El camino más corto hacia la frustración pasa por vivir compitiendo

Competitividad. El vocablo favorito de la sociedad capitalista. Una necesidad visceral por la victoria en cada pequeña y disputada parcela de la vida. Una energía que estimula el progreso, pero que deja una estela de dolor a su paso. Sabemos cuál es el precio. Sabemos cuál es su poder de destrucción. Pero seguimos rindiéndonos a su llamada. ¿Es la sociedad competitiva la que nos corrompe y educa en la competitividad? O, por el contrario, ¿es la sociedad un mero reflejo de la competitividad natural que late en nosotros?

La psicóloga clínica María Cartagena diferencia entre la competitividad primitiva y la competitividad social. "La primera está destinada a la supervivencia. La segunda está motivada por el estatus y nace en el instante en que nos enseñan que debemos compararnos con los demás para definir lo que somos", explica. Ya no competimos para sobrevivir, sino para demostrar. Un arma evolutiva convertida en lacra.

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Piensa sino en un partido de padel, una conversación sobre la materia oscura del universo o una competición intervaronil sobre el número de parejas sexuales. Ninguna de estas cosas favorece la supervivencia. Sin embargo, el deseo de ganar, de impresionar con un golpe ganador, está ahí, bajo todo ese disimulo de indiferencia y deportividad. Una hipocresía que nadie nos compra. Queremos el triunfo, pero algunos con moderación y otros con ridícula obstinación.

Según la especialista, "las personas seguras son menos propensas a la competitividad y no necesitan el reconocimiento ajeno para sentirse válidos porque no dudan de sí mismos". Curiosamente, las personas inseguras rebajan su competitividad frente a personas seguras porque no se sienten tan amenazadas. ¿O no te has dado cuenta de lo duro que resulta darle la razón a alguien que siempre trata de ganar la discusión? ¿A que resulta más sencillo hacerlo con alguien que no demuestra tantísima necesidad por salirse con la suya?

"El deseo por llevar la razón, por vencer en la batalla dialéctica, responde a la necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que nuestra visión de la realidad es correcta. Que todas nuestras creencias, con las que hemos llegado a identificarnos por completo, fabricando un ego voraz, son indiscutibles", asegura. Por eso entramos al trapo y contratacamos a cualquier opinión soltada al aire que contradiga las nuestras. No podemos dejarlo pasar. O los cimientos del ego tiemblan.

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Hasta tal punto alcanza nuestro deseo de tener razón que desemboca en un fenómeno conocido como profecía autocumplida: "realizamos una predicción y hacemos todo lo posible voluntaria e involuntariamente para que se haga realidad y poder reafirmarnos, aún cuando salgamos perjudicados", insiste Cartagena. Como quien sospecha que, aunque haya amor, quizá no sean del todo compatibles, y boicotea inconscientemente la relación para autentificar su criterio. Una competición contra la propia realidad.

Esta competición permanente requiere mucha energía. Según Gerardo Castaño, psicólogo humanista, es un estado extenuante, estresante y ansiógeno: "a menudo descuidamos aspectos importantes de nuestra vida por invertir mucho tiempo y esfuerzo en competir en cosas que no tienen relevancia para nuestro desarrollo". A la larga, apunta Castaño, distorsiona nuestra forma de valorarnos y, si perdemos habitualmente (algo normal si acabamos compitiendo en todo y contra todos), entramos en niveles de frustración que pueden desencadenar incluso la depresión.

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Para entender la dificultad de abandonar esta actitud debemos observar el tipo de sociedad en el que vivimos. Una sociedad que se define por sus opiniones. Una sociedad donde todo el mundo se siente en la obligación de opinar para definir su identidad frente al resto. Una sociedad que resulta el ecosistema ideal para el florecimiento de la ‘cultura del troleo’, los haters y las discusiones interminables en Twitter. Una sociedad que, según Cartagena, "sitúa la felicidad en el futuro, en una hipotética victoria frente a los demás". 

Un modelo alternativo es, por ejemplo, el que plantean las filosofías orientales, especialmente la budista. En él, la identidad no se define por las creencias, los logros o ninguna otra meta exterior. Esto predispone a sus integrantes a escuchar opiniones ajenas que desafían la propia y a huir de la competitividad. "Es cierto que todo lo que necesitamos para realizarnos, encontrar la paz y ser congruentes con nuestras vidas está dentro de nosotros mismos", comenta Castaño. Al final, por mucho que se nos exija competir siempre tendremos la opción de relajarnos y valorar el presente. Ser feliz es una opción.