Los 'peligros' de comprar un perro de una raza que está de moda

Basta echar un ojo a Instagram para darse cuenta de que los perritos de algunas razas se han convertido en un accesorio imprescindible para la imagen social de muchos jóvenes. Un capricho en algunos casos y una verdadera devoción en otros pero cuyo precio, eso sí, jamás baja de los 600 euros y, en los casos más sibaritas, puede llegar hasta los 2.000 euros. Un sablazo al que se suman los gastos de veterinario, alimentación, peluquería, etc. Es decir, lo que sea para presumir en las redes sociales de lo ‘cuqui’ que es nuestra última adquisición.

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Y es que en España hay una verdadera fiebre por los perros de algunas razas (no todas obviamente) y prueba de ello es que solamente en nuestro país existen en la actualidad más 5 millones de perros censados. Un negocio que, según la Asociación Española de Distribuidores de Productos de Animales de Compañía (Aedpac), movió 1.000 millones de euros en 2016 y por el que se pelean criadores, tiendas de animales, multinacionales de la alimentación y las mafias de Europa del Este, responsables de la importación de 11.000 cachorros al año de las razas más solicitadas.

Por eso, si realmente estás decidido a encontrar a un compañero peludo y ya has comenzando tu busqueda de un cachorro de estas razas tan populares (bulldog francés, shiba inu, beagle, schnauzer mini, pomeranian...) deberías tener muchísimo cuidado a la hora de elegir. Los marrones a los que te enfrentas no son pocos: desde casos de leishmaniasis y parvovirus hasta deformaciones congénitas producto del inbreeding o incesto entre individuos con pedigree. No es lo mismo acudir a un particular sin ningún tipo de garantía que a un criador especializado que garantice las vacunas en regla, desparasitaciones, documentación y socialización del perro.

“En cuanto llegamos a casa el cachorro empezó a vomitar. Era un vómito con mucha mucosidad ya se veía que la cosa no pintaba bien”, explica Darío Montero, un toledano de 29 años que tuvo una desagradable experiencia tras adquirir un schnauzer mini en una conocida tienda del centro de Barcelona en febrero del año pasado. “Nada más llegar la tienda me pareció como una especie de Zara, eran muy insistentes y el vendedor no paraba de preguntarme si me gustaba el cachorro”, recuerda.

El cachorro ‘Josito’ en uno de sus primeros días en su nueva casa.

Sus sospechas se confirmaron rápidamente. El cachorro que había adquirido no había recibido todavía la segunda vacuna del parvovirus y la enfermedad apenas tardó una semana en manifestarse. “Supongo que se querían ahorrar el dinero. El perro estuvo en estado crítico durante cuatro o cinco días”, cuenta Darío quien llegó a contactar con el criador después de que la tienda eludiese toda responsabilidad más allá de mantenerlo en cuarenta. Sin embargo, el criador tampoco respondió como esperaba.

“Ni siquiera me dio la impresión de que fuera un verdadero criadero ya que me ofrecí a visitarlo y se puso agresivo. Quizás era un mero intermediario que obtenía los perros de Europa del Este. No sé, tampoco quisimos meternos en un lío”, dice. Tras un mes ingresado en el veterinario de la tienda, decidió que ya había visto suficiente y se llevó a Josito, el cachorro, de vuelta a casa y desentenderse por completo de la tienda. Aunque su perro se salvó por poco, es consciente de que las secuelas del parvovirus acabarán por aparecer: "sabemos que podría desarrollar problemas respiratorios".

El schnauzer mini ‘Josito’ tras superar el parvovirus.

Al otro lado del teléfono, la activista de la asociación animalista Libera!, Rossi Carro, no se sorprende lo más mínimo por los más de 55 comentarios negativos que acumula dicha tienda de animales en Google. “Lamentablemente el problema es que este tipo de situaciones son lo normal. Prácticamente no hay tienda en toda la ciudad que tenga las condiciones necesarias para acoger a un cachorro. Es una completa crueldad”, sentencia a la vez que se remite al artículo 34 de la Ordenanza sobre Protección, Tenencia y Venta de Animales de Barcelona.

Entre otras cosas, la normativa exige un espacio mínimo para que los cachorros puedan ejercitarse y ser paseados al menos dos veces al día algo que, según ella, jamás se cumple. “¿Alguna vez has visto a un dependiente pasear un perro? Nosotros tampoco”, se pregunta irónica. En este sentido, la activista considera una victoria para el recuerdo la clausura de la tienda Puppies de Barcelona en diciembre de 2015. En apenas una hora, los Mossos d´Esquadra decomisaron 83 animales entre perros (68) y gatos (15).

Uno de los cachorros recuperados en la tienda Puppies de Barcelona.

