Pasamos un día perdidos en la montaña con un instructor de supervivencia

Solo llevo cinco minutos con él y ya me he dado cuenta de que con mi cortavientos del Decathlon, mi navaja multiusos comprada en una tienda turística de Zurich y mis nulos conocimientos de botánica, sería el primero de los tres en palmarla en una situación de emergencia. Estamos en un valle perdido del Pirineo andorrano y Juan José Sánchez, así se llama nuestro Rambo particular, está a punto de enseñarnos cómo sobrevivir durante algún tiempo, con más o menos dignidad, si algún día nos perdemos haciendo trekking o se nos ocurre refugiarnos en la montaña en pleno apocalipsis zombie.

En apenas cinco horas, este youtuber y director de la escuela de supervivencia JJ Adventure, tendrá que convertirnos (a un cámara y a un servidor) en la versión ibérica de Bear Grylls. No será tarea fácil. Para que os hagáis una idea de nuestra cutrez y nivel amateur, yo me he puesto mis pantalones de camuflaje del Pull&Bear para meterme en situación y mi compañero lleva una camiseta viejuna de jiu-jitsu que acojona bastante, pero que no nos servirá para matar ciervos. El caso es que, nada más vernos, ‘Jota’, como se hace llamar el instructor, se da cuenta de que lo más cerca que habíamos estado de una montaña en nuestras vidas fue en la cola del Estampida de Port Aventura. Aun así, vamos a la aventura.

Lo primero es no palmar en un accidente

“Lo primero que debemos tener en cuenta a la hora de sobrevivir es la eliminación del elemento fortuito”, explica Juan José ante nuestra poker face. En esencia, lo que intenta decirnos es que la mayoría de las veces que alguien se pierde en la montaña no se muere ni de hambre, ni por la picadura de una serpiente, ni por el ataque de un oso a lo Leonardo DiCaprio en la chusta esa de El Renacido de Iñárritu. Según cuenta, el killer número uno en la montaña son los nervios y, fruto de ellos, las imprudencias. Por ejemplo, caerte intentando bajar un barranco con prisas y sin las técnicas adecuadas o envenenarte comiendo cualquier porquería.

Pero a lo que queríamos ir era al hardcore de la supervivencia: hacer fuego y fabricar armas primitivas a lo ‘macho alfa’ del paleolítico. Sin embargo, la parte pirotécnica resulta ser bastante más jodida de lo que podría parecer, especialmente si te pierdes en el Pirineo donde no para de llover en verano y nevar en invierno. Tras preparar un espacio seguro, Juanjo nos hace ir a buscar piedras grandes y ramitas de pino. El truco es no coger nada del suelo, porque está mojado y lleno de humedad, sino arrancar esas ramas secas que quedan en la parte baja del tronco. Además, necesitamos algunas ramas mayores para crear lo que será la base y el combustible que añadiremos cuando el fuego esté crecido.

Sí, ‘habemus’ fuego

Aquí viene el primer detalle friki del instructor: de repente, coge una piedra afilada y, a porrazo limpio, arranca parte de la corteza de un abedul. Al parecer, la sabia que empapa la corteza es altamente inflamable y nos ayudará a que la llama crezca. Vale, OK, pero, ¿cómo hacemos la chispa? Jota ha recogido cantidad de hierba seca y alguna fibras vegetales formando una especie de nido de pájaro. Con un palo curvado y los cordones de la bota, en solo cinco minutos Jota se fabrica una especie de arco con el que hace girar un trozo de madera afilado sobre una madera. Ayudándose de un cuchillo especial para apoyar uno de los extremos del palo —una de las pasiones de Juanjo es diseñar su propio material de supervivencia— comienza a darle caña al arco. En apenas 10 segundos un humo blanco emerge del punto de contacto. Es el momento de recoger el carboncillo incandescente con un trozo de corteza.

Al echar las ascuas sobre el nido y comenzar a soplar una humareda nos envuelve. Tras medio minuto soplando y agitando, la bola entera comienza a arder y voilà! Ya tenemos el fuego y las nociones más básicas de cómo ponerse a cubierto, evitar un torrente de agua, el impacto de un rayo o palmarla comiendo hierbajos. Solo falta buscar la manera de alimentarnos: falta cazar algún bicho.

