La ciencia demuestra que debes escuchar los latidos de tu corazón antes de tomar una decisión

'Tengo una corazonada'. 'Me ha dado un pálpito'. 'Escucha a tu interior'. 'Algo dentro de mí me empujó a hacerlo'. Frases hechas que reflejan lo que hasta ahora era un secreto a voces: el corazón juega un papel fundamental en la toma de decisiones. Porque su ritmo se acelera, sus latidos se tornan más intensos y sentimos un pinchazo que nos empuja, sin remedio, a hacer una cosa u otra. Aunque, ¿no es el cerebro el único que se encarga de procesar los pensamientos y el encargado de ayudarnos a determinar qué hacer en cada momento? Tradicionalmente, la ciencia ha defendido esta tesis, pero un nuevo estudio parece caminar más pareja a la opinión de Aristóteles, uno de los grandes filósofos de la historia, que aseguraba hace más de 2.500 años que, en realidad, todos pensamos con el corazón, y que el cerebro únicamente se encarga se enfriar la sangre caliente que este le manda después de haber pensado.

Hasta ahora, la anatomía y la medicina han empujado a pensar que el cerebro es el asiento de la racionalidad y el corazón es únicamente un músculo encargado de bombear sangre para que todo el cuerpo funcione. Pero a nadie se le escapa que este, además de cumplir esa tarea, es también el motor de la pasión en todos los sentidos: sus latidos se alteran frente al miedo, a la injusticia, al amor o la tristeza. Por tanto, no debería resultar descabellado pensar que ambos, cerebro y corazón, están más conectados de lo que pudiera parecer. Un estudio de la Universidad de Cambridge ha demostrado que su vínculo es mucho más estrecho de lo que se sospecha y que ambos funcionan como instrumentos de una misma orquesta, aquella que nos mantiene con vida.

Es más: esta investigación demuestra que el papel del corazón en la toma de decisiones es mucho más relevante de lo que cabía esperar. El equipo de científicos pidió a un grupo de voluntarios que se decantasen por dos opciones para un mismo problema, una con un resultado presumiblemente favorable y otra con consecuencias menos adecuadas. Debían hacerlo mientras trataban de percibir, tocando sus rodillas, su propio ritmo cardíaco, en un ejercicio de introspección. Determinaron, de esta forma, que aquellos que eran capaces de percibir con mayor nitidez el ritmo de esos latidos y, por tanto, de decodificar los mensajes que manda el corazón antes de tomar una decisión, se mostraban más proclives a optar por la decisión con consecuencias positivas. Ellos fueron capaces de ‘descodificar’ el mensaje cifrado de su propio corazón, que les empujaba a decantarse por aquello que más les beneficiaría.

Porque los científicos pudieron demostrar que el corazón responde de una forma concreta antes de tomar un camino u otro, latiendo de forma específica. Es decir: aparentemente, el corazón sabe antes que el cerebro cuál va a ser la consecuencia de una elección y, por tanto, trata de ayudarnos a salir airosos. Por eso, envía al cerebro la información percibida y le invita a decantarse hacia el lado correcto, siempre y cuando uno aprenda a escucharlo y a procesar esos mensajes de forma correcta.

Otra investigación de la Universidad de Toronto, en Canadá, revela que la actitud se modifica de forma evidente en función del ritmo de los latidos. Constataron que un corazón acelerado empuja con mayor determinación a combatir la injusticia, a mostrarse más solidario y preocupado por los demás, del mismo modo que lleva a adoptar una postura más honesta. ¿El motivo? Un aceleramiento es percibido como un síntoma de angustia, y por tanto predispone al cerebro a tomar las determinaciones necesarias para lograr que nos sintamos mejor.

En la misma línea, otro estudio detectó que el ritmo cardíaco puede entenderse como un camino más ‘puro’ para tomar las decisiones. Igor Grossmann, profesor de psicología de la Universidad de Waterloo, analizó el pulso de un grupo de voluntarios y constató que aquellos que describían un ritmo cambiante se mostraron más aptos para desempeñar determinadas pruebas de evaluación cognitiva, puesto que su propio cuerpo era el que no permitía que el cerebro, que aplica sin querer determinados sesgos motivados por los propios intereses o puntos de vista, llevase el peso de la decisión.

En definitiva, los expertos invitan a escuchar más al corazón, a ser más receptivos a lo que el músculo más importante del cuerpo tiene que decir, a saber entender que sus pulsiones, sus ritmos y sus cadencias son, al final, la máxima expresión de la vida y que, por tanto, juegan también un papel fundamental en la felicidad. Porque, al final, y como dijo Nelson Mandela, “un buen corazón y un buen cerebro son una combinación formidable”.