Por qué cuando viajas sola te vas siendo una persona y vuelves siendo otra

A pocas semanas de las vacaciones, los billetes subían de precio cada día que pasaba y mis colegas o bien tenían un plan que no me apetecía, o estaban sin blanca, o se iban con su pareja. Pero yo tenía claro que ese verano quería viajar, así que decidí pirarme sola. Hay tropecientas razones para no esperar a nadie, coger la mochila y decirle ‘hola’ al mundo con calzado cómodo y el culo prieto por la emoción. En mi caso no fue por las ansias de encontrarme a mí misma, pero sí que he descubierto que viajar en solitario es algo único. Una categoría distinta que te abre muchas puertas tanto por fuera como por dentro. Por el camino me he dado cuenta de muchas cosas.

Obra: tu vida. Autor: tú

Es brutal no tener que consultarle a nadie qué quiere comer ese día o si le parece bien que veamos la puesta de sol en tal o cual playa. O no depender de la opinión de otra persona si ese día te da por cambiar de planes o simplemente no hacerlos. Pero esa libertad es solo la punta del iceberg. Cuando viajas en solitario, la adrenalina de las experiencias es doble porque te concentras en lo que te está pasando y lo que estás sintiendo. Tu receptividad aumenta, observas más detalles y te inspiras más. Simplemente vuelas más alto, por eso da vértigo.

Equipaje de mano y equipaje mental

Lo que parecen ‘ratos muertos’ de viaje son en realidad espacios de desarrollo mental. Cuando pasas horas en un autocar o esperando en una estación, hablas mucho contigo mismo. Mucha gente que viaja sola escribe, dibuja o simplemente empieza a pensar en su vida en perspectiva. Me di cuenta de que, a veces, no damos tiempo a que un pensamiento se desarrolle, aflore y se solidifique cuando lo soltamos en voz alta a la primera y obtenemos una respuesta de ese colega de toda la vida. Sin cobertura y sin mucho que hacer, por cojones (o por ovarios) empiezas a contar más contigo mismo.

También son buenos momentos para darnos cuenta de lo que tenemos: recuerdas a qué amigo o familiar le contarías lo que te está pasando, y de alguna forma, lo más imprescindible viaja contigo en tu mente. Pero cuando estás ahí fuera y no tienes que adaptarte a los deseos o expectativas de nadie, cuando tus acciones son solo tus propias decisiones en una hoja en blanco, poco a poco, empiezas a deshacerte de tus ataduras mentales y te das cuenta de que estás viviendo tu vida, y la de nadie más.

Viajar solo no es ‘estar solo’

La libertad no siempre es soledad. Somos y seremos animales sociales, e incluso el lobo más solitario aprecia un "buenos días" y que lo miren a los ojos. Todos queremos nuestros momentos de intimidad, pero nadie huye de todo contacto humano durante mucho tiempo. Por eso nunca he conocido tanta gente como viajando sola: te fuerzas a hablar a desconocidos y el resultado es sorprendente. Depende del país y sobre todo de dónde te hospedes (hostal u hotel), pero verás que hay muchísima gente en tu misma situación, así que pronto te las dejas de dar de Indiana Jones o del tío de Into The Wild. El hostal, el autobús o esa excursión en grupo a las que te apuntas son ideales para conocer gente.

Imaginaos mi cara en un albergue en Indonesia, desayunando en la zona común con otras cinco chicas jóvenes, cuando charlando nos dimos cuenta de que las seis viajábamos solas. Fue como llegar a una fiesta y ves tres camisetas como la tuya. Pero respirad, llaneros solitarios: solo tienes que evitar los lugares más turísticos para que este fenómeno sea imperceptible. Y lo bueno es que si te apetece estar solo, nadie te preguntará por qué.

Hay una especie de contrato no verbal entre los viajeros solitarios: en mi viaje estoy porque me apetece a mí y las relaciones humanas nunca son por compromiso. Puede que te apetezca compartir una sonrisa, unas palabras, o un silencio, con alguien. Y puede que habléis cinco minutos o que decidáis ir juntos a visitar algo, que coincidáis más adelante en vuestro itinerario, y mantengáis el contacto más adelante, o que se quede en ese momento que os habéis regalado mutuamente.

El origen del Universo es una sonrisa

Mucha gente se convierte en su mejor versión lejos de las presiones o el confort de su casa. Y casi todos tenemos algunos patrones de conducta parecidos cuando queremos interactuar. Cada vez que llegas a un lugar nuevo, es como el primer día de instituto pero sin que sea obligatorio, como un Erasmus pero menos previsible. Es cuestión de una sonrisa, una mirada, el lenguaje corporal. Una pregunta tonta, o un "¿cómo puedo llegar en bus hasta tal sitio?".

También estando sola, en según qué lugares, he tenido más posibilidades de relacionarme con la población local. Obviamente, ellos no estarán en un modo tan happy flower como el resto de los viajeros, puede que no hablen inglés y tienen otras cosas que hacer además de hacer de mi experiencia un cuento. Pero por pura empatía, la gente que te ve solo se abre más a interactuar contigo. En estas situaciones me he dado cuenta de que somos todos universalmente parecidos, aunque mágicamente únicos. De que, pese a todas las diferencias, la esencia humana se puede destilar.

El miedo es muy tramposo

"¿Y no te da cosa que te pase algo?", me pregunta mucha gente. El peligro depende del país que visites, aunque en cualquier parte hay situaciones delicadas (de noche en una calle sin mucha luz, en un autobús que va a toda hostia junto a un acantilado) en los que preferirías poderle estrechar la mano a alguien. Pero no dejan de ser experiencias que te construyen. De ese miedo razonable te ríes después, y de él surgen buenas anécdotas. Si tienes dos dedos de frente, viajar solo no tiene por qué ser más peligroso: cuando lo hago estoy más alerta, porque asumo que "nadie me ayudará" (¿seguro?) si me pasa algo. Analizo más el riesgo de las cosas y, si hace falta, busco compañía para hacer según qué actividades. Pero a la vez pongo a prueba esos miedos no tan razonables que me impiden improvisar en mi vida diaria: si me apetece, lo hago, porque para eso es la vida misma un viaje. Y lo que tenga que ser, será.

Viajar en la compañía adecuada siempre vale la pena, pero confieso que viajando sola he aprendido más, he vibrado más y me lo he pasado mejor. Es como hacer un viaje interior, a mis propios prejuicios, manías y a los sueños que no sabía ni que tenía. Es un viaje a mis recuerdos y a mis miedos enterrados, a nuevos gustos, a nuevas personas. Lo más importante que he aprendido es que al final del día todos estamos solos, y a la vez nadie tiene por qué estarlo: todos estamos en este mismo barco, absurdo y maravilloso, llamado vida. Y el 80% de las veces lo que nos soluciona el día es una sonrisa. Soy consciente de que todo es más bonito cuando viajas y de que no es fácil replicar esa actitud ni ese estado de ánimo cuando vuelves a casa. Pero volverás cambiad@, y tu mente volará muchas veces a esos lugares fuera y dentro de tu cabeza que visitaste con la persona más importante de tu vida: tú.