Cuando te pasas la vida tropezando con tus propias inseguridades

"No lo conseguirás", "nunca le gustarás" o "no eres tan lista como ellos", son algunas de las premisas que a veces retumban en mi cabeza provocando que me crea incapaz de gran parte de lo que hace la mayoría. Algunos dirán que son solo palabras, yo creo que son mucho más. Son el resultado de que soy una persona insegura, de que no creo en mí, que no sea siempre yo misma, que crea que no soy tan válida para mi trabajo como debería, lo suficientemente guay para mis amigos o lo bastante buena para esa persona. Sé que son estupideces, que no debería sentirme así. Pero todos sabemos que no es nada fácil librarse de ello, que se trata de algo que no elegimos, que su origen se remonta a nuestros primeros años de vida y que es un lastre que cargamos a lo largo de los años.

¿Qué nos hace inseguros?

"Que una persona sea insegura no es fruto del azar o de la mala suerte. Algunos de los factores que desencadenan la inseguridad son experiencias traumáticas o haber vivido consecuencias muy negativas de perfeccionismo y un nivel muy alto de auto exigencia, baja autoestima, una educación muy estricta o personalidad dependiente", explica el Director Clínico del Instituto Madrid de Psicología, Héctor Galván, poniendo sobre la mesa causas con las que me siento parcialmente identificada y me ayudan a entender cómo he llegado a convertirme en lo que soy.

Una de ellas es la educación que me dio mi padre, que, aunque no fuese extremadamente estricto, su falta de tacto para decir ciertas cosas socavó mi seguridad. Un ejemplo es que cuando, a los 10 años, llegaba a casa habiendo sacado un 8 en un examen, eran más las ocasiones en las que se quedaba casi indiferente que aquellas en las que me animaba con un "muy bien" o "sigue así". Aunque, eso sí, si volvía con un insuficiente bajo el brazo ardía Troya.

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No culpo a mi padre, es un buen hombre que tuvo una infancia con muchas carencias afectivas que hicieron que no transmitiera a sus hijas la sensibilidad que ha demostrado tener con los años. Sin embargo, es innegable que, antes de que yo tuviese capacidad de razonar, la falta de unas palabras de aliento hicieron que, de algún modo, pensara que nunca acababa de estar a la altura, que nada era suficiente. Y, además de hacer que no creyera en mí, eso fue el detonante de otro de los factores que, según Galván, también provocan inseguridad: “un nivel muy alto de auto exigencia”.

Algo que se materializó al hacer exámenes o trabajos que quería entregar siempre perfectos o al pretender ser la amiga ideal que nunca fallaba. Pero, ¿qué ocurría si no cumplía esas expectativas demasiado altas para cualquiera? Se repetían los mismos sentimientos que me invadían con mi padre: frustración e inseguridad por no "dar la talla". La adolescencia fue otro de los escenarios que me catapultó al mar de dudas en el que llevo años atrapada. Llegué al instituto creyendo inocentemente que todo el mundo era bueno, que no había personas que hicieran daño a los demás. Me equivoqué, y aquel pensamiento me convirtió en un blanco fácil para las líderes/las guais (paradójicamente eran algunas de mis amigas) que ridiculizaban a los demás en medio del recreo para hacerse valer. Eso hizo que a partir de entonces diera demasiadas vueltas a lo que quería decir o que incluso callara por miedo a recibir otro comentario desafortunado. Aunque lo que todavía estaba a años luz de entender es que con esa actitud no haría más que acrecentar las dudas en mí misma y arrancarme hasta la última gota de autoestima.

Convivir con la inseguridad

El resultado en la edad adulta es que a veces al quedar con amigos o conocidos cuestiono mi comportamiento preguntándome: "¿se lo están pasado bien conmigo?" o "¿estuvo bien ese comentario?". Es entonces cuando me invade por dentro una especie de calor frío que me pone de los nervios y me convierte en una egocéntrica que cree que todos los ojos están vigilantes a cada uno de mis movimientos e intervenciones (vaya imbécil). Es allí cuando me congelo, dejo de hablar, de ser yo misma y se baja el telón. Ya no hay sitio para mí en la obra.

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Sé que es una estupidez tener estos pensamientos cuando todos somos imperfectos y queremos a nuestros amigos con sus defectos y virtudes. Pero, como indica Galván son muy comunes en personas inseguras porque “sienten que deben agradar a todo el mundo con la consecuente falta de asertividad”. Algo que es imposible de alcanzar (ya que si somos nosotros mismos no gustaremos a todo el mundo) y que solo hace que crea que no soy suficiente para ellos. Que no soy tan lista, ni saco temas de conversación interesantes, ni soy graciosa. Una falsa imagen que, en demasiadas ocasiones, no me permite disfrutar de los que quiero como en realidad me gustaría.

Otra de las formas en las que se materializa la inseguridad, según Galván, es “incapacidad para tomar decisiones, excesivo miedo a equivocarse y a ser muy susceptibles a críticas, ya que son tomadas como confirmación de la poca valía personal”, y eso es lo que a veces me acompaña en mi vida laboral. A pesar de llevar un tiempo en el mundo del periodismo, en ocasiones, pensar que escribiré una tontería, tener miedo a equivocarme o a recibir una crítica, hace que termine derrochando valiosos minutos ante un documento en blanco sin ser capaz de apretar ni una tecla. Instantes en los que vuelve a mi mente esa fatídica voz que dice que no puedo con ello y que me recuerda mis fracasos. Entonces se agarrotan mis dedos y dejo de pensar con claridad, como si hubiese perdido las habilidades para hacer lo que creo que se me da mejor.

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Cómo dar un vuelco a nuestras historias

Pero, ¿qué podemos hacer para dejar de vivir en esta espiral de inseguridades? El experto me dice que la clave está en "enfrentarnos a nuestros miedos, asumir nuevos retos y abandonar la búsqueda de la perfección". Así que, a partir de ahora, me propongo admitir ante un puñado de conocidos o amigos intelectuales que cada lunes miro Operación Triunfo, decirle a mi próximo ligue independentista que ya hace tiempo que el procés es un culebrón que no engancha a nadie y a no sufrir cuando mis jefes me miren con cara de "¿qué dices?" por asegurarles que John Snow es el malo malísimo de Juego de Tronos.

Y, si ser más valiente no es suficiente para ti, quédate con este otro consejo de Galván: "lo ideal sería que cada uno de nosotros consiguiéramos estar orgullosos de nuestros logros sin perseguir la aprobación del resto". Porque los demás no son mejores que tú o yo, también tienen carencias contra las que luchan a diario para alcanzar sus sueños. El único problema es que nosotros nos hemos dejado comer por ellas en demasiadas ocasiones. Así que, cuando vuelvas a dudar de ti, pregúntate: ¿si los demás pueden por qué tú no? Ya sabes cuál es la respuesta.