La precariedad que sufren las ‘cam girls’ contada por una de ellas

Imagínate casi desnuda, tumbada en una cama jugueteando con tus pezones e intentando mojarte delante de la webcam de tu ordenador. Sabes que al otro lado hay personas, en su mayoría hombres, que se masturban con tu imagen y que, si eres lo suficientemente excitante, estarán dispuestos a vaciar su tarjeta de crédito con tal de verte. Así durante 6 a 10 horas diarias durante dos años de tu vida y por tan solo 300 euros a la semana. Es el trabajo de cam girl que la actriz y directora de porno, Anneke Necro, se vio forzada a abandonar. La precariedad convirtió el trabajo en algo insoportable y, lo que es peor aún, poco o nada rentable.

La experiencia que le tocó vivir a Anneke es la misma por la que han pasado muchas chicas que pensaban que el negocio de las webcams era una buena salida. Aunque cuando surgió, unos ocho años atrás, sí que lo era, en los últimos tres se ha adentrado en un terreno atestado de precariedad que ha hecho que sea muy difícil ganarse la vida. “Al bajar el tráfico de usuarios las empresas han apretado al lado más débil: las trabajadoras. El capitalismo siempre va a por el trabajador. Y lo que les pasa a ellas simboliza lo que está ocurriendo en toda España”, asegura el redactor jefe de la revista Primera Línea, Paco Gisbert, dejando claro que, ahora, las que siguen siendo webcamers no tienen más opción que "considerar este empleo una fuente de dinero extra, no la principal".

No es lo qué les dijeron

Sentada en una cafetería del barrio barcelonés de El Raval, Anneke explica todo por lo que pasó con el objetivo de que algún día se mejoren las condiciones de trabajo de las cam girls y ninguna tenga que marcharse como hizo ella. Mientras llena la taza de té, comenta que uno de los principales problemas de las plataformas para las que trabajó, como Cam4, Chaturbate y LiveJasmin, es que los clientes solo pagan en una sala pública si les ha gustado el show. O, lo que es lo mismo, si sus peticiones han sido satisfechas.

Aunque eso tampoco supone ninguna garantía de ingresos cuando algunos solo hacen que exigir sin ofrecer nada a cambio. “Sobre todo entre el público español, me encontré con gente que me pedía que les enseñara las tetas o el culo o que me tocara sin tener intención de pagar. Yo siempre decía: ‘hasta que no pagues no haré nada’. Y así me fue”, cuenta mientras se ríe de una actitud que, a pesar de ser la más ética o al menos consecuente, le hizo perder muchos clientes.

El funcionamiento de aquellas salas en las que mirar es gratis no hace que los shows privados, aquellos en los que se debe paga para entrar, sean un aval de beneficios. Porque, como cuenta la actriz, son pocos los que solicitan el servicio si pueden ver chicas sin desembolsar ni un euro. Es decir, son pocos los que recuerdan que su fuente de placer es una mujer que trabaja para cubrir las necesidades que todos tenemos. “La gente se olvida que detrás de la imagen que están viendo hay otra persona que tiene los mismos problemas que cualquier otra, que somos la chica que se cruzan por la calle o que se encuentran al comprar el pan”, dice Anneke mientras saborea un té y hace un repaso de esos dos años invertidos en el negocio de las webcam.

Esa tendencia al voyeurismo gratuito de algunos consumidores se confirma al registrarnos en Cam4. En menos de un minuto, hemos podido entrar en dos de sus salas públicas donde hemos visto a una chica metiéndose el dedo en el culo sin haberle dado ni un euro y a otra inmóvil mientras leíamos comentarios como: “¿Coño peludo o afeitado?” o “No puedo ver tus pezones”. Una estampa que deja entrever que, probablemente, ella estaba esperando a que le pagaran para complacerles y ellos probando si lo hacía gratis.

Del mismo modo que a Anneke le indigna que su salario dependiera de la voluntad de los clientes y no de las horas trabajadas, no puede evitar cabrearse al hablar del colosal beneficio que ganaban a su costa las empresas para las que trabajaba. Durante sus casi dos años de precariedad, se percató de que en las “mejores” plataformas podía llevarse 50 céntimos por euro abonado y en las peores 1 miserable céntimo. “Los clientes piensan: ‘joder, esta tía en media hora se saca 100 pavos’. No cari, no es así... Las empresas solo hacen que ganar injustamente mucho dinero a nuestra costa”, indica Anneke sobre una realidad que obliga a sus protagonistas a trabajar 12 horas durante los 7 días de la semana para cobrar más de 2.000 euros al mes. En otras palabras, a no tener vida fuera de las pantallas de infinitos usuarios anónimos.

Anneke responde a las preguntas de Código Nuevo en una cafetería de El Raval (Barcelona).

En gran medida, esta situación de precariedad en el trabajo de las cam girls debe a que, al igual que ocurre con otras trabajadoras del sexo, no hay un contrato laboral que especifique la jornada, el sueldo y otros derechos. Anneke no tuvo más opción que conformarse con firmar un documento en el que no se hablaba de nada de eso y que solo sirvió para ceder sus derechos de imagen. “Trabajar ocho horas follando o masturbándote o lo que sea es muy cansado. Es un horror, es agotador. Hay días que no te apetece nada”, cuenta la actriz mientras gesticula con las manos intentando expresar el sinsentido que supone que el público de las webcams, y la sociedad en general, no puedan comprender el problema al que se enfrentan las trabajadoras del sexo.

