La Oscura Y Cruel Historia Del Bethlem Royal Hospital, El Peor Psiquiátrico Del Mundo

Su misión parecía honorable. El Hospital Real de Bethlem fue fundado para atender a la población, cada vez más creciente, de personas con enfermedades mentales del Londres de 1247. Los monjes de la Orden de la Estrella de Bethlem decidieron asumir la tarea de rescatar de la calle a aquellos que habían perdido la razón, cobijándolos en este asilo, el primer centro de salud psiquiátrica conocido en Europa. Pero el Bethlem estaba llamado a convertirse en el lugar más espantoso del mundo. Torturas, experimentos, robos a los internos… incluso llegó a convertirse en un circo al que los ingleses acudían a pasar una jornada lúdica, divertida, riendo a carcajadas mientras observaban cómo los enfermos, desnutridos y sucios, hacían cualquier cosa por ganarse una moneda.

Pero no sólo eso.

Esta es la oscura e inquietante historia del Bethlem Royal Hospital.

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En el siglo XIII, poco o nada se sabía de la salud mental. Los enfermos psiquiátricos eran tratados como poseídos o endemoniados, y la sociedad creía que su dolencia era un castigo, divino o demoníaco, por sus pecados. Por ello, todos los pacientes, independientemente de su cuadro, recibían el mismo tratamiento motivado por el desconocimiento y el miedo. Encadenados, encerrados o esposados, los internos sufrían constantes palizas y castigos diarios durante los primeros años del Bethlem Hospital, pronto rebautizado popularmente con el nombre de Bedlam, ‘casa de locos’ en inglés.

El centro cambió de manos, por primera vez, en 1370, cuando el rey Eduardo III sustituyó a los monjes del priorato por otros guardianes con algo en común con sus antecesores: ninguna experiencia para tratar con los enfermos. Por ello, los sacerdotes se fueron pero las palizas continuaron siendo el día a día de decenas de internos.

La sociedad londinense comenzó a conocer la realidad del Bethlem Hospital en 1598, cuando el ayuntamiento de la City encargó un estudio sobre su funcionamiento. ¿Las conclusiones? Un lugar no apto para ser habitado por seres humanos, sucio y repugnantemente mantenido. Aunque eso no significó ningún cambio. El rey Jaime I nombró a un nuevo gestor, Helkiah Crooke, que únicamente se preocupó por robar todas las donaciones que el hospital había recibido y a obligar a los enfermos a pagar por la comida con un lógico resultado: el que no podía pagar, moría de hambre.

Una nueva inspección llegaría de la firma del rey Carlos I en 1631. Un aparente soplo de humanidad, puesto que de ella se derivó la contratación de un cirujano, un médico y un boticario, los primeros facultativos que pisaban el centro desde su inauguración. Se decidió incluso trasladar las instalaciones a otro lugar, un nuevo palacio aparentemente más salubre y adecuado. Aunque, ¿fueron esos los motivos? Parece que no: más tarde, el nuevo centro abrió las puertas al público como atracción turística.

Exacto, igual que un zoo.

Las atenciones médicas seguían brillando por su ausencia y, aunque el edificio fuera nuevo, la suciedad y el abandono pronto se instalaron en sus nuevos pabellones, ahora también visitados por londinenses que gustaban de ‘observar’ a los enfermos en su ‘hábitat’, arrojándoles monedas a cambio de bailes o canciones. Incluso se permitía que, si los enfermos no habían dado un espectáculo ‘divertido’, se les pudiera azuzar con varas de madera o se les diera alcohol tratando así de que siguieran ‘actuando’ para deleite del resto. El centro llegó a recibir 96.000 visitas en 1814.

Y el tiempo pasaba. En 1795, rozando ya el siglo XIX, John Haslam fue nombrado nuevo director del psiquiátrico. ¿El fin del horror? En absoluto. De hecho, bajo su dirección se escribió uno de los capítulos más negros de la historia del Bethlem. El psiquiatra ‘recetaba’ mano dura para doblegar a los internos, sometiéndoles a constantes palizas y probando con ellos la terapia de rotación, que consiste en suspender al enfermo en un columpio y darle vueltas durante horas, buscando provocarles el vómito con intención de ‘purgarles’. Además, durante esos años, los cadáveres de los pacientes fueron utilizados para disecciones y experimentos de todo tipo. 4.000 de esos esqueletos fueron encontrados recientemente en una excavación.

Tras la destitución de Haslam, derivada de otro informe de control, el hospital cambió de nuevo su sede. Pero esta vez tampoco supondría un cambio real para los enfermos. El nuevo edificio, inaugurado en 1815, mantuvo las abominables terapias, siguió sin atender correctamente a los pacientes y, para más datos, no sólo es que no tuviera calefacción, sino que tampoco tenía ventanas.

El fin de la cruel y desconcertante historia del Bethlem llegó de la mano del médico William Hood en 1852. El doctor, por fin, asumió y puso en marcha un programa de atención mental que sí buscaba ayudar y sanar a los pacientes. El hospital vivió una nueva mudanza en 1926 y comenzó, por fin, un capítulo de luces en su leyenda. Hoy, el Bethlem Royal Hospital continúa dedicándose a la atención psiquiátrica y es, de hecho, uno de los centros punteros en investigación del mundo. Un museo recuerda los horrores de tiempos pasados, y en sus archivos todavía se guardan legajos con historias que, aunque parezcan sacadas de ciencia ficción, fueron tan reales que consiguen revolver los estómagos de todos los que asoman a sus páginas.