Me utilizaron, me violaron, me destrozaron y me manipularon desde los 6 años

James Rhodes nace en una familia de clase media en el Londres de 1975. Pensando en lo mejor para él, sus padres le matriculan en un colegio caro. Con cinco años, James ya es un niño con una sensibilidad diferente: le gusta la danza y la música, y es un poco enclenque. En su primera clase de gimnasia, su profesor de boxeo despierta su admiración: es un adulto fuerte, grande, seguro de sí mismo. Todo lo contrario a él. Éste mira al pequeño James con aprobación, queriendo transmitirle ánimos. De este modo, James va tomando confianza con su mentor, quien, poco tiempo después y aprovechando su relación cercana y de confianza, empezaría a violarlo. Así llegó su trauma, sus complejos y patologías mentales que, desde entonces, le torturan a diario. "Mi cabeza es el enemigo", cuenta desde su adultez.

Se cumple un año de la primera edición en España de Instrumental. Memorias de música, medicina y locura. No es el libro mejor escrito del mundo, pero su profundo y crudo relato lo han colocado como referente de una nueva literatura de tú a tú. En menos de 20 páginas, James Rhodes ya te ha atravesado con su mano lánguida de dedos finos de pianista, ha apretado tus entrañas, y te ha transmitido sus adicciones.

Cuenta sin florituras la crudeza de lo que ha vivido: "me utilizaron, me follaron, me destrozaron, me manipularon y me violaron desde los seis años". Necesitábamos algo así, una terapia de choque que nos abriese los ojos y que su exmujer intentó prohibir, precisamente por temor a que la intesidad de sus palabras pudiera dañar a su hijo. Un libro de memorias muy honesto de un tipo que sentencia desde el principio - y pese a todo-: “la música clásica me la pone dura”.

"La música clásica me salvó"

Los abusos sexuales rompieron su infancia y su inocencia durante cinco años, y los tics y una tendencia a la autodestrucción fueron su legado y llenaron sus recuerdos durante muchos más. La adicción al sexo y a las drogas, las autolesiones y entradas y salidas de centros de desintoxicación fueron profundos pozos de los que solo pudo salir - todas y cada una de las veces - de la mano de la música clásica. 

Nadie te ha contado este género como James Rhodes. James humaniza la música culta, la baja de su pedestal y te la presenta con todas sus miserias. Él se refugiaba en la belleza divina de las piezas mientras estaba recluído en caros centros de desintoxicación y de salud mental, a veces a la fuerza. Pero lo humano de los compositores nos recuerda que todos tenemos demonios internos y, con sus vaqueros raídos, sus viejas Converse, su sudadera de Bach y su melena sin peinar, hoy llena auditorios, teatros, iglesias, salas del circuito pop y escenarios de festivales indies como el Sónar.

Necesitábamos a Rhodes para que nos enseñase la otra cara de la elitista y elegante música clásica, para que nos hablase de la grandeza de Glenn Gould por encima de las rarezas excéntricas del Asperger que sufrió. Para que nos contase que Schubert era un pobre miserable, feo y desgraciado en el amor que murió de sífilis a los 31, dejando uno de los legados más prolíficos de su profesión.

Hacía falta que fuera capaz de transmitirnos su admiración por un tipo que, habiéndose criado en un ambiente de alcohol y malos tratos, y quedándose sordo a medida que crecía, había sido el responsable de mover la música de su época del Clasicismo al Romanticismo. Hay que ser Beethoven para componer algo tan nuevo y desconocido que dé lugar a una nueva etapa dentro de la historia.

James Rhodes se ha conseguido convertir la palabra 'superación' en el estandarte de su vida sin avergonzarse de su cara más oscura, aquella que da tanto miedo mirar de frente. La música clásica le salvó. “Si no hubiera conocido a Bach, yo estaría muerto”, asegura. En ella encontró unos brazos que le calmaron desde la empatía de las perturbadoras vidas de sus protagonistas, los compositores. Lo hizo todas las veces que se autolesionó con cuchillas, que se arruinó y que se hundió su matrimonio y perdió la custodia de su hijo. La música le ha convertido, desde lo más profundo de sus infiernos, en un gran concertista mundial de piano y en un hombre moderadamente feliz.

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