La busqué en ciudades, en calles, en momentos... pero llegó cuando dejé de buscar

A veces, irrumpe en mis días. Viene sin previo aviso y tan de golpe que hasta parece que interrumpa. Pero es imposible que moleste, porque es todo cuanto deseo. Lo que pasa es que siempre desaparece, la muy cabrona, y me deja colgando de un hilo, pensando en qué habré hecho mal para que no quiera quedarse para siempre.

Entenderás mi situación si te cuento nuestra historia. La primera vez que la vi fue en un lugar inesperado. Bueno, mentira. Esa fue la primera vez que la reconocí, pero antes ella ya me había encontrado. Crecimos casi de la mano, ella pasaba largos ratos junto a mí, solo que yo no sabía ni cómo se llamaba.

Una tarde cualquiera, con unos colegas, en ese lugar nada destacable, apareció, y me descolocó con un colocón de vida. Tímida pero directa, nítida pero abrumadora. Su presencia le dio a mi lienzo gris ochenta mil colores que desconocía. Esa fue la primera vez que la llamé por su nombre, y esa noche la miré a los ojos, bebí de ella, me mojé los labios en su existencia. Pero fue un privilegio a corto plazo, porque al día siguiente desperté sin ella; y la mañana volvía a ser monocromática.

Ahora que la conocía, y sabía lo importante que era para mí, no iba a dejarla escapar. Rehice mis pasos hasta el sitio en que nos reconocimos, con ganas de sentirla otra vez, pero ya no estaba. Desde entonces me dediqué a buscarla, por toda la ciudad, primero en plazas y baretos y después entre clases por toda la uni, en las duchas del gimnasio, en todas las redes sociales, preguntando a todo el mundo si la habían visto. Algunos me dijeron que sí, pero me daban pistas falsas, porque donde otros solían verla yo nunca la encontraba. Hijos de puta, pensaba.

Pedí trabajo allí donde pensaba que podría aparecer algún día. No lo hizo. Dejé ese trabajo y muchos otros que vendrían después. La busqué en otras ciudades y en otros momentos, en la soledad de las madrugadas desiertas y en las avenidas abarrotadas de gente perdida. La pensaba entre líneas en mis novelas y la dibujaba con el humo del cigarro. La deseaba y me dolía. Pensaba que hubiera sido mejor no haberla encontrado. Cuanto más me angustiaba por ella, más lejos la sentía...

Hasta que dejé de buscarla, o eso me dije. Y regresó. Ya no recuerdo qué estaba haciendo, no debía ser nada del otro mundo. Solo sé que lloré cuando ella se acercó y tocó mi mano, porque era como volver a respirar tras una apnea infinita. Y entonces me contó entre caricias que ella también me había buscado, pero si yo no la encontraba es porque que iba cambiando siempre de lugar y de apariencia y nunca se codeaba con la misma gente, así que nadie podía tenerla controlada. Me dijo que alguna vez me había visto por la calle y se había querido acercar a saludarme, pero mi cara de prisa y frustración la había asustado.

Todo ha cambiado desde entonces. Ahora nos vemos de vez en cuando, a veces pasan días y no sé nada de ella. No siempre depende de mí, pero ya no intento poseerla. Y aunque me costó, aceptar eso fue lo mejor que me ha pasado en la vida. En lugar de destrozarme por no entender sus razones, me dedico a amarla cuando está conmigo. He entendido que tiene mucho que hacer, mucha gente con la que estar... Así que cuando la tengo conmigo ya no le cuestiono de dónde viene ni hasta cuándo se va a quedar. De nada sirve reprocharle su ausencia, si de lo primero que me enamoré fue de su manera mágica de aparecer cuando menos la esperaba.

Ahora sé que la querré siempre, pero no la quiero siempre conmigo. Si así fuera, no sabría lo bello que es pasar tiempo a su lado. No me inundaría ese destello momentáneo cuando la veo llegar, y mi mundo se descompone por completo para reconstruirse con más fuerza: se me llenan los pulmones, se me dilatan las pupilas, me pasan chorrocientas cosas que no busco capturar.

Ojalá la conozcas, y ojalá no intentes entenderla, solo hazme un favor: abrázala cuando la veas por si tiene frío; sé que hay otros que no la valoran. Y sí, tú también te la mereces, pero deja que se marche y sentirás el placer de verla volver. Ya lo habrás adivinado: mi escurridiza amante no tiene cara, pero tiene un nombre, y es Felicidad.