Llegados a este punto, cuando empieza a oler a sangre caliente, es cuando a algunos de sus alumnos se les va un poco la cabeza.“La inmensa mayoría de quienes vienen al curso son gente de lo más normal que solo busca aprender. Eso sí, una vez me apareció un tío que llevaba un machete de casi un metro sobresaliendo de la mochila. No paraba de preguntar cuando íbamos a matar un bicho y tuve que invitarle a abandonar el grupo. Estaba claro que se había equivocado”, recuerda Jota que jamás mataría un animal vivo si no se encontrase en una situación de extrema necesidad y mucho menos para enseñar una técnica a sus alumnos.

El acojonante arco de las emergencias

¡Plack! Un ruido seco resuena entre los árboles. Acto seguido, un ¡jo, jo, jo! histérico y tres tíos dando saltos completan la escena. Juanjo acaba de clavar una flecha en un pino a 10 metros de distancia. Emocionados como adolescentes echando un Fifa, nos pasamos el improvisado arco que nuestro experto se ha hecho en menos de 15 minutos. Como una especie de MacGyver de la realidad, Jota, cuyo padre fue instructor del Grupo de Operaciones Especiales del Ejército (GOE), había juntado cuatro varas de avellano, una cuerda de fita (que también puede tejerse con fibras naturales) y una cuerda de paracaídas (imprescindible en su pack de supervivencia aunque puede sustituirse con los cordones de la bota) para hacer un arma mortal.

“Profesionales del tiro con arco me han asegurado que algunos de mis arcos han alcanzado las 60 libras de potencia, es decir, similar a los arcos de competición”, dice con orgullo. Mientras tanto, la adrenalina corre por nuestras venas. Queremos probar el arco ya, aunque no tengamos ni pajolera idea de cómo usarlo. Pero, ojo, lo primero que nos advierte es: “mucho cuidado con poneros delante porque os puede hacer un buen estropicio”. Y es verdad. Solamente tensar la cuerda hasta la comisura de los labios es una hazaña. La flecha, fabricada con una rama más fina y recta de avellano alisada y endurecida en el fuego, acojona solo con verla.

Finalmente, me entrega el poder. Voy a demostrar que soy capaz de cazar mi propio conejo, urogallo o marmota en una situación de extrema necesidad (repito, solo en caso en que el bocadillo de tortilla de patatas que me he traído no fuera suficiente para sobrevivir varios días). Pero la realidad me golpea como una colleja con la mano abierta. Nada más coger el arco me doy cuenta de que mi coordinación está al nivel de cubata y chupito de Jägermeister en ayunas. La flecha se mueve de lado a lado y no acabo de tener claro si soy zurdo o diestro en esto del arco. Tenso, apunto, suelto y ¡zas! la flecha se va a las rocas del fondo. Eso sí, hace un ruido que suena a muerte potencial.

Inmediatamente, Juanjo se lanza a recoger mi autoestima, que a estas alturas se encuentra reptando por el suelo del bosque, y me explica que hasta él mismo tardó meses en dominar la técnica. Aunque ya es la última lección del día —no nos ha dado tiempo a hacer la trampa que durante uno de sus cursos de supervivencia casi le partió la mano a un incauto que se pensaba que eran cosas de película— me queda claro que nuestro guía se hubiera pasado la noche en vela intentando que acertásemos con la flecha al dichoso pino. Si algo hemos aprendido de la experiencia de la supervivencia es que no se puede aprender en un solo día. Es un proceso, un ensayo y error continuo.

Un mundillo no exento de haters

Con el aluvión de consejos y las técnicas básicas que Jota nos ha enseñado vamos de camino al coche mientras atardece. Al despedirnos de Juanjo, una sana envidia nos recorre el cuerpo. Él ha tenido las agallas de convertir la supervivencia en su forma de vida y, además, ha sabido subirse al carro de las redes sociales con su canal de Youtube a sus cuarenta y pico. Aunque no pueda evitar comentarnos que los haters también se prodigan en el mundillo de los survivalistas, no oculta su pasión a la hora de salir al monte a grabar sus reviews, técnicas y consejos de supervivencia. Supongo que enseñar a los demás le compensa y que en la montaña no se escucha a los trols de internet. Quizás no nos ha convertido en Rambo o Bear Grylls, pero sí que nos ha enseñado que lo más importante para sobrevivir en la ‘jungla’ de nuestra sociedad es ser feliz con lo que haces.