Relato de un exorcismo en Camerún: fui testigo de lo más macabro y denigrante del ser humano 

Viví un exorcismo en directo. Sin querer, y sin saber dónde me metía, fui testigo de un ritual denigrante, macabro y hasta ridículo. En Camerún, la desesperación y la ignorancia son las culpables de que muchísimas personas se agarren a la superstición como a un clavo ardiendo. En este país africano los rituales de exorcismo están a la orden del día, están bien vistos, se paga por ellos, se realizan en ‘iglesias’ en presencia de toda la familia, y quienes los practican confunden los términos: consideran que las enfermedades mentales son culpa del diablo que ha poseído a la persona.

Aunque parezca una creencia del siglo XIV, no lo es. Es una realidad en el Camerún del siglo XXI. Yo lo vi, lo viví e intenté explicarme el porqué.

Hace cuatro años llegué a Camerún como cooperante y, aparte de la increíble experiencia de hacer un voluntariado en África, me llevé una gran sorpresa: los exorcismos son una práctica cotidiana. Unas monjas que trabajan en la ciudad de Dschang hace más de 20 años y algunos cooperantes que conocían bien la zona ya me habían advertido de que no sería extraño que presenciase algún ritual durante mi estancia. Pero la cosa fue bastante más fuerte de lo que imaginaba: por casualidad y sin buscarlo, me topé de lleno con un exorcismo a pie de calle.

Todo comenzó cuando caminando por uno de los barrios más pobres de Dschang empecé a escuchar gritos y gemidos que provenían del interior de una precaria iglesia. Al principio pensé que se trataba de un sacrificio de algún animal, pero no. Era un exorcismo en toda regla. Pude quedarme en la puerta casi toda la ceremonia, con la mirada fija y sin hablar. Fue lo más parecido a convertirme de golpe y porrazo en una espectadora privilegiada de una película de terror, solo que esta vez era real.

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Se trataba de una joven de unos 25 años. De espaldas, subida en una especie de altar y con la mirada perdida. Un sacerdote le tocaba constantemente la cabeza, le agarraba del pelo y le hablaba en un idioma que obviamente era incapaz de entender. En los bancos de la iglesia estaban sentados sus familiares a modo de espectadores. Como si de un bautizo se tratara, aguardaban al fin de la ceremonia. De vez en cuando, la supuesta poseída gritaba e intentaba deshacerse del sacerdote, pero no podía. Estaba bien agarrada, por lo que pudiera pasar.

Al principio no me atrevía ni a sacar la cámara de fotos. Pasó un rato y los familiares de la supuesta joven poseída se dieron cuenta de que una extraña estaba siendo testigo de todo y, justo después de hacer una fotografía, (la única que pude hacer en todo el rato) me indicaron que debía salir por donde había entrado. No era bien recibida allí. Me marché y no pude ver el final del ritual, aunque —como en otros muchos casos— supongo que la persona se queda echa polvo después de sufrir ese violento en trance. Y así todos los días. En esa iglesia, además de misa, son habituales los exorcismos. Solo hay que pedir cita.

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Quienes creen en este tipo de cosas es porque tienen miedo al diferente. A los enfermos. A los que – a su juicio- no son normales. Y sobre todo a los enfermos mentales, que consideran que llevan al diablo dentro. Gran parte de los cameruneses creen en la brujería y numerosas "iglesias" (obviamente no lo son) se han especializado en exorcismos para curar a los enfermos. Una locura. Las familias, estigmatizadas por la situación, solo ven una salida: intentar que el demonio salga del interior de sus familiares. Eso sí, tendrán que ser sometidos a una serie de rituales sin ningún fundamento científico.

Un estudio llevado a cabo por la psiquiatra Marjolein va Duijl, de la Universidad de Mbarara (Uganda), constató que los supuestos poseídos casi siempre tienen detrás una experiencia traumática. La curiosa investigación –con una muestra de 119 personas diagnosticadas por posesión de espíritus y 71 no poseídas- fue publicada en la revista Culture, Medicine and Psyquiatry y los resultados fueron claros. En los ambientes marginales hay más casos que en otro tipo de ambientes. Un fenómeno que ha sido considerado por Duijl como una "respuesta a la tensión intra-psíquica derivada de dificultades extremas con escasa esperanza de ayuda y apoyo".

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¿Pero qué dice la psiquiatría sobre este fenómeno? El paciente cree estar poseído y controlado por el demonio. Parece una obviedad, pero hay que recordarlo. Este proceso disociativo es una patología que nunca debe ser tratada por sacerdotes, sino por médicos y especialistas.  Una tesis que mantiene el psiquiatra Sergio Oliveros ya que según él "no existe ni un solo documento científico que de por bueno un fenómeno de posesión diabólica". Más bien asegura que "son fenómenos psicopatológicos o neurológicos". Y alerta del riesgo de que, por tratarse de un asunto ‘religioso’, pueda "retrasar el diagnóstico y el tratamiento de los afectados".

Lo que está claro es que, si estas personas no son tratadas por un médico, seguirán estando enfermas. Y cada vez será peor. Lamentablemente, mientras la superstición siga campando a sus anchas en los ambientes marginales de Camerún y buena parte de África Central y Occidental, los exorcismos continuarán a la orden del día.

Fuente de las fotografías: Diana Rodríguez Pretel