La Alegría Es Efímera, La Felicidad Puede Perdurar

Dicen que la alegría es una reacción química, un estado emocional transitorio, opuesto a la tristeza. De ser así, no seríamos más que el punto en una gráfica que oscila constantemente entre la euforia y la depresión. Pero somos más que un estallido de partículas, mucho más que un intercambio de iones. La alegría puede ser efímera... pero la felicidad ya es otra historia.

No es lo mismo ser feliz que estar alegre. La felicidad es esa panacea que todo el mundo busca pero cuya receta nadie conoce; en cambio, todo el mundo sabe cuándo se siente alegre. Solo tienes que jugar un partido con tus amigos, salir a tomarte un café, dejar que el sol acaricie tu rostro o recibir los cariñitos de tu mascota. No cabe duda de que en esos momentos la vida es buena, y de que ese calorcillo que sientes en tu pecho es lo que llamamos alegría.

Por desgracia, nuestras hormonas son caprichosas y el más leve cambio en su proporción basta para que pasemos de la tranquilidad al caos. Tristeza, rabia, nostalgia... Podemos experimentar tal cantidad de emociones que cualquier listado que elaborásemos al respecto se quedaría pequeño.

La cuestión, sin embargo, no es lo que sientes sino lo que eres. El profesor Alex Ramírez-Arballo dice en un podcast que no somos nuestras emociones. Ni nuestros miedos, ni nuestras dudas, ni nuestros traumas, ni nuestras inquietudes; todos tenemos de eso en grandes cantidades pero nadie es igual que los demás. Eres única o único, y eso es porque lo que eres no depende de lo que sientes en cada momento, sino de algo mucho más profundo y perdurable.

Depende de ti.

La felicidad, a diferencia de la alegría, no es un estado emocional sino un estilo de vida. Luis Carlos Lacorte nos lo dijo así cuando le entrevistamos hace ya un tiempo: cuando alguien tiene la actitud de ser feliz, consigue ser feliz.

Hay personas que sufren mucho. Pero mucho, mucho, mucho... Personas que no tienen nada, literalmente. ¿Y sabes qué? Que probablemente sean más felices que cualquiera de nosotros. No siempre están alegres, claro; pero saben que el mero hecho de abrir los ojos cada mañana ya es un regalo, y por eso lo reciben con una sonrisa que no brota de la química de su organismo, sino de lo que anida en su corazón.

Eso es felicidad, algo más duradero que cualquier chute de alegría.