Tinder, La Cosificación De Uno Mismo Y Por Qué Su Uso Nos Convierte En Un Escaparate Con Patas 

La nevera está vacía, así que bajas al súper con la idea de comprar algo sano que prepararte ya que llevas varios días a tope y se te está empezando a poner forma de Yakisoba o durum. Es momento de cuidarse. Una vez allí te abrumas con toda la cantidad de opciones de cena: miras, tocas, descartas, comparas, vuelves a empezar, piensas, proyectas... de repente llevas media hora encerrado allí, te falta tiempo, te agobias, coges una pizza Casa Tarradellas, te sientes como una mierda y juras que ya comerás sano la próxima vez.

Pues esto mismo es Tinder. Es sorprendente como la frustración por no sentirse querido lleva a la gente a aceptar dinámicas que únicamente la incrementan más. Barry Schwartz (psicólogo) comentaba en su Paradoja de la elección que la extrema libertad de elección no nos convierte ni en más libres, ni en más felices, sino más insatisfechos. A su vez, Francesc Nuñez, sociólogo de la UOC, la define como"esa emoción de tener cada día una experiencia nueva y mejor. Nunca se cierra la posibilidad de seguir buscando a ver si encontramos algo más bueno. Pero si hacemos de la búsqueda del amor algo tan racional, no se encuentra".

Pero claro, la mayoría dirán: "Es que Tinder lo uso para follar, no para encontrar el amor". Bien, aceptemos entonces la premisa de que la hiperconectividad, lejos de dirigirnos una sociedad más humana, está transformando todas y cada una de nuestras necesidades sociales en elementos de consumo. Somos un escaparate, una carta de restaurante, currículums con patas y, con Tinder, envoltorios bonitos que rodean unos genitales.

Estamos, como decía Zygmunt Bauman sobre el amor líquido, haciendo que los lazos humanos sean cada vez más frágiles. La cosificación (convertirnos en cosas) de las personas ya no es solamente una herramienta de las grandes corporaciones y la publicidad, sino ahora también de todos y cada uno de nosotros. No estamos llevando a cabo un proceso de conocimiento del otro sino un proceso de selección. Buscamos algo/alguien que nos satisfaga una necesidad concreta en un momento determinado.

Hemos eliminado el 'para siempre' por el esfuerzo y dificultad que nos representaban y ahora, sin querer, o a consciencia, somos almacenes de experiencias superfluas que priorizan la cantidad a la calidad. Hay tanta oferta de candidatos amorosos o sexuales que cualquier defecto o diferencia superficial se convierte en un descarte. La obsesión de encontrar alguien con quien tengamos cosas en común hace que nos perdamos aquellas personas diferentes a nosotros que nos pueden enseñar algo que no sepamos.

Es entonces cuando, irónicamente, en una sociedad tan conectada, el aislamiento individual es infinitamente mayor. Poco a poco nos han hecho creer que podíamos comer lo que quisiéramos fácil y ya, vestirnos como quisiéramos fácil y ya, y ahora, enamorarnos de quien queramos fácil y ya. Pero la comida procesada es mala, la ropa de Zara no dura y las relaciones de Tinder no van a ser distintas, porque sabemos de sobras que aquello que nos cuesta poco conseguir, también nos cuesta poco desechar.

El pensamiento crítico no se puede desarrollar cuando tienes todo lo que quieres y sobradamente de más. Estamos en el súper, con la nevera vacía, sin ninguna lista de lo que realmente necesitamos, con poco tiempo y un hambre que nunca cesa. Somos los candidatos perfectos a acabar comiendo mierda.

Imagen de portada: Ana Alvarez Errecalde