“Es irrisorio. Los propios funcionarios encargados de realizar las inspecciones en las tiendas no tienen conocimientos sobre la ordenanza o los conocimientos veterinarios necesarios para evaluar las instalaciones”, denuncia. Además, su organización comprobó como algunas naves industriales del barrio barcelonés del Poblenou actúan como verdaderos mayoristas de cachorros con las tiendas de la ciudad: “nos infiltramos hace un par de años haciéndonos pasar por personas que iban a abrir una tienda. Fue indignante”. Una vez más, el origen de muchos de estos cachorros parece estar al otro lado de Europa.

Precisamente por eso y huyendo de los problemas asociados a los particulares y a las tiendas, muchos futuros compradores acuden a los criadores especializados. Aunque estos profesionales aseguran respetar todas las indicaciones de sus respectivas asociaciones (registradas en la Real Sociedad Canina de España) y de contar con ejemplares ganadores en concursos de belleza canina, en ocasiones no es oro todo lo que reluce. Es el caso de Roser Lozano que hace un año adoptó a su perra Orochi, un ejemplar de la raza japonesa shiba inu, en el criadero Amatsu Kami en Murcia.

“La criadora me lo vendió todo muy bonito. Me dijo que quería retirar a la perra de la cría y que me había elegido a mí entre toda España”, relata Roser. No obstante, la adopción tenía letra pequeña. Antes de cederla la criadora le exigió 200 euros para la operación de esterilización, una cantidad que pronto ascendió a los 400 euros y que se demoró durante meses entre excusas de lo más variadas. “Me dijo que había que hacer otras pruebas antes de entrar al quirófano y dobló el dinero, ya me di cuenta de que algo no iba bien”, dice.

Orochi junto a sus cachorros antes de ser adoptada.

Después de esperar tres meses, la perra llegó finalmente a su domicilio en Barcelona. Inmediatamente, Roser se dio cuenta de la extremada delgadez del animal y de su pánico a las voces masculinas. “No le di mucha importancia al peso porque venía de una operación pero sí que me extrañó que nos gruñiera. A mi marido se pasó tres meses gruñéndole y esa agresividad me preocupaba mucho al tener un niño de tres años en casa”, recuerda. Poco después, su paciencia llegó al límite cuando la perra estuvo a punto de morder a un menor.

“Tuve que apartarla de un golpe porque si hubiera mordido al niño se me caía el pelo. Llamé a la criadora y negó que Orochi fuese agresiva. Entonces me di cuenta de que la perra había sido maltratada”, concluye Roser, quien había observado que la perra se orinaba de pánico cuando cogían la escoba o un adulto extraño se acercaba para tocarla. Otro aspecto que reveló las precarias condiciones en las que vivió la perra fue el hecho de que tenía varios molares rotos, algo que, según Roser, se debió a “estar todo el día mordiendo la jaula”.

Para Luis Pey, presidente del Club Shiba Inu de España y dueño del criadero Hoshinofuru, el caso de Amatsu Kami es el ejemplo a evitar. “Esta criadora se inventó una especie de venta camuflada de adopción en la que entregaba a los perros en un estado de salud nada aconsejable. Cuando nos enteramos de que había sido denunciada formalmente le ofrecimos un plazo para defenderse de las acusaciones y al no responder optamos por su expulsión del club”, explica Pey. No en vano, el propio club dio la voz de alerta en las redes sociales.

Roser muestra los molares dañados de su shiba inu, Orochi.

“Si tienes a los perros como máquinas de hacer dinero pronto empiezan a aparecer problemas como la agresividad, enfermedades y demás”, declara Luis sobre las tres crías consecutivas realizadas por la criadora murciana, algo que atenta contra el código ético al llevar al límite la capacidad para la reproducción de los animales. Para Pey, el auge de determinadas razas, como el shiba inu en los últimos tres años, ha provocado que muchos oportunistas entren en el negocio “para obtener lucros sin pensar en los animales”.

En el fondo, la verdadera desgracia es que, a pesar de las denuncias en la justicia o en las mismas redes sociales, este tipo de establecimientos continúa en funcionamiento y a la espera de personas cuya única ilusión es encontrar una mascota. “Ni internet, ni tiendas, ni criadores que no sigan las indicaciones de la Real Sociedad Canina de España”, resume Pey a modo de consejo a la hora de buscar a nuestro futuro perro. Por su parte, la activista Rosi Carro va un paso más allá: “Antes que comprar lo suyo sería plantearse adoptar”, una opción que anula todos los riesgos que comportan los negocios a costa de los animales y te da la oportunidad de ayudar a la vez que encuentras a ese nuevo amigo que andabas buscando. Ahora que te has asomado a los pormenores de este negocio, tú decides.