Sentirse solo te pone a prueba y te hace indestructible emocionalmente 

Crédito de la imagen: Yung Cheng Li

Quizá detestes sentirte en soledad en plena Navidad. Lo entiendo, yo también estuve ahí hace no muchas cervezas. Huyendo del silencio, ese vacío indiferente que te engulle. Escapando del dolor de estar conmigo a solas. Componiendo planes y confabulando excusas que me permitieran alejarme de la habitación desierta. Desesperado, hambriento de compañía, de bullicio, de fiesta, de distracción. Aferrado a los demás como una criaturita temerosa que no tiene coraje suficiente para plantarle cara a la verdad. Esa que brota de la noche muda y sedada en forma de monólogo. Uno que se repite una y otra vez como un disco endemoniado. Uno que tortura. Uno que invoca todo aquello que tratas de asfixiar con tanto esfuerzo.

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Porque la soledad todo lo sabe. Poco importan tus intentos por fingir firmeza o plenitud, por decirte que estás bien, que lo estás superando. Ese convencimiento enclenque no durará cuando todos se hayan marchado y solo quedes tú contigo. Y se marchan, tarde o temprano, por mucha energía que inviertas en mantenerte rodeado. Es entonces, cuando todas las luces se apagan, cuando todo el ruido duerme, cuando el teléfono deja de sonar, cuando lo innegable brota de donde quiera que lo tengas secuestrado. Porque la soledad es la jueza suprema y no la puedes engañar. Te pone a prueba. Te vuelve honesto. Te conduce a lo real. Es el espejo que te desnuda, y eso es algo que detestas, porque aún no estás preparado para aceptar la realidad.

Si lo estuvieras, la soledad te sabría como el primer solecito de la primavera. En lugar de empequeñecerte, de comprimirte en tu propio sufrimiento, de reducirte a tu mínima expresión, te haría inmenso. Porque cuando estás en paz, cuando has soltado la angustia, la soledad multiplica la alegría por varios millones. Sin conversaciones banales ni zumbidos de fondo, la soledad te hincha de un cálido sentimiento de conexión con la vida, de una profunda sensación de formar parte de algo más grande. Ya no estás perdido en tu congoja, obsesionado contigo de tanto tratar de escabullirte de ti. Ahora te descubres, te encuentras, despejas la mente de tanta interrupción y negociación con los demás y te ubicas en mitad de esta soledad.

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Solo, pero no aislado. Solo, pero no abandonado. Solo, pero no desamparado. En fin, solo, pero nunca más solo. Sin prisas y rebosante de vigor, porque nunca te sientes tan vivo como en ese pedacito de tiempo que dedicas para ti. Haciendo lo que sea, pero tomando oxígeno, donde nadie pueda quitártelo, en ese pedacito de espacio donde te sientes libre. Saboreando música, leyendo una novela o meditando. En la orilla del mar o bajo la manta de la cama. Da igual: estás solo, y el simple hecho de saber que puedes estarlo, que no necesitas a nadie más, que has dejado de huir, te colma de poder.

Ya no te sientes vulnerable, sino intocable. Y se lo debes a esa pizca de soledad. Y cuando vuelvas a perder la paz, que viene y va, busca la soledad de nuevo y afronta todo lo que grita dentro tuya. No vas a curarte ignorando la verdad. Todas las soluciones descansan ahí: en ese inagotable tú contigo, sin nadie más alrededor.