengo que decirte esto claro, aunque solo sea dar ejemplo: estás haciendo el gilipollas.

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Que te calles lo que he hecho lo único que hace es generar tensión. Tengo muchas capacidades, pero la telepatía a día de hoy no la manejo. Como no eres el centro de mi universo (lo siento), no registro todas y cada una de tus reacciones, así que no tengo la menor idea de qué te pasa. No sé qué he hecho. Y a lo mejor es algo horroroso, porque además de capacidades tengo muchísimos defectos. Y la cago tan a menudo que pierdo la cuenta. Me imagino que como todo el mundo. El caso es que, si no me dices en qué la he cagado respecto a ti, difícilmente voy a poder solucionarlo. Que a lo mejor no se puede solucionar, pero es que no me estás dejando ni intentarlo. ¿Cómo voy a mejorar si no sé cuál es el fallo? Has preferido envolverte en tu halo de silencio y frialdad que, por muy elegante y digno que te parezca, en realidad es bastante inútil. Tu actitud, en lugar de tender a solucionar las cosas, es un castigo. Pero si no me dices el motivo, es un castigo sin causa. Te puedo querer a muerte, pero comprenderás que este tipo de actitud me parezca rayana en el chantaje emocional.

Si lo que pasa es que tienes miedo de generar un conflicto por algo que he hecho sin querer y tienes miedo de que nuestra amistad se resienta, lo que puedo decirte es que tu silencio la está carcomiendo mucho más. Que, además, entre tú y yo siempre va a haber presunción de inocencia. Que me aterra la idea de haber podido hacerte daño, y que si me dices que algo te molesta, por nimio que sea, intentaré dejar de hacerlo.

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¿No crees que todo sería más sencillo si dijéramos las cosas claras y a la cara? La incomunicación es la madre de todos los monstruos. Si no hablamos, no podremos descubrir que todo ha sido un malentendido. Si no nos comunicamos de forma honesta, no sabemos a qué atenernos y perdemos suelo. Sin tierra firme debajo de los pies, es muy incómodo caminar. Y la incomodidad acaba convirtiéndose en tensión y la tensión en distancia. Y se me ocurren pocas cosas más dolorosas que perder a una persona que tiene su hueco en mi vida sin llegar siquiera a saber por qué.

Tengo claro que, sea lo que sea lo que haya pasado, lo quiero solucionar. Si es tu caso, pon los medios. Mis oídos y mis brazos están abiertos, mi disculpa preparada en mis labios. Ayúdame a mejorar. Dime qué te ha molestado y te prometo que intentaré solucionarlo. Yo ya te he dicho qué me molesta a mí de ti. ¿Ves cómo no era tan grave?