El día en que dejé de intentar caerle bien a todo el mundo

"Apóyate demasiado en la aprobación de los demás, y acabará convirtiéndose en un lecho de espinas", Tehyi Hsieh

Hay gente que se pasa la vida intentando causar buena sensación, constantemente. Yo era así. Recuerdo que quería caerle bien a todo ser vivo, nunca decía que no a ningún favor o plan y siempre tenía buenas palabras para cualquiera, aunque no fuesen ciertas. Por miedo al rechazo, acabé dependiendo de la aprobación de los demás para hacer mi vida. Pero ser "majo" o empático no significa renunciar a la verdad, a lo que uno mismo quiere y piensa. Porque, además de agotarte y estresarte, intentar complacer a todo el mundo 24h es una actitud que simplemente no funciona.

Atraes a menos gente

Si te da miedo plantarte y decir que no a algo porque crees que te rechazarán, que se picarán contigo o que dejarán de contar contigo, puede que consigas precisamente eso. Porque por no hacerle un feo a nadie, le acabas fallando a la persona más importante de tu vida: tú mism@. Cada opinión que falseas para quedar bien, cada idea o plan que aceptas sin que te apetezca, difumina una parte de ti. Acabas por no saber qué prefieres, qué te gusta y qué necesitas. Y eso se nota. Una actitud de seguridad en ti mismo y un criterio propio (que tu opinión no sea un flubber que se adapta a toda superficie) tienen más magnetismo que postrarse siempre a los pies de los demás.

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Eres más manipulable

No decir nunca lo que realmente piensas te convierte en esa persona que siempre está dispuesta a cambiar sus planes por los demás, que siempre dice que sí a los favores y que siempre puede trabajar más y más rato que el resto. Y como ves que estar siempre al servicio de los demás no es suficiente para sentirte querido, te frustras y acabas culpando inconscientemente a las mismas personas que querías complacer. Sientes que empiezan a pedírtelo todo a ti, y no te das cuenta de que eres tú quien les ha dado carta blanca para tratarte así. 

Tus amistades pierden solidez

La gente no quiere abrirse con alguien que esconde sus propios sentimientos. Además, ya no sabes si hacen cosas contigo porque les caes bien o porque les es fácil y accesible, y empiezas a rallarte de más. Aunque sea con buenas intenciones, no decir lo que uno piensa es esconder la verdad. Y eso hace que tu palabra pierda valor: si un amigo espera una crítica constructiva o un consejo importante, no vendrá a pedírtelo a ti. A la hora de la verdad, la gente íntegra prefiere que vayas de frente a que les regales los oídos.

Observé que mucha gente a mi alrededor no tiene esta obsesión por caer bien, que dice lo que piensa con naturalidad y sin embargo (o quizás gracias a ello) tiene la admiración y el respeto de los demás. Fíjate en ese colega borde de turno que se ha ganado el cariño de todos, o cuántas veces has escuchado a alguien decir "lo siento, hoy no me va bien" sin dar más explicaciones. No hace falta renunciar a ser agradables, ni soltar puyitas todo el día para hacerte el duro, sino simplemente dejar de tenerle terror a decepcionar a alguien.

El mundo no se viene abajo por decir que no de vez en cuando. Si mandas a la mierda la necesidad de una imagen impecable, verás que no caes en un pozo de desaprobación. Al fin y al cabo, ya se sabe que no es fácil tenerlos a todos contentos. Cuando yo empecé a relajar mi actitud, se alejaron de mí algunas personas que no me hacían ningún bien, pero el resto (la mayoría) simplemente empezó a respetarme un poco más. Noté que algunas amistades se volvían más cercanas, y empecé a disfrutar de verdad de la vida social, sin complejos. Los que te quieren bien no quieren tu "quedabienismo": quieren tu yo auténtico. Cuando dejes de buscar la aprobación de los demás, te darás cuenta de que en realidad no la necesitas.