Aprende a diferenciar entre si estás triste o estás cayendo en una depresión

La depresión es la enfermedad de nuestro siglo. Cientos de miles de personas que caen en la más profunda tristeza y a las que les cuesta levantar su alma de la cama. Está en boca de todos, en los medios de comunicación, la gente se toma bajas laborales porque el mundo se le viene encima y no son capaces de afrontar cada día. Pero desde fuera, la depresión se ve como algo oscuro y desconocido.

Este trastorno es, ante todo, una enfermedad y, como tal, debe ser diagnosticada por un especialista. Pero sí podemos detectar las señales de alarma que nos hacen plantearnos pedir ayuda, o considerar que alguien de nuestro entorno la necesita.

Puede que la tengas y no lo sepas, o puede que la creas tener y en realidad simplemente estés triste. Y diferenciar estas dos situaciones es muy importante.

¿Cómo sé si tengo depresión o estoy triste?

La tristeza es una emoción y, del mismo modo que el resto de ellas, es neutra. Ni buena ni mala, pero sí necesaria. La depresión, en cambio, es un estado de ánimo permanente, un cúmulo de emociones en las que nos sentamos y de las que no encontramos la forma de salir. Se siente tristeza, rabia, apatía y desesperanza. Y todas ellas llegan con tanta fuerza que no dejan espacio para nada más. El tiempo pasa y esa espiral caótica no cesa, hasta el punto en que se te olvida la última vez que tuviste ganas de sonreír.

Una voz aparece en nuestra cabeza, la que juzga nuestras ojeras por la mañana, nuestros kilos de más en cualquier reflejo y la que nos compara con los demás. Sus críticas son negativas y constantes. Aparecen también una infinidad de "debería hacer tal" o "debería dejar aquello" que la apatía no nos deja fuerzas para hacer, la frustración se apodera de nosotros y la autoestima cae cada vez más abajo. Este hilo de pensamiento se fija constantemente en el pasado, probablemente en todo aquello que no hicimos o hicimos mal y, con esos colores, pinta un futuro aterrador, sin ningún tipo de esperanza ni posibilidades de ver la luz.

No hay que confundir este estado con los sentimientos que debemos afrontar cuando nos toca vivir una tragedia. Ya sea un fallecimiento, un problema de salud o una ruptura dolorosa, todas estas situaciones van sucedidas de tristeza y de otras muchas sensaciones que forman una etapa llamada 'duelo'. Este proceso dura un tiempo (distinto en cada persona), después del cual recuperamos el estado emocional previo a la hecatombe. Algo así puede provocar una depresión, pero no tiene por qué.

¿Por qué estoy pasando por esto?

La depresión puede tener un detonante, como los que hemos descrito previsamente, o no, y que simplemente un cúmulo de pequeñas cosas y una mala gestión de las emociones nos lleven a hundirnos en ese pozo tan profundo.

A menudo, las personas tenemos la falsa creencia de que estar triste es algo malo y que, por tanto, debemos evitarlo. Nada más lejos. No podemos ni debemos vivir en constante alegría y euforia, necesitamos dejar que la rabia o el miedo hagan su trabajo y que la tristeza se tome su tiempo. El desahogo emocional y psicológico es algo completamente necesario y casi biológico. Lo esencial es aprender a canalizar y utilizar esas emociones para crecer y evolucionar, expresarlas de una manera constructiva (hay personas que sacan la rabia haciendo deporte, bailando o pintando) y evitar arrojarlas contra las personas que tenemos a nuestro alrededor haciéndoles un daño perfectamente evitable.

Se puede decir que la depresión es cuando la tristeza llega y se instala, convirtiéndose en tu forma de vida y trayendo a vivir con ella al resto de emociones negativas, a las que no hay que rechazar por principio, pero tampoco dejar que okupen nuestro estado de ánimo y no nos permitan ver el sol.

Lo importante es ser consciente de que se puede salir de ese agujero. El primer paso es querer abrir la puerta y el segundo pedir ayuda a nuestro alrededor. Si intuyes que alguien cercano, o tú mismo, está llamando a las puertas de la depresión, se impone que le animes a consultar a su médico de cabecera. Según la situación, un psiquiatra podría recetarnos medicación y un psicólogo ayudarnos a poner en orden nuestras emociones.

Crédito de la imagen: Stephany Alves