Confesiones de un imbécil que hizo bullying a sus amigos

Las mismas personas que molestaba durante mi adolescencia me transformaron en alguien muchísimo mejor

Soy un corazón andante cargado de amorcito e incapaz de dañar conscientemente a otra persona. Es más, hace tiempo que decidí incluso eliminar a los animales de mi dieta. Movidos por la oposición que genera el veganismo, pero también por un tímido rencor, mis amigos me sueltan un "sí, a los animales los quieres mucho pero a nosotros bien que nos pegabas cuando éramos pequeños". Todos reímos. "Cómo te odiaba, tío. Es que no podía ni verte". Más risas. Todos están de acuerdo: era un pseudocani asqueroso. "Sois unos exagerados", me defiendo. Pero los recuerdos impiden que me crea mis propias palabras.

Un chaval con 14 años y mucha agresividad

Mi primer recuerdo en torno a ese pasado lúgubre se remonta a 2003. Un día salí de casa, donde todos me consideraban una buena persona, para encontrarme en la playa con todos mis colegas, no precisamente las mejores compañías de la ciudad. Por el camino topé con un chico inocentón cuyo único delito había sido contestarme vacilonamente vía Messenger. No parecía asustado. Al fin y al cabo, era el mindundi más pequeño y canijo de mi generación. Pero tenía mucha agresividad escondida. Me desprendí de las chanclas para estar más cómodo, me moví rápido y de un puñetazo le rompí el labio. Su padre acabó en mi casa, donde mi madre me esperaba flipando totalmente.

Un año más tarde, un introvertido compañero de clase tuvo uno de esos percances que marcan toda tu adolescencia, especialmente en una ciudad pequeña como Tarifa. Y marcan porque megaimbéciles como yo, en lugar de meterse en sus putos asuntos, deciden inventarse toda clase de motes creativos con el único objetivo de pasarlo bien. Realmente no pretendía herirle, pero su sufrimiento era un daño colateral que tampoco me quitaba el sueño. Mi empatía era lamentable, pero mi mente encontraba justificación alegando que no era para tanto. Y eso que le metíamos y atrapábamos entre varios bajo la mesa del profesor. Notaba algo de remordimiento, pero poco.

Alejandro Rosano

Malas compañías y cero empatía

Por aquella época, a pesar de mi actitud y mi clara deriva hacia las malas compañías, seguía siendo uno de los tres o cuatro mejores estudiantes de la clase. Eso me aportaba mucha credibilidad, pero en realidad solo ocultaba otras muchas mierdas: seguía moviéndome con malos círculos, metiéndome en peleas y seguía intimidando a mucha gente buena que, aunque me sacaban una cabeza y 30 kilos, eran psicológicamente más débiles. Pero una bombillita estaba encendiéndose dentro de mí. Y terminó de hacerlo cuando, una noche, me vi a mí mismo fumando marihuana de un bong cargado de vodka, en un módulo asaltado de la Cruz Roja y rodeado de gente que ni siquiera era mi amiga.

"Es que eras un cabrón. Deberíamos pegarte todos una paliza ahora". La frasesita me rescata de mi viaje mental hacia todas esas escenas del pasado que tanto querría borrar. Ellos continúan compartiendo relatos de juventud donde salgo bastante mal parado. El chico al que reventé la boca, ahora uno de mi mejores amigos por avatares de la vida, cuenta nuestra historia. El otro chico, el de la mesa, también es un buen amigo, pero incluso con muchas copas encima jamás ha querido echarme en cara lo cabrón que llegué a ser. "Chulo". "Arrogante". "Maltratador". Todos tienen un adjetivo y una anécdota conmigo.

Esta escena la he vivido muchísimas veces. Es un bucle que me impide olvidar ese yo anterior, una cura de humildad contra ese ego de buena persona que todos tenemos. Siempre me enfrento a él con humor, aunque también con bastantes dosis de negación. Y no por cobardía: realmente mi mente recuerda aquellas mierdas desde una óptica menos grave. Un mecanismo de defensa tal vez. No resulta agradable reconocer que fuiste un absoluto gilipollas. "¿Pero cómo podías ser tan mala gente?", me preguntan siempre. "Porque era muy vulnerable físicamente y aprendí a ser agresivo para no convertirme en la presa", respondo.

En la actualidad con uno de mis mejores amigos que me evitaba de pequeño por 'chulo'. | Elena Silva

No son excusas, solo egoísmo

La excusa es una mierda. Como esa otra que pinta mi plácida vida como un relato del Bronx: "Yo siempre estaba en la calle mezclado con todo tipo de gente mientras vosotros pasabais las tardes jugando al Mario Bros en la seguridad de vuestras casas". Es una disculpa que además esconde un desprecio. Uno que no siento, pero que aparece cuando mi ego está acorralado. "¿De verdad ninguno de vosotros tuvo nunca una pelea ni agredió a nadie? Es que érais muy pringadetes". Pero no. El pringado era yo. Que esté atacando prueba que todas esas etiquetas que me avergüenzan son realmente ciertas.

Después de todo, tantas personas no pueden estar equivocadas. Pero lo más triste es que no siento mucha culpa por aquellos días. Me siento demasiado lejos de aquel idiota ególatra de 14 años. Sin embargo, que todo este asunto me moleste radica en algo muchísimo más egoista: destroza mi imagen actual, la narrativa personal que me cuento a mí mismo. De todas formas, creo que disculparme resulta estéril a estas alturas. Fui bastante mierda a veces, pero supe reinventarme gracias a personas como ellos. Les estaré siempre agradecido y tienen aseguradas infinitas toneladas de amor.