Este periodista dice que los millennials no aportamos nada a la sociedad

No sé por dónde empezar a contestarle al señor Navalón, que ha descrito en un artículo en El País a mi generación (la millennial) como desvinculada del pasado, indiferente hacia el mundo real y sin obligaciones pero con todos los derechos. Quizás no sé por dónde empezar porque tengo las neuronas distribuidas a partes iguales entre Twitter, Instagram y Facebook. O quizás es porque mis ojos no daban crédito a medida que se deslizan por argumentos que suenan mucho más a quejadumbre viejuna de sobremesa al estilo "es que los jóvenes de hoy en día" que a un análisis supuestamente serio. No me sorprende que se trate de un artículo de opinión, porque podría ser la transcripción de una conversación del bar de abajo, carajillo en mano. Partiendo de esa base, me podría haber dado palo contestar a un debate que ya veo estéril por lo obtuso del argumento inicial, pero voy a hacer un esfuerzo sobrehumano entre LikeFollow en mi mundo sin obligaciones para decirle por qué me han ofendido sus palabras.

No existe constancia de que ellos hayan nacido y crecido con los valores del civismo y la responsabilidad. Hasta este momento, salvo en sus preferencias tecnológicas, no se identifican con ninguna aspiración política o social. Antonio Navalón

¿Cuánto más fácil era tomar partido cuando el mundo se dividía realmente entre derechas e izquierdas, y cuando como mucho tenías un par de organizaciones entre las que elegir si querías crear un impacto directo en tu sociedad? ¿O cuando tu comunidad era en la práctica un barrio o un pueblo y no tenías la sensación de ser uno entre ocho billones, como nos sentimos los jóvenes de la globalización? De todas formas, no sé dónde estaba usted cuando tuvo lugar el 15-M. Felicidades, ha estrenado hoy usted una forma nueva de generalización y discriminación que podríamos llamar milenialfobia. Porque sí, nos encanta ponerle nombres a las cosas, y etiquetarlas, pero también eso nos ayuda a identificar lo que no nos gusta, lo que huele a rancio. Y su texto huele peor que eso.

Sigo citándolo: "Si gran parte de esta generación que está tomando el relevo no tiene responsabilidades, ni obligaciones y tampoco un proyecto definido, tal vez eso explique la llegada de mandatarios como Donald Trump (...)" ¿Debo recordarle el mal pronóstico que las redes sociales hacían de los resultados electorales? ¿Que si juzgamos por Twitter en España siempre estaría a punto de ganar la izquierda? Pero además, no me puedo creer que alguien con su experiencia achaque un fenómeno como el auge del populismo a las nuevas generaciones cuando la mayoría de mileniales votaron a Clinton y la mayoría de votantes de Trump tenían más de 40 años.

En cuanto a las obligaciones, supongo que es consciente de que se está descuartizando el Estado de Bienestar y de que trabajamos con más precariedad que antes con menos garantías. Y vaya si trabajamos. Y emprendemos, o somos semiesclavos de otros durante años para conseguir forjarnos un currículum y después poder elegir... ¿o habrá otra crisis a la vuelta de la esquina? Si no nos vamos fuera, somos unos vagos, si nos vamos fuera, somos fuga de cerebros.

"¿Vale la pena construir un discurso para aquellos que no tienen en su ADN la función de escuchar? ¿Vale la pena dar un paso más en la antropología y encontrar el eslabón perdido entre el millennial y el ser humano?". La pregunta es espeluznante, resentida y catastrofista, pero voy a darle una respuesta: Sí. Vale la pena. Pero además, no tenemos otra elección. ¿Está preguntando si vale la pena tirar la toalla en educación y en innovación para llamar la atención de los jóvenes? ¿O se lo pregunta a sí mismo porque no empatiza con la juventud y busca autojustificarse? Veo que además pide que le sigan en Instagram. Espero de verdad que esperase la reacción negativa que su artículo ha tenido en Twitter y demás redes. Espero que sus preguntas sean retóricas y sea consciente de que tenemos la responsabilidad de seguir creyendo en la juventud, porque es el presente y el futuro. Y para su información, los centennials van a poder votar en breve.

A mí también me duele que la juventud viva pendiente de influencers que no transmiten ningún mensaje más allá de sí mismos, y que el valor o la autoridad de alguien venga determinada por una cifra de seguidores. Pero igual que siempre me ha dolido que Gran Hermano triunfase así, y que me duele que el sistema siga produciendo ovejas cuyo único fin es seguir comprando mierda inservible que dura dos días mientras el planeta se va al carajo. Pero ni me permito ser condescendiente con quienes no comparten mis prioridades o mis valores, ni me siento especial por tenerlos: sé que hay millones de millennials como yo ahí fuera que tienen muchos más ideales que seguidores en Instagram.

No le pido ningún respeto por las redes sociales. Las redes sociales han hecho daño a la calidad de las relaciones humanas y a la manera en la que procesamos la información, no nos han ayudado a concentrarnos ni a cultivar nuestra autoestima. Pero esa es solo una cara de la moneda. Miremos también otras dimensiones por respeto a mis amigos jóvenes que sí se preocupan por los derechos civiles y se movilizan en línea y offline, a todas las personas que conozco que han hecho voluntariado, a los estudiantes que organizan manifestaciones, a nuestros lectores que se enzarzan a debatir cuando publicamos temas polémicos de índole social. Por respeto a los movimientos que han surgido y se han propagado por las redes sociales, a las causas que han conseguido firmas gracias a ellas. Y por respeto a los cientos de miles de jóvenes en este país que no nos sentimos representados con sus palabras, que tenemos sueños, ganas de construir, talento o simplemente capacidad de esfuerzo, dese cuenta del daño que puede causar una generalización de su calibre.

Me encantaría conocer una sola idea milenial que no fuera un filtro de Instagram o una aplicación para el teléfono móvil. Antonio Navalón

Quizás no seamos los inventores del vegetarianismo, el anti-bullying o la consciencia feminista, entre otros muchos buenos mensajes que se propagan en las redes sociales y se vuelven tan o más virales que los vídeos de gatitos. Quizás cuesta mucho más que nos cale un mensaje, que nos convenza una idea política. Pero que seamos más difíciles de movilizar por una opción concreta no nos hace menos capaces, creativos o dignos de respeto. Si usted no confía en nosotros (y cree que es bueno decirlo como lo ha hecho), permita que nosotros confiemos en nuestro futuro.