Quise saber qué le pasaba a mi cerebro después de probar un alucinógeno

Existes, pero no eres tú. Eres otra cosa; algo que se mueve diferente, piensa diferente y siente diferente. El tiempo y el espacio dejan de ser como los conocías, igual que si estuvieras en otro universo donde las leyes de la física no se cumplen. Media hora puede parecerte un día entero, un día en el que tu salón se pliega sobre sí mismo como una hoja de papel y tú acabas boca abajo, sin ninguna gravedad. Así fue, para mí, alucinar.

Era domingo. Mi mejor amigo había comprado salvia divinorum por Internet, en su máxima concentración, para que yo pudiera vivir esa experiencia. Preparó la pipa de agua y yo aspiré una calada intensa. Aún no había soltado todo el humo cuando mi amigo y el sofá donde estaba sentada desaparecieron. Dejé de ser yo unos treinta minutos, y cuando volví, él me contó que había estado caminando y diciendo cosas que yo no recordaba. Para mí era como haber estado soñando, pero de una forma mucho más intensa y real. Fue la primera y última vez que probé una droga alucinógena.

Los alucinógenos son sustancias que alteran los pensamientos, las emociones y, sobre todo, la percepción. Provocan percepciones sensoriales –visuales, auditivas o de cualquier tipo- que son independientes de los estímulos físicos externos. Es decir, yo puedo ver un elefante rosa en mi habitación, aunque en realidad no haya ningún elefante rosa en mi habitación. Puedo incluso sentir que le acaricio la trompa, aunque mi mano se esté moviendo en el aire. Y todo es tan vívido que parece real.

¿Qué ocurre en el cerebro para que creamos esta realidad alternativa? Hay estudios que demuestran que, durante las alucinaciones, aumenta la actividad de algunas regiones cerebrales y se produce una especie de cortocircuito, que impide que la información de los sentidos llegue a su destino habitual. Las alucinaciones serían la consecuencia de “una forma de ceguera transitoria”.

alucinógenos código nuevo
 

Plantas, bichos y recetas

El catálogo de drogas alucinógenas es casi ilimitado. Dependiendo de su origen, se pueden dividir en tres tipos. Las sintéticas, como la ketamina o el éxtasis, son las que se crean artificialmente en los laboratorios. Las semisintéticas, aunque requieren la intervención humana, se elaboran a partir de un compuesto presente en la naturaleza, como el LSD, que se obtiene del hongo claviceps purpúrea; la morfina y la heroína, que proceden del opio, o la cocaína, de la planta de coca. Y existen, por último, las drogas alucinógenas que son cien por cien naturales, como algunas setas, la ayahuasca, el peyote, la burundanga o la salvia divinorum. También las hay de origen animal: algunas especies de ranas, como la peruana phyllomedusa bicolor, y de sapos, como los del género bufo, segregan toxinas que causan alucinaciones cuando son ingeridas o fumadas.

Incluso alguno de los alimentos que seguramente tienes en la cocina… te haría alucinar. La nuez moscada, por ejemplo. No vas a notar nada por echarle una pizca a la bechamel de las croquetas, pero dicen que si tomas ocho o nueve cucharadas, diluidas en agua, tu experiencia gastronómica pasará a otro nivel. Algo parecido ocurre con el azafrán; ¡diez gramos podrían ser mortales! O la lechuga, que puede causar viajes similares a los que provoca el LSD. Aunque no te preocupes si eres un fan de las ensaladas; este alimento solo es tóxico si se toma en infusiones.

De la creatividad a la psicosis

Los efectos de las drogas alucinógenas son tan dispares como las personas que las toman. A mí, la salvia divinorum me llevó a lugares inesperados en los que no me habría gustado quedarme, pero no me arrepiento de haberlos visitado. Una hora después de aquella única calada, yo volvía a estar como una rosa. Ni siquiera sentía una leve resaca. Sin embargo, la sensación de haber descubierto una realidad paralela siguió ahí mucho tiempo. Aún hoy, al acordarme, aquel experimento hace que me pregunte por la verdadera capacidad de nuestro cerebro. Todo lo que viví ese día, ¿estaba solo en mi cabeza? ¿Fue una creación mía o quizá, parte de ello, existe pero es imperceptible sin las drogas? Si lo inventé yo, ¿de qué más sería capaz?

alucinógenos código nuevo

Los alucinógenos se han consumido durante siglos con fines religiosos y espirituales. En muchas culturas, alucinar es una forma de acercarse a los dioses o incluso comunicarse con ellos. Pero no hace falta ponerse místico para buscar la utilidad de las drogas. Algunos investigadores están intentando confirmar el poder terapéutico del LSD en el tratamiento de ciertos trastornos de ansiedad o del alcoholismo. Por otra parte, muchas de las mentes brillantes que trabajan en Silicon Valley reconocen estar tomando tripis para potenciar su creatividad. También en España, grandes empresarios recurren al LSD, en dosis muy pequeñas, para mejorar su concentración y aumentar su rendimiento. ¿Funciona? Ellos dicen que sí, pero no hay estudios científicos concluyentes.

Tampoco están claros los efectos negativos que estas drogas pueden tener a largo plazo. En general, no crean dependencia, pero pueden provocar episodios psicóticos que, en los peores casos, se vuelven permanentes e irreversibles. Los riesgos se multiplican, como es lógico, si se hace un consumo abusivo. Tomar hongos alucinógenos a menudo, por ejemplo, podría generar inestabilidad emocional, crisis de ansiedad y pánico. Pasarse con el LSD aumenta las posibilidades de padecer depresión y paranoias. No importa que estas sustancias sean naturales, parcial o totalmente. Eso no las hace más inocuas.

Y siempre existe el riesgo, por supuesto, de sufrir un mal viaje. Como explica Nora Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos, las drogas alucinógenas entorpecen nuestra capacidad para pensar y para comunicarnos racionalmente, provocando comportamientos extravagantes y peligrosos. Las emociones fluctúan con rapidez y el mundo real se convierte, a veces, en algo aterrador.

Que se lo digan a Albert Hofmann, el químico que sintetizó el LSD por primera vez, mientras estudiaba los usos médicos de un hongo. Él mismo probó la droga por accidente y describió unos efectos espeluznantes: “Un demonio me había invadido, se había apoderado de mi cuerpo, de mi mente y de mi alma”. Puede que su salón se estuviera plegando sobre sí mismo, como una hoja de papel, dejándolo boca abajo y sin gravedad.

Crétito de las imágenes: Ryan McGuire y Andrea Torres


Si quieres compartir alguna experiencia, escríbenos a info@codigonuevo.com