De primaria al cielo: cómo mi bully acabó siendo un buen colega

"Subnormalítico de mierda" era uno de sus insultos favoritos, pura poesía

Creo que a la mayoría nos ha pasado eso de estar cenando en algún garito y que de pronto te percates de que en la mesa de al lado hay un colega tuyo que no ves desde segundo de primaria y no tienes muy claro si saludar o hacer como que no lo has visto. En los casos en los que acabas saludando y poniéndote un poco al día dices aquello de "claro, ya tomaremos algo y me cuentas cómo te va la vida" y ambas partes sabéis que ni tomar algo ni contar nada. Pues resulta que un día estaba con unos amigos en una pizzería cutre de un centro comercial de mi pueblo y me levanté para ir al baño, me giré de forma un poco brusca para no tropezarme con un carricoche y casi me estampo con una chavala; le pedí que me disculpara por la filigrana y le dije que su bebé era muy mona —tenía una especie de moño rubio cogido con una goma y los mofletes gigantes. Junto a la mujer había un chaval de espaldas despidiéndose de alguien a lo lejos, y en cuanto se giró nos miramos fíjamente y ambos exclamamos "coño, ¡cuánto tiempo!" (se me hace raro que al recordar esto me estoy imaginando a todas las personas de la anécdota con mascarilla, aunque pasase hace varios años).

Gómez Selva

Ese chaval del que hablo era nada más y nada menos que Ramón (nombre en clave por respeto), un pavo que iba a mi clase en tercero de primaria y que tuvo el honor de ser el primer bully de mi vida; el matón de clase, básicamente. Y supongo que estaréis pensando que por qué carajo saludo a este tío en plan buen rollo si me pegaba de pequeño; pues érase una vez... Vale, en serio, este tal Ramón era un incordio total: insultaba a todo el mundo, amenazaba a los profesores, no daba una en los exámenes, le metió un pelotazo en la cabeza a la profesora de plástica en un recreo, y hasta llevaba un anillo solitario para pegarnos en el brazo y hacernos herida, por si el moratón se quedaba corto. Mi madre (y prácticamente toda la A.M.P.A) fue varias veces al colegio a quejarse por el compartamiento de este alumno, ya que casi todos los días yo le llegaba con alguna herida, robo o insulto nuevo. "Subnormalítico de mierda" era uno de sus favoritos, pura poesía. Al final echaron al chaval del colegio porque su padre debía ser otro pieza bueno y la lió amezando a la jefa de estudios.

Fundido a negro y salto temporal. Con quince años me cambié de instituto porque en el mío no había bachillerato de artes y en ese nuevo centro no había nadie a quien conociese de nada en absoluto (o eso pensaba). Me encontraba yo tan tranquilo caminando por el pasillo en mi primer día de bachillerato cuando de lejos veo a un chaval sacando cosas de la que iba a ser mi taquilla. Me acerco por detrás tan tranquilo pensando que igual era un error del insti que nos había dado la misma o algo así, y de repente se gira el notas y... EL PUTO RAMÓN; mi bully de tercero de primera estaba ahí, frente a mí, con una copia de la llave de mi taquilla y sacando de ella un bote lleno de hierba (weed).

Gómez Selva

No me quiero enrollar mucho contextualizando, pero básicamente el Ramón estaba en ese instituto repitiendo ya varios cursos, con llave de varias taquillas en las que guardaba botes de marihuana para vender en el recreo y suuuuper ilusionado con verme de nuevo, totalmente reformado (no reformado literalmente porque parecía un narco en miniatura, pero bueno estaba en plan majo y con modales por lo menos). Así que según pasaban las semanas nos fuimos haciendo más colegas y, aunque yo seguía siendo empollón y él un poco liante, nos entendíamos bastante bien y pasamos buenos ratos en la cantina jugando al snake en mi Nokia. El resto pues nada, dos años de bachillerato, selectividad y después nuestros caminos se volvieron a separar hasta aquel reencuentro en la pizzería del que os hablaba antes.

¿A que no adivináis de quién era esa bebé rubia de mofletes pomposos? Pues del puto Ramón. Por aquel entonces teníamos veinte años y él acababa de ser padre, estaba currando en unos almacenes y se alegraba mucho de verme. Y la verdad que yo a él también. Nos dimos los números y unas semanas más tarde quedamos para tomar algo, me presentó a su pareja y me enseñó el BMW de segunda mano que se acababa de comprar. Aunque nuestros encuentros posteriores fueron aleatorios e inconexos, nos veíamos de vez en cuando por el pueblo y nos teníamos bastante localizados el uno al otro. Quedamos varias veces para hacer skate y echar algún petilla, me vendió un disco duro extraíble que dejó de funcionar a los cuatro días y me regaló para mi cumpleaños el juego “Qué pasa Neng” para la Play2. 

Gómez Selva

En agosto de 2016 yo estaba en Vitoria currando en un bar y viviendo en el piso de una colega que me dejó una habitación de gratis, ya que andaba corto de pasta y estaba ahorrando para el máster que quería hacer en Bilbao. Una noche salí de madrugada del trabajo y me fui directo a casa apestando a fritanga y a Matarromera (odio el vino). Cuando salí de la ducha miré el móvil y tenía siete llamadas perdidas de un teléfono fijo de Murcia. Como eran las tres de la madrugada o así pues dije: esto huele más raro que mi camisa del curro.

Cuando llamé al teléfono me respondió una chica joven con la voz rota, casi balbuceando, y que resultó ser la hermana de Ramón. El chaval acababa de fallecer por un fallo cardíaco que se complicó y no sé qué más. No recuerdo bien los tecnicismos médicos, pero sí que recuerdo que me pasé toda la noche hablando con Lucía (nombre en clave de su hermana) y que me bebí todas las cervezas del frigorífico. Decidí no ir a Murcia a su funeral, me quedé en Vitoria trabajando en el bar y terminando un proyecto de fotografía que me tenía en vilo por aquel entonces. A día de hoy se me hace muy raro hablar de Ramón y de nuestra historia; nunca llegué a conocerlo en profundidad, no le molaba hablar mucho de su vida y siempre terminábamos borrachos dándole vueltas a una rotonda en su BMW del 98. Supongo que siempre le guardé algo de rencor por la mierda de año que me hizo pasar en primaria, pero éramos colegas. A ratos me arrepiento de no haberme despedido de él en su ceremonia, aunque por otro lado, no conocía a casi nadie de su familia y en su día decidí que era algo demasiado íntimo que no me correspondía, yo que sé, ahora me estoy rayando un poco, te mando un abrazo “Ramón”.

CN