Por qué muchos hombres acuden a prostitutas buscando ayuda psicológica

Expertas en gatillazos, perversiones y fantasías, las prostitutas no solo ofrecen placer sexual. En muchas ocasiones, son auténticas 'teraputas'

"No se me empalma", "No sé follar", "Me corro nada más meterla”, son las frases que cada día se escuchan en las consultas de los sexologos/as y que cada noche se repiten sobre el colchón de una puta. Aunque no se les reconozca socialmente, las trabajadoras sexuales siempre han sido una especie de terapeutas sociales. Mujeres que a través de sus bocas, culos, manos y piernas han dado salida a los deseos, frustraciones y apetitos más bajos de quienes podían pagarse sus servicios. Entonces, ¿por qué no ir al psicólogo directamente? Fácil, porque con el psicólogo no te corres. 

El hombre que recurre a la prostitución, lo hace porque en muchas ocasiones tiene ganas de sexo, pero en realidad tiene ganas de ser feliz y confunde la felicidad con tener orgasmos”. Esta frase es de Ilan Stephani, una joven alemana que dejó la carrera de Filosofía para hacerse puta. Aunque le resultaba “fascinante el pensamiento de Immanuel Kant”, en el fondo sabía que “ser feliz no es algo que se consiga a través del pensamiento y de lo intelectual, sino a través de lo físico”. Lo cuenta al detalle en su libro ‘Lieb und Teuer: Was ich in Puff über das Leben gelernt habe’, algo así como “Bueno y valioso: lo que aprendí sobre la vida en el puticlub”.

Traducción: "La prostitución surge porque no enseñamos a nuestros hijos a conocerse adecuadamente..."

Más psique y menos pene

Según las cuentas de Stephani, alrededor de un 30% de los clientes que pidieron cita con ella no lo hicieron para tener sexo. Por tanto, en sus días de trabajadora sexual, se había ocupado “más de la psique que del pene”. Muchos hombres quieren hacer lo que les dé la gana sin que nadie les recrimine. Buscan un otro complaciente preparado para cumplir sus deseos y fantasías. Debe ser como cuando vas al psicólogo y sueltas ese chorro de cosas que te dices a ti mismo pero que no te atreverías a decir a las personas con quienes tienes relaciones profundas para no exponerte demasiado.

"Se ve rápido. No todos quieren consumir sexo, algunos buscan más una conexión emocional", relata Paula Ezquerra, prostituta, activista, portavoz de Putas Indignadas y una "puta privilegiada" como le gusta definirse a ella. A lo largo de sus años en la calle, Paula ha conocido muchos casos de hombres que serían carne de psicoanalista. ”Muchos empresarios vienen a contarme cómo les va en sus negocios", comenta dejando claro que, normalmente, los problemas de autoestima suelen ser el catalizador para que alguien pague por sus servicios: "Muchos me preguntan por su polla, si la tienen grande, si follan bien…". 

Pero sus oídos, al igual que su coño, tienen un precio y la terapia improvisada se acaba cobrando. "Es más caro, claro. No es lo mismo ser una puta de la calle que una escort”, asegura. Pero ya sea en una esquina o en un hotel de lujo, al final todo el mundo busca una conexión, un momento de complicidad y desahogo. "Sin ir más lejos, ayer mismo tuve a un chico joven y monísimo. Vino llorando porque había discutido con su pareja, me contó toda su vida, se echó a llorar… al final no tuvimos sexo, pero me pagó y me llevó a casa en coche”, relata esta trabajadora del sexo.

Prostitutas con sobredosis de empatía 

“Para algunos hombres es más fácil acudir a una prostituta para hablar de sus problemas que a un profesional", explica Ziortza Karranza, psicóloga y sexóloga en el Centro Gurenduz. "La prostitución no sólo sirve para gestionar orgasmos, sino también para realizar fantasías que en esta sociedad parecen inconfesables aún hoy en día. Una vía de poder canalizarlas sin sentirse en ningún momento cuestionado, puede ser a través de estos servicios”, apunta la especialista quien opina que, en principio, combinar esos dos tipos de servicios no sería algo tan descabellado pero es algo difícil de conseguir.

"El problema que existe es que la complacencia es algo fundamental en este tipo de intercambio. Si el cliente fuera con la idea de conseguir algún tipo de crecimiento erótico o sexual y la prostituta estuviera preparada para facilitar ese tipo de aprendizaje; sería muy positivo para ambos. En el caso de que se plantease un servicio terapéutico, por ejemplo, la prostituta iría más preparada y no tendría que mentir a los clientes, sino ayudarles realmente a mejorar. No estaría nada mal que, al margen de los servicios sexuales, ofrecieran estos servicios de crecimiento erótico”, añade Ziortza.

Y es que dejar a un cliente satisfecho física y mentalmente se aprende con el tiempo. "Coges ritmo y desarrollas una intuición clave para saber si busca sexo rápido, lento, una novia o ayuda emocional ", resume Paula Ezquerra. "Necesitas empatía, ser observadora: cómo viste, cómo te mira, cómo camina, cómo te habla… a partir de ahí deduces lo que busca". Para ella, que ha luchado durante muchos años por sus derechos y los de sus compañeras, es algo en lo que todas deberían formarse. "Creo que deberían darse clases de cómo entender y tratar a un cliente, y no de cómo chupársela", reflexiona. 

Vale, sea de mejor o peor manera, las putas llevan generaciones ejerciendo una profesión en la que sexo y terapia caminan de la mano. Todo ello sin que se les reconozca ni siquiera su estatus de profesionales del sexo, sin que el estigma que sigue arrastrando su oficio les permita ejercer su labor con toda la dignidad que merecen. Quizá llegue el día en el que el poder terapéutico del sexo fluya y se pueda reservar cita en la consulta de una 'teraputa’. Puede que muchos clientes nunca salgan de sus movidas mentales, puede que otros sí, pero que la sociedad estará más sana en su conjunto, eso seguro que sí.