Una plataforma que dice hacerlo bien

Tras escuchar el testimonio de Anneke, hemos contactado con algunas de las plataformas para las que trabajó (Cam4, Chaturbate y Yasmin) y solo hemos tenido respuesta de Cam4. Desde su departamento de prensa, aseguran vía email que, en su caso, el reparto de tokens (las monedas virtuales que utilizan las plataformas y que equivalen a un euro) es más que justo. Mientras las cam girls se quedan con el 100% de los tokens que reciben, la compañía no se queda con nada y consigue beneficios a través de una “pequeña comisión” que hacen pagar a los clientes al comprar los tokens. También apuntan que para las webcamers no es tan difícil hacerse con una notable cantidad de dinero.

“Si la modelo sabe interactuar con la audiencia y trabaja para hacerse con un buen público pueden ganar mucho. Algunas ganan más de 10.000 euros al mes y otras incluso más. Y si la modelo hace un buen uso de todas las herramientas que tiene a su disposición en Cam4, ganar 1.500€ al mes es relativamente fácil”. Pero, más allá de la explicación que ofrece Cam4, uno de los gigantes del sector y por tanto una de las plataformas con mayor potencial de clientes, la realidad es que lo más habitual es que, como denuncia Anneke, las plataformas obtengan entre el 50% y el 85% del beneficio generado. Así lo explica desde el otro lado del teléfono, la responsable de las webcamers de Vídeo Chat Erótico, Ruth Zanón, “lo de cobrar 1 céntimo no lo he escuchado nunca, pero sí que en otras páginas las ganancias por euro van de los 15 céntimos a los 50”.

A pesar de que el panorama pinte mejor en Cam4 que en otras de las plataformas que expuso la actriz y directora, el funcionamiento de sus salas públicas también deja mucho que desear. Aseguran que las cam girls son libres de solo ofrecer un show cuando hayan recibido las ganancias que consideran oportunas, pero eso no supone ninguna garantía de dinero. Porque si hay webcamers dispuestas a desnudarse antes de empezar a cobrar, las que se nieguen a hacerlo podrían abandonar las salas públicas con las manos vacías. Es decir, reclamar lo que es justo podría privarles de llevarse lo correspondiente a su trabajo.

Desamparadas ante abusos

La falta de un contrato laboral (la eterna lucha que muchas trabajadoras sexuales llevan años enarbolando) también ha convertido a las cam girls en un blanco fácil de abusos. La actriz y directora recuerda que, un año atrás, una plataforma llamada UrbanSex le prometió 600 euros al mes por hacer dos shows a la semana. Pero aquel dinero nunca llegó. Cuando la empresa admitió a los tres meses que el negocio no había ido tan bien como se esperaba y que, por tanto, no podía pagarle, su únicas alternativas pasaron a resignarse o demandarles sin ninguna garantía de hacer justicia. “Intenté denunciarlo pero es muy difícil. Sin contrato no hay nada que determine que ha habido un abuso laboral”, detalla Anneke con una expresión que se mueve entre el enfado y la resignación.

Ese no es el único abuso que recuerda. Varias compañeras acusaron al representante de Cam4 de haberles “metido mano”, haberles hecho “proposiciones inapropiadas y de haberse “puesto baboso” en algunos de los salones eróticos en los que habían coincidido.“Si ya cuesta denunciar un abuso sexual que ocurre en la calle, imagínate entrar en una comisaría y decir: ‘mira que estaba trabajando en el salón erótico de Barcelona y este tío me ha metido mano’. Podrían haber muchas risas”, dice la actriz denunciando la falta de empatía que aún hay hacia las trabajadoras sexuales en general. Como si por hacer del sexo y de lo erótico su trabajo, su credibilidad quedara vetada al denunciar un abuso sexual. Como si tuvieran menos derechos que el resto de mujeres.

El primer paso que les acerque al cambio

Se ha hablado mucho de regular los empleos de las trabajadoras sexuales, de realizar un convenio, para que dejen de moverse entre las líneas de la vulnerabilidad. Pero Anneke no dejará de insistir en ello porque cree que "es la única vía que llevará a las webcamers a acabar con las empresas fraudulentas” y, de paso, erradicar todos los prejuicios instalados en la sociedad en contra de las trabajadoras sexuales. Pero, para alcanzar el horizonte que nunca antes han pisado, la actriz cree que es crucial que todas las trabajadoras del sector se organicen y que las instituciones muestren más interés en darles los mismos derechos que el resto de trabajadores.

“Al estado ya le va bien que el trabajo sexual esté en este limbo. Por las razones que sean, ellos sabrán por qué”, concluye Anneke con más escepticismo que esperanza pero igualmente convencida de la urgencia por lograr ese cambio. Ahora toca esperar que, al menos, la sociedad no esté demasiado lejos de entender que cualquier trabajo sexual es igual de necesario, digno y válido que todos los demás y, por tanto, merece estar libre de la lacra de la precariedad y el desamparo.