"Quería decirle que parara, pero no podía": me violaron con sumisión química

Nunca es fácil confesar que fui violada. La primera vez, me abrí en canal con mi ex. La segunda, a través de la escritura, vaciándome de rabia. Cada vez que lo cuento me recorre una sensación de asco, vergüenza y agobio. Tengo flashes de aquella noche, imágenes inconexas en mi cabeza y lagunas. Muchas lagunas que mi mente trata de rellenar sin éxito. No fue un loco ni un desconocido. No sentí dolor, al menos, físico. Ni grité ni me resistí. No podía: me violaron por sumisión química.  

Él llevaba varios meses frecuentando mi grupo de amigos. Parecía un chico de lo más común: independiente, joven, con un buen trabajo y de carácter tranquilo, sereno y amable. No era la primera vez que salíamos solos de fiesta, pero sí la primera en la que yo dormía en su casa. Quedamos para cenar y tomar una copa, un plan frecuente desde las últimas semanas, con la única diferencia que yo dormía en su casa para no tener que regresar en tren de madrugada. Compramos vodka. Preparamos camas separadas. Elegimos ver una peli. Todo parecía normal, absolutamente normal. Salimos a cenar fuera y al volver a su casa, mientras yo me pongo el pijama, él prepara dos copas. Yo aún no lo sé, pero acaba de empezar a violarme.

Cuando vuelvo al salón, él ya ha decidido cuál es su copa y que no necesita de mi voluntad para abrirme las piernas. Ponemos la peli. Bebo. No llevo ni media copa y siento que me mareo. Al principio, no lo entiendo. No he tomado alcohol durante la cena. Pienso que quizá es solo que estoy cansada o que hace calor. Le doy otro trago y después todo se vuelve confuso. Él está sobre mí y yo estoy desnuda. No sé en qué momento ha pasado eso. La vida de Brian sigue proyectándose en la pantalla del ordenador. Me siento atontada.

Quiero levantar mis brazos y apartarlo de mí, pero no puedo. Quiero gritar y salir corriendo, pero no puedo. Quiero decirle que pare, pero no puedo. Mi cuerpo está totalmente paralizado y empiezo a tener momentos en los que soy plenamente consciente de todo y otros en los que me duermo. En algún momento, me voltea. Me despierto en el suelo. Yo no quiero, pero ahí está él metiendo su lengua asquerosa en mi coño. Recuerdo cogerle la cabeza y apartarle. Después hay un espacio en blanco en mi mente y de repente, estoy en el pasillo, trato de ponerme en pie y me caigo. Me fallan las piernas y los brazos. Se me ahoga la voz en la garganta.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme en el aire. No sé qué hora es. No sé en qué momento he llegado a la cama. Pero me despierto sobresaltada en sus brazos y observo que estoy en la habitación. Para entonces ya puedo hablar. Estoy bastante desorientada, pero le pido que me suelte y me deje dormir. No reacciono.

No sé reaccionar hasta que me despierto por la mañana. Tengo la sensación de que he practicado sexo. Mi cuerpo apesta a semen. Le ayudo a recoger en silencio y decido coger sola el tren a mi casa. Cuando llego, lo primero que hago es ducharme. Estoy dos horas en la ducha, froto mi piel con tanta dureza que hasta me araño. Debo ser muy mala víctima porque no lloro. Solo me siento sucia. Experimento un fuerte sentimiento de indefensión: “¿me creerán? No tengo marcas ni desgarros, soy una persona sexualmente activa...", pienso.

La violación es un tipo de violencia sexual en la que se sospecha antes de la víctima que del agresor. Sé que me ha violado, pero ¿cómo lo demuestro? Un día más tarde me llama: “siento si hice algo que no te gustó”. Se excusa y seguidamente me pide que nuestra amistad siga igual que siempre. Le digo que desaparezca de mi vida y le cuelgo. Me insiste por Facebook. Le bloqueo. Me vuelve a llamar y le insisto en que si no me deja en paz y no se aleja de mis amigos, pienso contar lo que hizo conmigo uno por uno. Desde entonces, jamás he vuelto a saber nada de él.

Han pasado seis años y hoy sé mucho más de violencia sexual. En España, el 20%-30% de las mujeres que denuncian un delito contra la libertad sexual, puede haber sido víctima de sumisión química. La mayoría no denuncia por miedo a que no las crean: los efectos de la sumisión química tienen una acción rápida, pero de corta duración. Si no se acude inmediatamente a un hospital y se establece un protocolo forense, pocas pruebas se pueden aportar para demostrar ese tipo de violaciones.

Reducir la sumisión química a la conocida "burundanga" es un error: por un lado, desinforma sobre drogas y por otro, crea alarma social. Es más probable que la violación por sumisión química tenga lugar a través de drogas legales, que a través de la escopolamina (nombre con el que se conoce popularmente a la burundanga). La escopolamina produce, entre otros efectos, confusión, amnesia e incluso, en grandes dosis, la muerte. Salvando las distancias, se trata de un efecto muy similar al que provocan las benzodiacepinas, otro tipo de psicotrópico con efecto sedante. Aunque pueda resultar sorprendente, en nuestro país, solo existe una condena por violar con burundanga

Independientemente de la sustancia, la violación por sumisión química es una vulneración de los derechos y libertades de las mujeres. Desde 2010, está considerada como abuso sexual. Así lo recoge el Código Penal en los artículos 181.1 y 181.2. Cuando la actuación es premeditada, como lo fue en mi caso, se puede añadir alevosía: utilizó sustancias químicas para asegurarse de que podía violarme sin que yo ni siquiera me pudiera defender.