Cuando Vives En París Descubres Que Su Frialdad Te Devora El Alma, Pero Solo Si Tú Te Dejas

La capital de Francia es como un clásico -de la literatura, del cine, de la música y hasta del fútbol-: todo el mundo te dice que tienes que leerlo, verlo, escucharlo o presenciarlo in situ, creando un mito que conduce derechito a la decepción y el asombro más absoluto cuando te instalas para vivir allí durante una larga temporada. Desmitifiquemos, pues.

Porque en París no se vive, se sobrevive. A no ser que ganes 3.000 euros al mes, puedas pagarte un alquiler en una zona relativamente cercana al centro y tengas horarios decentes (véase de lunes a viernes) que te permitan hacer vida social.

Y es que, tras unos meses batallando contra la burocracia parisina, no eres capaz de entender las recomendaciones que tú mismo diste después de tus últimas vacaciones en la ciudad. Esos días en los que París te deslumbró. Te creíste lo del glamour, comulgaste con el sobrenombre de la Ciudad de la Luz y hasta te pareció chic eso de pasear con paraguas y gabardina un día de lluvia entre los edificios haussmanianos.

Es normal, París es una ciudad que se merece, al menos, un día de visita turística pasada por agua para captar su esencia. La de las tres semanas seguidas sin ver el sol. Según la web meteo-paris, en la capital francesa llueve unos 170 días al año. Por tanto, hablemos con propiedad y refirámonos a ella como la Ciudad de la Claridad, porque luz, lo que se dice luz, más bien poca.

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Igual que poco es el glamour, e inexistente si te mueves en metro. Su megafonía debería lanzar de vez en cuando un "Metro de París le informa de que el glamour no viaja bajo tierra" para sosegar a las hordas de turistas que no saben si se lo han pasado de largo. Más allá de algún parisino o parisina, impecables, perfectos y elegantísimos llevando unos simples vaqueros y una americana, no encontrarás más rastro de la classe que respiran las películas que vemos.

Llegados a este punto, te encuentras con un saco de expectativas trituradas, con unas ilusiones echadas a perder y una apatía existencial que te impide avanzar. O eso crees. Pero lo haces, te mueves y sigues adelante porque con cada sonrisa que consigues arrancarle a alguien, con cada escaso gesto de simpatía que recibes de vuelta, entiendes que París te devora el alma sólo si tú te dejas.

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Es entonces cuando cambias de religión (si la tienes), empiezas a venerar a Zuckerberg y le juras pleitesía eterna, agradecida porque su red social te haya permitido reencontrarte con una compañera del colegio a la hacía 10 años que no veías. Desde ese momento, culo y mierda. El núcleo duro de un grupo que se va ampliando y con el que os consagráis a noches de fiesta despreocupada en locales de dudosa elegancia, vasos descascarillados, paredes garabateadas y camareros desdentados.

Así, poco a poco, con esa red de resistencia a la frialdad parisina vas haciéndote un hueco en las grietas de la coraza de la ciudad. Y disfrutas del arte que va más allá del Louvre, el que te regala remansos de paz en una casa okupa de la rue Rivoli, descubres que no hay mal que no cure un batido de Nutella, que siempre habrá algún funcionario dispuesto a hacer la vista gorda con las irregularidades de tu dirección postal, que un hombre manco en la Plaza del Tertre puede hacer los mejores retratos que hayas visto en la vida, y que reconciliarse con la ciudad, el mundo y hasta con la vida es posible escuchando las sesiones de microabierto de las escaleras de Montmartre, con París a tus pies.

Es entonces, cuando un año y medio después, te ves en la Gare de Lyon con dos maletas, tres mochilas y un nudo en la garganta al despedirte de esa familia de valientes que, a día de hoy, sigue sobreviviendo a París. Pero, sobre todo, te marchas con la satisfacción de haber vencido y aprendido de la ciudad de las sonrisas escasas y el cariño inexistente.