Por Qué No Pienso Hacer La Operación Bikini (Y Tú Tampoco Deberías)

Cada primavera, comienza la campaña de la Operación Bikini. La publicidad de dietas, bañadores, anticelulíticos, bronceadores, cuchillas, cremas depilatorias y demás, va extendiéndose por las televisiones, los muros de Facebook, los anuncios de google, los escaparates de las farmacias y las conversaciones de la gente. Quedan pocos meses para que haga calor y que tengas que destapar tu cuerpo, así que tienes que tenerlo visible. 

Recuerdo a menudo un momento que me impactó mucho. Había ido a la costa con mi pareja de entonces y no había forma de que me acompañara a la playa. "¿Pero por qué?", pregunté bastante sorprendida (le encantaba el agua). "Porque estoy muy blanco y tengo tripa".

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Algo se me rompió dentro cuando oí aquello. De repente, me di cuenta de que, aunque yo lo viera como el hombre más atractivo de la tierra, él sentía que iba a recibir un juicio por no tener marcados los abdominales ni tener un bronceado. En ningún momento se me había pasado por la cabeza que él pudiera verse de una forma distinta a como lo veía yo. En ningún momento se me había ocurrido que él pudiera sentir que le faltaban o sobraban cosas. A mí me encantaba su cuerpo porque era suyo. No habría modificado ni una mísera célula.

Pero a mí me pasaba lo mismo: cuando me miraba a mí misma lo que veía eran defectos. Nunca he tenido un cuerpo canónico. Siempre he pesado entre 10 y 30 kilos más de los que, supuestamente, debería pesar. Tengo celulitis y estrías desde que tengo memoria. Cada vez que me quito la camiseta, meto tripa. Cuando abro una revista, jamás encuentro un cuerpo como el mío. Siempre veo cuerpos magros, atléticos, bronceados, sin mácula. Carne prieta y lisa, sin hendiduras. Volúmenes discretos. Existen modelos de tallas grandes, sí, pero su piel sigue siendo lisa y perfecta, tienen carne pero que desafía a la ley de la gravedad. No son un modelo imposible como las modelos habituales, pero siguen siendo un modelo improbable.

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Pero, afortunadamente, si compro un tipo determinado de comida, puedo reducir el volumen. Si uso unas cremas específicas, puedo hacer menguar la celulitis. Si voy a un gimnasio, ganaré la batalla a la gravedad. Si como esos yogures, si compro esa maquinilla rosa, si me hago la depilación láser, si me echo ese exfoliante, si compro ese push-up, si utilizo ese reductor, si me pongo un antiojeras, si uso ese champú. En definitiva, si gasto la mayor parte de lo que gano en ese tipo de productos, me acercaré más a lo que tengo que ser. No llegaré a ser como tengo que ser porque es imposible, claro. Si existiera el modo de llegar a ser así, dejaría de tener que comprar todas esas cosas. 

El caso es que este año me he plantado. He decidido querer a cada una de mis células. He decidido querer, especialmente, a esas que son repudiadas. A las células que acumulan agua, a las que guardan puntos negros, a las que acogen los folículos. Porque todas ellas me componen. Porque todas ellas tienen belleza. Todas ellas están vivas. Y estoy cansada de seguir creyendo que mi cuerpo es mi enemigo.

Crédito de la imagen: Lee Materazzi