No supe que tenía un problema con el alcohol hasta que sacó lo peor de mí

Todos tenemos un límite. A veces, te cuesta la vida encontrarlo y te recreas en su búsqueda más de lo que deberías. Y te encanta hacerlo.

Mi primer 'pedo' fue a los quince años: Acabé vomitando. Al parecer, beber era la llave para abrir el cofre de la popularidad. Poco a poco, lo conseguimos. Cada finde montábamos botellones en masa y, sí, lo pasábamos de puta madre. Con el tiempo, el aguante de uno aumenta y te sientes como Dios con siete, ocho o nueve copas. Ahí pasamos la fase amateur y nos convertimos en auténticos profesionales.

A partir de entonces, salir de fiesta sin beber era un coñazo. Necesitaba el alcohol para pasármelo bien. Por aquel entonces, mi cerebro empezó a gestar un monstruo que todavía se mostraba a medias. Si estábamos de botellón un miércoles y pasaba una chica por delante, le soltaba: "Eh, tú, eres to' fea, ¿lo sabías?". Después, nos descojonábamos. No reparábamos en el trauma que podíamos generarle a esa chica solo porque se nos había soltado la lengua.

Pero el monstruo no tardó en mejorar sus habilidades. En fiestas gordas, siempre había algún altercado. A partir de la quinta copa, el ser humano olvida su aspecto evolucionado y sale a la luz la bestia que duerme en su subconsciente. A algunos más que a otros. Hablas de más, peor y mucho más alto de lo que deberías. Te desatas, aunque no siempre lo sabes. Son tus amigos los que te refrescan la memoria cuando te has pasado de la raya. Si querías hacerte el gracioso porque te gusta ser el centro de atención, le revientas el retrovisor a un coche y luego te subes al capó. Si le jodes la pintura, peor para el dueño del coche. El caso es que la gente se ría. Los que también van moco pueden reírse, pero siempre habrá alguno que te recuerde lo gilipollas que has sido. Pasas de él. En tu cabeza, todo ha sido cojonudo.

Llega un momento en que las personas aprenden a beber y sus borracheras sirven para divertirse de una forma más controlada. Por eso, a tus amigos no les gusta ver cómo te rellenas la copa y, de nuevo, les jodes la fiesta. No importa si has cambiado el calimocho por la ginebra. La sustitución es simple adaptación a los tiempos, pero el resultado es el mismo, o peor, por la edad que ya tienes. Tus colegas son el blanco: les sacas mierdas del pasado, sueltas pullas y generas mal rollo. Muchos te dan de lado. También la tomas con el mobiliario del lugar.

Cuando buscas la gracia perpetua en ese estado, lo pagas con todo. No importa si tiras una maceta por la ventana y le cae a una niña en la cabeza; el monstruo no está preocupado por tales nimiedades. Solo quiere destruir todo lo que se encuentra a su paso; tras acabar con tu dignidad, no hay nada que al monstruo ya le importe. En el bar, una mirada a tu chica es una declaración de intenciones. El fregado puede acabar con cuatro insultos en voz alta o pasar a mayores y hacer un corrillo, como a la salida del instituto. Pero aquí la gente no anima, sino que se lamenta por la existencia de especímenes como tú.

En toda discoteca, siempre hay un tío que se tambalea y se encara con todo aquel que interfiere en su beoda exhibición. Si le rozas, más te vale preparar tus mejores disculpas para que se calme. Cuando ese cabrón eres tú, y tus amigos te lo dicen, las mañanas con resaca se convierten en soberanas pesadillas. Has sido ese tipo al que todos han mirado con asco, el payaso del que todos se han apartado. No lo sabías, aunque quizá lo habías intuido. Mientras te lavabas las manos después de mear fuera de la taza -estás pedo y haces lo que te sale del culo-, te miraste al espejo y viste un reflejo de tu 'yo' habitual, el que va todos los días a la oficina y parece una persona digna. También percibes un ramalazo del monstruo que eres con varias copas de más; el violento, indeseable y 'pasota'. Pero decides ignorarlo.

Lo peor es que ese monstruo sale a pasear también entre semana. Poco a poco, 'unas cañas' después del trabajo implican llegar a casa tajado un lunes e ir a trabajar con resaca al día siguiente. No tienes por qué meterte en líos, pero tus compañeros de piso, tu novia o tu mujer no tienen por qué asistir a ese lamentable espectáculo. El asunto empeora cuando te mandan a la mierda por ello y te quedas solo. El asunto es mucho peor cuando una multa por beber y una retirada de carné de un año evolucionan en varios puntos de sutura en la cabeza y una familia que casi pierde a una madre. A ti no te importó coger el coche, porque, aunque podías dar positivo, controlabas e ibas bien. Seguro que el que conducía el coche que venía de frente no opinó lo mismo.

Es entonces cuando te asustas de verdad, sobre todo de ti mismo.

Es entonces cuando comprendes dónde está tu límite.

Es entonces cuando decides echar el freno. Aunque quizá sea tarde.

Créditos de fotos: lechenie-narkomanii, Alberto Polo Iañez y Andrea Torres.