Atrévete a descubrir a las personas mirando detrás de su piel

Acabas de conocer a alguien y apuesto a que ya sabes de qué palo va. Al menos has pensado algo acerca de su físico, su ropa, su estatus, su ideología, su orientación sexual… ¿Cómo? Si no ha abierto la boca… Muy sencillo: prejuicios.

En mayor o menor medida, todos tenemos prejuicios. Crecemos con ellos. Son ideas preconcebidas asociadas a una situación, a algo o a alguien que cuando somos pequeños nos suponen una certeza que nos ayuda a caminar con menos miedo. Pero al crecer debemos aprender a liberarnos de ellos para que no nos condicionen, porque la vida nos puede sorprender e ilusionar tanto que debemos dejarla actuar. Que nos empape sin tanta idea preconcebida acerca de lo que debe ser. ¿Qué más da lo que debería ser si lo que está siendo puede ser mejor y, en cualquier caso, inesperado?

¿Y si, por acotar tu mundo a lo que debe ser o a lo que crees que es, te pierdes a las maravillosas personas que pueden cruzarse en tu camino? ¿Y si por vivir por inercia acabas viviendo a medias? De forma superficial, como si pasaras por tu propia historia de puntillas, como si no fueses tú el protagonista y no estuviese en tu mano sacarle el máximo partido a tus días.

En la vida gana quien tiene mayor capacidad de aprendizaje. Y no te hablo de hincar codos o de dar datos acerca de la polinización apícola en las conversaciones de ascensor. No me malinterpretes. En la vida gana quien tiene la suficiente humildad e inteligencia para absorber lo mejor de cada persona que toque sus días —del modo que sea—. De captar la belleza, cualidades y talento de cada uno.

Todos los tenemos. Y están ahí para ser descubiertos. Pero no es fácil. Para eso hay que ser aventureros, intrépidos, valientes. No asumir que conocemos a alguien porque sabemos cómo puede actuar, qué gesto puede hacer o el tono de su voz. Eso es solo conocer. Yo te hablo de algo más arriesgado. Yo te reto a descubrir personas. A querer verles ‘detrás de la piel’. A aceptar que pueden llegar a empaparte y formar parte de ti. A comprender que debes buscar ahí, detrás de la piel, donde nadie suele mirar por miedo a ver.

Sí, miedo a ver. Miedo a descubrir cómo es realmente alguien. A tener delante un corazón ardiendo y no entender el fuego si no parte de ti. Miedo a saber más de lo que nos permitimos contar al resto por temor a que se asusten antes de que los hayamos enganchado con cuatro poses estudiadas de cuerpo y alma. Miedo a que pasar tiempo juntos e intercambiar palabras se convierta en compartir. Pero, ¿has pensado alguna vez en que compartir tu dolor y tu miedo hace tu pena más liviana? Siempre escondiendo lo que somos y lo que sentimos, mostrando lo mejor de una vida utópica en las redes sociales. Una vida que no tienes. Porque eso que enseñas es el 5 % de ti y el resto es lo realmente interesante. Lo que te hace único y especial. Porque todos los somos.

Dice un autor que amo: ‘‘antes tenía miedo de que alguien descubriera cómo era. Ahora lo que me da miedo es que nadie nunca lo descubra”. Siempre infinito, mi querido Roy Galán. Me duele esta verdad porque muchos la sentimos y, sin embargo, ¿por qué hacemos lo mismo con la persona que tenemos enfrente?

Quizá los miedos que decía antes no son tales. Quizá lo que más miedo da es que alguien te llegue tan dentro que tengas que aprender a vivir llevándole contigo para siempre. De tu mano o, quizá, solo su recuerdo. Qué miedo da el dolor, ¿verdad? Pues más miedo debería darte una vida sin emoción. Las veces que baje al infierno por las que suba y toque el cielo. Ojalá no salgas de esta vida entero porque significará que no has vivido por completo.