Un músico callejero te cuenta lo jodido y maravilloso que puede ser su trabajo

Hace falta mucha fortaleza mental y resiliencia para ganarse la vida tocando en las calles 

Una calle cualquiera. O el metro. Caminas deprisa hacia el trabajo, sufriendo una extraña combinación de desgana y estrés, cuando te cruzas con su música. Juglares del siglo XXI. Mujeres y hombres que cada día, sin excepción, abandonan sus casas cargados de bártulos para llevar su música al mundo. Probablemente no les hagas demasiado caso. Sigues adelante. El tiempo apremia. Pero tú cabeza queda atascada en una idea: qué bonito sería ganarse la vida así. Qué bohemio. Qué puro. Pero es muchísimo más duro de lo que sus sonrisas, muchas veces parte del uniforme de trabajo, podrían sugerir.

Alex Tysen tiene 27 años. Lleva casi una década tocando canciones de Ray Charles, de Radiohead o de cosecha propia en esquinas de media España. Quizá alguna vez te lo cruzaras en el metro de Madrid, en las calles de Tenerife, en las plazas atestadas del verano tarifeño o en algunos rincones granadinos o malagueños. Incluso en las frías avenidas de Bristol, en Inglaterra. Como muchos otros músicos, renegó de ese itinerario predeterminado de carrera y trabajo de oficina para regalarnos su arte por unas cuantas monedas. Pero la calle, como me cuenta Alex masticando las palabras, "puede ser muy perturbadora".

Why don't you love me

Tocar en la calle es jugarte la moral. Exponerte. Ser juzgado. Y no siempre sales bien parado: "Estás dando un concierto gratuito y a veces la gente ignora completamente tu existencia. Además tu autoestima está siempre sobre el alambre cuando te dedicas más tarde a pasar con la gorrita mesa por mesa esperando el ‘sí’ o el ‘no’ de la peña. Los días que te comes demasiados ‘no’ empiezas a dudar de muchas cosas. Pero aprendes a lidiar con esos días y te sobrepones. Después de todo, sabes que nadie te ha llamado. El público no te ha elegido. Vas allí a puerta fría", explica Alex.

Tampoco él, ni ningún músico callejero, eligen al público. Y mientras la mayoría de gente, según este tinerfeño, sabe comportarse, siempre hay personas dispuestas a joderte. "Tienes que saber lidiar con el personaje ebrio que invade tu espacio. Con los que te piden la guitarra para hacer la gracia y no para tocar con ella. Con los que aprovechan que estás ajustando los niveles del amplificador para hacer bromas por el micro. Porque la calle es de todos. Pueden pasarte muchísimas cosas y tienes que llevarlas con picaresca, pero no todos los días estás de humor para ello", cuenta con resignación.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Gracias @mai_serendipity ! ^^ #pinkfloyd

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Mucha policía, poca diversión

Mientras los músicos callejeros londinenses cobran con tarjeta, sus homónimos españoles lo tienen mucho más complicado. Cada vez más ciudades restringen horarios, espacios y cantidad de músicos que pueden tocar en sus calles. El oficio peligra. "Sí, también tienes que lidiar con la incertidumbre de que un policía, sin más remedio porque está haciendo su trabajo, venga y te pida amablemente que te vayas", dice Alex con resignación. "Y lo entiendo. Pero luego hay locales con música fortísima sin licencia, fiestas y gente gritando y nadie se queja. Parece que el problema solo es la música en vivo".

De hecho, su peor experiencia en las calles tuvo lugar en Granada y con la policía como protagonista: "Me multaron pero además me confiscaron mi guitarra. Mi medio de vida. Tuve que comprar otra porque me salía más barato que recuperar la vieja. Sin embargo, otro día que la policía quiso multarme apareció de la nada un hombre afirmando que era abogado. Me defendió. Realmente era abogado y se comprometió a ayudarme si tenía algún problema. Él sencillamente estaba allí sentado, disfrutando la música. La gente se mosquea cuando les cortan el rollo. Así que dejadnos hacer música, ¿no?".

Wonderwall

Indiferencia. Indeseados. Multas. Sentirte el bufón de la plaza. Moverte mientras tocas para que las cucarachas no escalen por tus piernas. Suena jodido. Y la pregunta es obvia: ¿por qué seguir haciéndolo? "Porque es maravilloso, tio. Tienes libertad, eres tu jefe y cada día puede convertirse en una aventura increíble. Especialmente si lo tomas como un trabajo y eres capaz de mantener el espíritu fiestero y reírte de todas las cosas malas que te pasan. Y mucha gente te quiere porque haces música bonita para ellos e incluso se llevan la experiencia a niveles más místicos. Eso da sentido a lo que hacemos", cuenta Alex.

El entusiasmo en su rostro prueba que siente cada una de esas palabras: "Que te ovacione en pie toda un terraza aunque no seas famoso, solo porque tu espectáculo lo merece. Que una madre tenga que pararse porque su hijo quiere escuchar más. Que te digan que tienes algo especial. Que quieran tu disco. Llegar a cualquier sitio con tu voz e instrumento y que te llueva la vida: monedas, billetes, cerveza, comida, amigo, admiradores, chicas... Esa sensación de estar en una terraza pasándotelo bien mientras te da el solecito y te aplauden es genial. Cuando vives eso no quieres hacer ninguna otra cosa".

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

C'est la vie, say the old folks!

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Mañana

Luces y sombras. Y, sin embargo, atraídos por esa magia de la calle, del momento, los músicos callejeros sobreviven aferrados a la claridad. ¿Para siempre? Este músico, asiduo de la plaza 2 de Mayo de Madrid, lo tiene claro. "Habiendo visto cuanto he visto, sí. Es posible. Solo tienes que echarte a la calle y ver a esos señores que llevan tocando toda la vida. No es un trabajo tranquilo. Es como salir a pescar. Nunca sabes qué va a pasar y si obtendrás los ingresos. Pero veo más agradable esto que muchos trabajos considerados aceptables pero mucho menos agradecidos. La gente no está educada para vivir laboralmente al margen".

Ellos sí. De todas formas, y como muchos otros de esos artistas que aguardan en las esquinas de nuestras ciudades, Alex tiene otras aspiraciones profesionales. "Me gustaría que mis composiciones me diesen de comer. Tener muchos seguidores que vinieran a mis conciertos y escucharan mis canciones en sus casas. Me da satisfacción solo con pensarlo. Es el clásico sueño y no hace falta explicar por qué. Pero también mi molaría tocar el piano en cruceros. Viajar. Al menos es legal y tienes la certeza de que la gente desea que toques para ellos". Hasta entonces, él y muchos más sin nombre seguirán poniendo melodía a nuestras vidas.