Mi Visión Sobre Los Adolescentes Rebeldes Cambió Después De Colaborar En Este Duro Lugar

“Los chavales de hoy en día tienen menos valores que antes”. Lo confieso; soy de esos a los que en algún momento se les ha llenado la boca con frases despectivas que desacreditan a los que, igual que nosotros hace pocos años, ahora viven su adolescencia. Pero, para ellos, esta etapa está siendo distinta a la nuestra e, incluso, más dura. Se ven sumergidos de lleno en una sociedad cambiante y cada día más tecnológica, libres de expresarse pero atados por la apatía, en la que la opinión individual prevalece sobre la colectiva y el sexo está tan a la orden del día, como siempre, pero en voz muy alta y ensordecedora. Pudiera parecer que lo tienen todo, y por ello les consideramos frívolos, egocéntricos, maleducados, vagos e incluso pasotas. "No se preocupan por trabajar, ni siquiera les interesa la política".

Y tal vez sean todas esas cosas, pero generalizar siempre es fruto de la ignorancia. Mi impresión sobre los adolescentes de hoy cambió de golpe cuando comencé a colaborar en la ONG Paideia, una organización que trabaja para la integración de menores de entre 12 y 17 años en situación de dificultad, desprotección y conflicto social. Allí, pude comprobar que, bajo esa personalidad fría y despreocupada, se escondían jóvenes desorientados, perdidos, que en realidad solo están queriendo pedir ayuda, pero de forma inadecuada, porque nadie les ha enseñado a hacerlo. Y, lo más importante, que los adultos tenemos la responsabilidad de actuar de guías y echarles una mano en vez de seguir viendo cómo se ahogan.

Mi primer día en la asociación fue extraño y confuso; mis prejuicios y yo nos íbamos a enfrentar a un grupo de chavales que se enfrentan a situaciones de escasez de recursos (según Paideia, el 86% de las familias presentan una situación económica por debajo de los 300 € de Renta Per Cápita), la mayoría inmigrantes o hijos de inmigrantes y de familias desestructuradas. Junto a su comportamiento rebelde, lo tenían todo para que mi cerebro encendiera todas las alarmas. Pensaba que, a la mínima de cambio, alguno me arrinconaría a punta de navaja para robarme la cartera. Pero, después de pasar 5 minutos allí, me di cuenta de lo ignorante que era. Encontré un grupo heterogéneo de chicos y chicas como cualquier otro; gritones, tímidos, creíd o cohibidos, todos tenían su propia actitud ante su situación. Sin embargo, tantos gritos escondían una gran necesidad de comunicación, cariño y comprensión.

En cada sesión a la que acudo veo cómo se repiten las mismas carencias: autoestima, reconocimiento, confianza. Tal y como explica la psicóloga María Dolors Mars para el portal digital Siquia.com: "Una de cada cuatro personas entre 7 y 17 años tiene baja autoestima y reconoce sufrir síntomas de estrés postraumático, ansiedad y depresión, según una encuesta realizada a 25.000 estudiantes". Yo mismo me he hallado ante un muro al intentar ayudarles con las tareas más sencillas propias de su edad. Cuando realizamos juntos los deberes del instituto, se sienten incapaces de afrontarlos; afirman "yo no sé hacer eso", "soy tonto". Pero, obviamente, no es cierto que lo sean, sino que su confianza está muy minada, cosa que recae sobre sus capacidades. 

El mismo estudio que referenciaba María Dolors Mars, indicaba que más de la mitad de los encuestados (51%) dice tener muy pocas personas de confianza. Como no, la familia es clave en estos casos y, por desgracia, muchos no cuentan con su completo apoyo o una comunicación sana para el desarrollo de su madurez. Una tarde, estuve preguntando a los chicos qué les gustaría ser de mayores, qué querrían estudiar al terminar el colegio. Kati, una niña de 14 años me dijo: "a mí me gustaría ser enfermera, pero mi madre me ha dicho que yo no soy tan lista, que haga peluquería". Y esta falta de aliento se extiende también a otros actores que deberían sostener su crecimiento; algunos de ellos se sienten, incluso, ninguneados por determinados profesores que les dicen que "nunca llegarán a nada". Su mal comportamiento es fruto de su complicada situación y los adultos, frustrados por no poder corregirles, optan por apartarles en vez de alimentar su ánimo. Obviamente, eso menoscaba, todavía más, su débil autoestima.

Javier Garrido, educador social de Paideia, me cuenta que "las causas principales de que haya adolescentes en riesgo de exclusión son la falta de estructura familiar y la ausencia de habilidades de socialización". A menudo, se producen ambas. Los menores pasan más tiempo solos, sin figuras paternas  a su alrededor (por pertenecer a familias monoparentales o que los progenitores se ven obligados a trabajar muchas horas) que referencien su modelo de conducta o de quienes recibir comprensión.

Al mismo tiempo, a los padres cada vez les cuesta entender más a sus hijos en la adolescencia. ¿Por qué estos chicos, que deberían estar arrimando el hombro, solo añaden más problemas?, piensan para sí.  Fernando Alberca, profesor y autor del libro Adolescentes, Manual de instrucciones, explica cómo la situación de padres e hijos hace que su relación sea cada vez más distante; "cambia el lenguaje y la forma de comunicación. Incluso parece que el hijo ya no quiere atender nunca más." Para Alberca, la adolescencia es “un momento en el que la motivación es clave”. Algo que, en este caso, es muy necesario y - al mismo tiempo - escaso. En algunos casos, los hogares no son capaces de desarrollar un entorno familiar y educacional adecuados para sus hijos. Incluso algunas familias optan por la violencia y el miedo como técnicas educativas, en vez de el cariño y la comunicación.

Por otro lado, estos chicos forman parte de una sociedad donde las redes sociales suponen el centro de la comunicación. Ellas y los medios ejercen un poder brutal sobre su manera de ver y entender el mundo. La imagen manda para ellos y sienten sobre sus hombros el peso de los exigentes cánones de belleza y comportamiento. Pareciera que la globalización no ha creado una sociedad más tolerante, sino más cruel y discriminatoria, que se encarga de rematar su confianza. Según la OMS, la edad en la que comienzan a consumir alcohol, tabaco, drogas y tener relaciones sexuales es cada vez más temprana. Los miedos y dudas naturales de chicos y chicas de 12 a 18 años se intensifican por la frustración que sienten al no encajar, y todo ello les lleva hacia caminos más fáciles de tomar.

Javier Garrido, educador de Paideia, nos indica que "una de las maneras de ayudar a los adolescentes a encontrar el camino adecuado es hacerles sentir útiles, por ejemplo, mediante una ocupación", a través de experiencias sociales positivas, mejorando su sentimiento de pertenencia a un grupo o comunidad. De hecho, como explican en psicoactiva.com, "en casos en que reciben el apoyo necesario de sus padres, disminuye la probabilidad de sufrir de depresión o ansiedad."

Los adultos no podemos tener un rol pasivo ante una generación que necesita un poco de ayuda. Como teenagers que fuimos en su día, tenemos el deber de orientales y servir de espejo para unos jóvenes que viven más pendientes de sus problemas presentes que de sus oportunidades a largo plazo. Quizás ellos se empeñen en pedir dinero para ropa, tecnología o fiesta. Pero, aunque no lo digan, incluso lo rechacen, están mucho más faltos de cariño y comunicación.