Sasha Asensio, el fotógrafo que retrata el lado más duro y menos amable de nuestra existencia

Una cicatriz, una verruga, un diente picado, unos ojos que lo dicen todo sin mediar palabra. Son el rastro visible de una vida, la tarjeta de presentación de unos hábitos, una denuncia de los pecados cometidos o de la mala fortuna. El lado menos amable de nuestra existencia, un lado antiestético, en ocasiones cruel, al que muy pocos se atreven a mirar a la cara y mucho menos a  retratar. Sin filtros, sin máscaras, a pelo. Una lente, quizá un fondo blanco y luz natural. No hace falta nada más.

“No hay nada de feo u oscuro en mis fotos, es solamente otro lado de la vida. Ese que se ha convertido en invisible porque los políticos y agencias de publicidad prefieren ignorarlo”, explica el fotógrafo brasileño, Sasha Asensio. Su impactante serie de retratos de los habitantes del Raval de Barcelona ha sabido remover las entrañas de los puristas de la estética. Un mazazo en las pupilas de los adictos a la happy life de Instagram. Un atentado en la sociedad de las apariencias.

Aunque la historia de Sasha difiere mucho de la de sus musos y musas, el destino ha querido cruzar sus caminos en el barrio más canalla y decadente de Barcelona. Hace 47 años, tuvo la suerte de nacer en el seno una familia acomodada de Sao Paulo — sus padres eran comerciantes asturianos —lo que no evitó que desde pequeño se sintiese atraído por lo que las personas de su alrededor detestaban.

“Paseaba por las favelas de Sao Paulo y disfrutaba conversando con sus habitantes. Las historias de prostitutas, narcotraficantes, ladrones o simples trabajadores humildes siempre me fascinaron por encima de los héroes y personajes de televisión”, añade. Quizá por ello, por esa sensación de comodidad que experimentaba entre los excluidos, Sasha decidió recalar en el corazón del Raval hace seis años.

La multiculturalidad y el aire que se respira en sus callejuelas secuestró los sentidos del fotógrafo. “Es lo más parecido a vivir en un lienzo”, asegura. A su vez, su cámara y su savoir faire sedujo a los habitantes del Raval. “Trabajo de manera muy discreta. Normalmente hago un seguimiento de mis retratados y establezco ciertos vínculos con ellos, solo así consigo llegar a reflejar su interior”, explica.

De entre todos sus retratados, una mujer consiguió robar su corazón. “Hay una chica mulata, hija de un gallego que va en silla de ruedas y duerme en la calle. Le hice un acompañamiento total. Estuve con ella cuando se pinchaba, bebía y reía. Incluso le mandé cartas con sus fotos los cuatro meses que estuvo en prisión”, relata con cariño. Devolverles el orgullo es el objetivo principal de sus retratos.

“No es lo mismo ver tu reflejo en un espejo que mirar tu retrato a tamaño A4. Observar los ojos cuando se enfrentan a ellos mismos, es una sensación que engancha”, reconoce. Rescatar esa sonrisa vanidosa es para Sasha un auténtico premio: “Todos tenemos nuestro ego. Conseguir que se sientan atractivos y que aflore su belleza exterior, es mi mayor aportación y mi mayor recompensa”.

Aunque ya le han ofrecido exponer su trabajo en varias galerías de Nueva York Sasha no tiene prisa. No le gusta que el amarillismo, las etiquetas o el morbo planeen sobre sus fotos. Con cierta prudencia, pide que la entrevista no contenga en ningún momento la palabra ‘friki’, que los lectores puedan llegar a sintonizar con el mensaje que pretende transmitir: “Empoderar a los invisibles haciéndolos visibles”.