Un Psicoterapeuta Cuenta Qué Es La Honestidad Radical Y Cómo Dejar De Soltar Medias Verdades

John Lennon dijo en una ocasión que “siendo honesto no conseguirás muchos amigos, pero siempre encontrarás a los correctos”. Porque Lennon era una de esas personas que, antes de recurrir a mentiras piadosas, prefería enfrentarse a los demás y ser transparente, aunque esa postura le hiciera correr algún peligro. Practicaba, quizá sin saberlo, lo que el psicoterapeuta Brad Blanton llama ‘Honestidad radical’, una fórmula de vida que promete convertirnos en personas más felices. Pero, ¿no es peligroso? Si decimos medias verdades para no herir a los demás, ¿estamos, en realidad, siendo deshonestos? Blanton dice que no, llama cobardes a todos los que no dicen las verdades más crudas a la cara y enseña las claves para ser más felices a través de su ‘Honestidad radical’.

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En primer lugar, nos invita a que nos observemos mientras mentimos. Simplemente, trabajo de análisis, sin juicios y sin intentar encontrar los porqués de nuestras medias verdades. Asegura Blanton que el número de mentiras a las que una persona recurre al cabo del día es sorprendente, y que muchas se hacen mecánicamente, casi sin pensar. Contestar que estamos bien cuando nos pregunta cómo nos encontramos, decir “¡cómo te queda esa falda!” cuando tu compañera parece un espantajo, reservarte tu opinión cuando el jefe te pregunta si crees que ha decidido correctamente… Son muchas mentiras, una detrás de otra, a las que no se les da importancia, pero que no reflejan los sentimientos verdaderos de quien las pronuncia.

La segunda fase se centra, ahora sí, en reflexionar sobre el motivo por el que se miente. Pensar en si esas medias verdades sirven, realmente, para hacer un favor a alguien. “¿Miento por compasión o porque quiero evitarme una disputa?”, “¿de verdad es preferible decirle que ese pantalón le queda mal o sería mejor invitarle a no volver a ponérselo nunca?”, “¿prefiero dejar que mi jefe castigue a mis compañeros sin darse cuenta antes de proponerle una alternativa?”. Dice Blanton que la mayoría de las mentiras están promovidas por la condescendencia y que son fruto de la debilidad, de la pereza por enfrentarse a los problemas de cara. Y eso conduce hacia la deshonestidad.

Tercer paso: confesar. Sí, asumir ante el resto que se ha mentido en algo. “Jefe, ¿te acuerdas que te dije que todo me parecía ok? Te mentí, creo de verdad que la has jodido”. En esta fase se empieza a correr cierto peligro; supone el arranque de ese paradigma, el de la ‘Honestidad radical’, pero en algún momento hay que empezar.

La cuarta fase es ya el despiporre. Blanton invita a quitarse de encima cualquier tipo de censura previa. Fuera ambages y rodeos. ¿Para qué tragarte una conversación tediosa? Mejor di que te estás aburriendo. ¿Para qué engañar a nadie diciendo que esa camisa le queda bien si le queda fatal ? Dile que no combina en absoluto con sus pantalones e invítale a no ponérsela más. Y también honestidad positiva: ¿para qué esconder que ese chico o chica te vuelve loco? Suéltaselo y a ver qué pasa. El psicoterapeuta te dirá que estás siendo honesto contigo mismo y que pronto empezarás a sentirte más feliz.

Pero también cuidado porque se ha abierto la veda. Los demás podrán adoptar la misma postura y ahora podrás ser tú el de los pantalones feos. O el idiota que ha metido la pata. O el que está hablando de algo que aburre. Es parte del juego: habrá que aceptar que los demás practiquen contigo lo que tú haces con ellos. Y por eso, todos deberán ser, primero, humildes, y segundo, aprender a establecer los límites, porque una cosa es ser honesto y otra, ser hiriente y cruel. Blanton no establece categorías ni reglas en este sentido, y apuesta por utilizar el sentido común para delimitar las barreras. Por eso este juego puede resultar peligroso, porque cada uno las colocará donde le parezca.

Así que… a jugar. A probar nuestra valentía. A forjarnos como personas honestas y consecuentes con nuestras ideas. O a seguir recurriendo a las mentiras piadosas que nos hacen capear mejor el temporal y a dejar que otros hagan la prueba primero. Que igual tampoco hay que inmolarse.

Foto: Ashley Sophia Clark