Lo que aprendí de tener una madre trabajadora fue mucho más que trabajar

A lo largo del día de hoy vas a leer muchas noticias sobre las mujeres en general y la mujer trabajadora en particular. Por desgracia, muchas de las razones —por no decir todas— que llevaron a proclamar este día siguen vigentes y no es para menos, porque, en pleno s.XXI,  seguimos muy lejos de la igualdad real entre hombres y mujeres. Es así, y no importa si hablamos del terreno laboral o de otros muchos ámbitos. Sin embargo, en 8 de marzo, las hijas de madres trabajadoras tenemos mucho que agradecerles a nuestra progenitoras. Y es que, fueron ellas, con su ejemplo, las que nos abrieron el camino para que podamos estar donde estamos.

Y no se trata de una frase vacía, según un estudio llevado a cabo por la investigadora Kathleen McGinn, de Harvard Business School, las hijas de madres trabajadores tienen más oportunidades de llegar más alto en el mundo laboral. En concreto, un 33% alcanzan un puesto de responsabilidad, frente al 25% de las hijas cuya madre no tuvo un empleo remunerado en su infancia. Y eso solo pasa en el caso de las mujeres; en los hombres no hay diferencias entre aquellos cuya madre solo trabajaba en casa y aquellos que veían como su madre se iba a trabajar todas las mañanas.

Tengo que reconocer que, cuando era pequeña, miraba con envidia a mis compañeros de colegio cuyas madres iban a llevarles y buscarles a clase todos los días, porque la mía no podía. A pesar de ese pequeño berrinche, mi infancia fue tan feliz como la de cualquiera y, en la actualidad, puedo decir con orgullo que el hecho de que mi madre tomara la decisión de trabajar fuera de casa supuso más que una lección: literalmente, todo un ejemplo de cómo se pueden desafiar las leyes de la física.

El día tiene más de 24 horas

La primera de todas las leyes que mi madre me enseñó que no se cumple (si tienes hijos y trabajas fuera de casa) es que el día tiene solamente 24 horas. ¿Cómo es posible entonces que pudiera hacer tantas cosas? Trabajar ocho horas diarias y tener la casa más limpia que si todo un ejército de Don Limpios hubiera pasado todo el día sacando brillo a los cristales, y sin olvidar que tenía tiempo para jugar, hacer los deberes y escucharte siempre que lo necesitabas.

Era una verdadera lección de gestión del tiempo, de cómo hacer que las horas se estiren y de cómo se pueden hacer dos —o tres, o cuatro— cosas a la vez, y sin contar con las tecnologías que tenemos hoy en día. Recoger la casa mientras te preguntaba la lección del día siguiente, enseñarte a bailar mientras te secaba el pelo, etc. Era toda una maestra de la creatividad.


Prioriza y delega

A pesar de que el tiempo se alargaba hasta el infinito para todas las tareas que realizaba mi madre, cada cosa tenía su momento y su lugar. Me cuesta imaginar cómo era capaz de gestionar las ‘crisis’ cuando estas aparecían, como, por ejemplo, que se te había olvidado comentar que al día siguiente era la reunión de padres del colegio y coincidía con el cumpleaños de tu hermano pequeño. No había problema, era capaz de preparar la fiesta con antelación —esa noche la cena corría a cargo de mi padre— estar en la reunión al día siguiente y volver corriendo para recibir a todos los amiguitos.

Y, si no podía estar en todo momento o hacerlo todo, establecía una cadena de delegación que empezaba por mi padre y seguía por los hijos, de mayor a menor. Para ella, su trabajo era importante, pero la familia estaba por encima. ¿Os imagináis la cara que debió poner su jefe cuando le dijo que iba a llegar más tarde porque su hija —o sea yo— vomitaba el desayuno y tenía que repetir la operación dos veces cada mañana? Lo hizo, aunque otra opción hubiera sido que yo no desayunara. Eso sí, si el trabajo lo requería, se traía los ‘deberes’ a casa y los hacía con nosotros.


Valora lo que tienes

Los recursos se podían multiplicar hasta el infinito si los gestionaba mi madre. Pero, además, era capaz de hacer realidad el dicho ‘donde comen tres, comen cuatro’, cada vez que nos presentábamos por sorpresa con alguien en casa a comer o merendar. Aunque, eso sí, nos dejó claro que ‘el dinero no cae del cielo’. Si quieres algo, algo te cuesta, y todas las cosas tienen un valor, ya sea porque le has tenido que dedicar esfuerzo o porque vas a tener que sacrificar tu tiempo para conseguirlo, pero por magia las cosas no estaban allí.

Otra cosa que me enseñó es que hacer las cosas bien es tu obligación, además de ser la forma de evitar tener que hacerlas dos veces. Lo que sí tenía claro es que repetir una tarea era pérdida de tiempo y energía que no se podía permitir, ni en casa ni en el trabajo. Por eso, sacar buenas notas no era un opción en casa, era lo que había que hacer, y nuestra recompensa era un “bien hecho”.


Nunca renuncies a tu independencia

Sin embargo, creo que la lección más importante que me enseñó mi madre al trabajar fuera de casa es que la independencia es un valor al que no debes renunciar. Y no se trata solo de independencia económica —necesitar a otra persona para que te mantenga te limita a la hora de tomar decisiones—, sino también personal. Trabajar es una forma de realizarse más allá de la faceta de esposa y madre —y sé que se puede conseguir de otras maneras—, de mantener las relaciones con tus amigos y crear nuevos, y de afrontar retos más allá de los que puedas encontrarte en la difícil tarea de criar unos hijos.

Puedes convertirte en la mujer que quieras ser, sea cual sea, pero que sea una decisión propia, y eso pasa por mantener tus espacios, ya sean a nivel financiero, emocional o de relaciones sociales.