Puse en práctica la teoría de los seis grados para conocer a mi ídolo

Esta historia está patrocinada por Casino Barcelona.

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Cinco. Este es el número de personas que dicen que se necesita para conocer a cualquier ser humano que vive en este mundo. Sólo hay que relacionarse con la gente adecuada y… ¡Et voilà! Cualquiera puede conocer a quién se proponga. Teoría de los seis grados le llaman a este fenómeno. Al principio no me lo creía mucho, pero una tarde del verano de 2007, de esas en las que decides quedarte en casa porque no tienes ganas de aguantar el bullicio de la playa, me dio por comprobar si podría ser verdad.

No os engañaré, hubo otras razones que me llevaron a ello. Es cierto que tenía curiosidad por saber si la teoría tenía una base real, pero si aquella tarde no hubiese leído que un famoso director americano estaba en Barcelona para rodar una de sus películas, jamás me hubiera precipitado a aventurarme en algo que siempre había deseado, conocer a S, una de las protagonistas de la película. Desde que iba al Instituto había sentido una gran fascinación por esta actriz, por eso, pensé que si los seis grados se podían llegar a cumplir, por fin tendría la oportunidad de encontrarme cara a cara con mi mayor musa.

El primer grado: la camarera del bar                                                                              

Todo el mundo sabe que España es el país del mundo con la mayor proporción de bares por kilómetro cuadrado. Si alguien quiere averiguar algo, tiene que empezar por allí. Por casualidades de la vida, una de mis mejores amigas trabajaba en un bar cercano a una de las localizaciones que habían elegido para rodar la película, así que me acerqué para hacerle una visita. Fue lo mejor que pude haber hecho porque cuando le expliqué el motivo de por qué estaba allí, me contó que algunos de los figurantes venían a tomar el café cuando no tenían que salir a escena.

Si los seis grados se cumplían, podría llegar a conocer a mi ídolo 

Segundo grado: la figuranta

Para pasar al siguiente grado, sólo tuve que esperar. Aproveché para charlar un rato con mi amiga, mientras tomaba en la barra un largo café que casi se convierte en un segundo, cuando de repente las vi. Ahí estaba el grupo de chicas que hacían de extra en la película. La camarera me las presentó. Había una que era la que parecía ser la más extrovertida, aparte de ser la más carismática, así que empecé a darle coba, esperando caerle bien. Lo conseguí, pudiéndola convencer para que me llevara de acompañante al set donde se grababa la siguiente escena en la que participaría.

Tercer grado: el fotógrafo

Siempre he tenido buen ojo para las personas y, una vez más, esta habilidad me había sido útil. La chica era carismática, tanto, que había hecho buenas migas con el fotógrafo encargado de hacer las fotos para publicitar el rodaje de la película en revistas y periódicos. Nada más llegar al lugar se saludaron efusivamente y me presentó. Llamadle intuición, pero no sé por qué tenía la sensación de que ese hombre sería el trampolín para llegar al siguiente grado. Por eso, cuando llamaron a la figuranta, decidí quedarme con él, con el que hablé durante un buen rato sobre batallitas profesionales pasadas.

Creía que cada vez estaba más cerca de conseguirlo 

Cuarto grado: el ayudante de producción

Después de dos horas escuchando al fotógrafo, ya empezaba a hacérseme un poco pesado. Se había pasado todo el rato hablando sobre él. Llegué a dudar de que pudiera servirme para conocer a S. Por suerte, cuando ya estaba a punto de irme con alguna excusa barata, el ayudante de producción le dijo que era el momento de realizar algunas fotos para el making off. El hombre tenía una cara que me resultaba familiar. Una vez le dio la orden, se acercó a mí y me dijo en un inglés con un fuerte acento de Texas, “yo a ti te conozco”. Intenté hacer memoria, pero necesité algo más de información para recordarlo: “tú fuiste mi guía la primera vez que visité Barcelona, ¿te acuerdas?”.

Cada uno de los grados empezaba a tener su conexión 

Quinto grado: el relaciones públicas

Un par de años antes, justo al acabar la carrera, había trabajado como guía turístico para un importante hotel de Barcelona. No recordaba a la gran mayoría de turistas a los que guiaba, pero, si llegué a acordarme del ayudante de producción, fue porque su aspecto no pasaba nada desapercibido. Era muy, muy, muy extravagante. Sombrero cowboy, camiseta de fútbol americano, tejanos y botas altas. Estábamos poniéndonos al día sobre nuestras vidas, cuando de repente apareció el relaciones públicas de la productora, desesperado, informando que el traductor que tenía que venir se había puesto enfermo.

Un última hora lo cambió todo. El traductor se había puesto enfermo 

Sexto grado: mi ídolo

Hay oportunidades que sólo aparecen una vez en la vida y que no puedes desaprovechar. Escuché atentamente al tejano y al relaciones públicas y cuando vi el momento de intervenir, lo hice. “Yo puedo hacerlo”, les dije. Habían contratado a un traductor para un acto benéfico en el que iban a acudir todos los actores y, al verse desesperados, después de unos instantes de duda, aceptaron mi ofrecimiento. “Acompáñeme”, me ordenó el encargado de tratar con la prensa.

Me despedí del tejano e hice todo lo que me dijo mi nuevo y quinto intermediario. Lo seguí para que me vistieran adecuadamente para la ocasión y luego fui con él hasta un coche en el que nos estaban esperando. Allí nos separamos. Yo entré en ese coche y él entró en el que venía detrás. Y en ese momento me llevé la sorpresa. Ella, estaba ahí. La chica que durante tantos años había deseado conocer. Mi ídolo. Mi musa. S. Podría haberla saludado, haberle dicho cualquier cosa, pero no hice nada. No podía, estaba bloqueado. Estaba tan nervioso que el corazón me latía a mil por hora. Lo máximo que pude hacer fue estrecharle mi mano temblando, mientras tartamudeaba para presentarme. Nunca olvidaré lo primero que me dijo: “Encantada de conocerte”.

Ella estaba ahí, por fin. Delante de mí  

Tardé un buen rato en recuperarme del shock. Por suerte, S es una persona muy cercana y rápidamente consiguió que me sintiera cómodo. En cuestión de minutos estábamos hablando como dos jóvenes que acaban de conocerse en un bar y que han tenido buena sintonía, y le acabé confesando que en realidad, pese a saber inglés, yo no era un traductor, sino que estaba allí como favor.

Fue entonces cuando me preguntó: “¿Y no cobras nada por estar aquí?”. “Nada”, le contesté con una estúpida sonrisa de felicidad. Mi objetivo ya estaba cumplido, estaba siendo la mejor noche de mi vida, no necesitaba más. Aún así, me esperaba una última sorpresa: “Hagamos un trato, si la noche va bien le pediré al productor lo que quieras, ¿te parece bien?”.

Así fue como, aparte de conocer a mi ídolo gracias a una extraña teoría, además, pude cenar con ella.

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