La terrible enfermedad congénita de la realeza que inspiró los mitos sobre los vampiros

El escritor Bram Stoker basó su archiconocida novela Drácula (1897) en las leyendas de vampiros de los Balcanes inspiradas en la extraña enfermedad y crueldad extrema de algunos de sus gobernantes

Los mitos, por exagerados que sean, siempre guardan algo de realidad. Esto explicaría por qué algunos surgen recurrentemente en diferentes lugares del mundo aunque con pequeños matices. Los gigantes, las sirenas y los vampiros son algunos de los más extendidos, sin embargo, es el último el que más páginas ha llenado en la literatura de los siglos XIX y XX. El responsable de la enorme fama de los chupadores de sangre es el escritor irlandés, Bram Stoker, quien inspiró su archiconocida novela Drácula (1897) en las leyendas de vampiros de los Balcanes y, más concretamente, en la figura del sanguinario Vlad Tepes, el príncipe de Valaquia que luchó contra las invasiones turcas a finales del siglo XV ganándose el apodo de “el Empalador” por sus sanguinarios métodos de represión a los invasores. 

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Sin embargo, según un artículo publicado en The Conversation y firmado por el médico de la Queen's University de Ontario Michael Hefferon la verdadera inspiración de Stoker es algo mucho más terrible y real que los relatos de antiguos gobernantes. Según este, el autor irlandés estaba al corriente de los avances de algunos científicos de la época como George Harley y H. Gunther en la clasificación de una enfermedad muy misteriosa hasta el momento conocida como la porfiria o “enfermedad de los vampiros”. Al parecer, esta enfermedad congénita estaba especialmente presente entre la realeza y la nobleza tardofeudal del Este de Europa inspirando leyendas sobre vampiros entre sus habitantes que, con el paso de los años, fueron deformándose hasta mezclarse con personajes históricos y parir personajes como el Conde Drácula que retrató Stoker. 

Pero volviendo a la explicación de Hefferon, lo cierto es que la sintomatología de la porfiria explica en gran parte por qué el folklore popular acabó pensando que las personas que la sufrían era auténticos vampiros. En primer lugar, hay que entender que este trastorno hereditario provoca en quien lo padece una menor producción de hemoproteínas y, en consecuencia, de hemoglobinas: la proteína de los glóbulos rojos que transporta el oxígeno a los tejidos. Pues bien, los enfermos de porfiria desarrollan una fuerte sensibilidad a la luz solar y debido a la falta de oxígeno en sus tejidos la piel puede llegar necrosarse, agrietarse y retraerse produciendo fuertes deformaciones faciales. En ocasiones, la deformación es tan fuerte que llega a las encías y los dientes quedan expuestos dando la sensación de que tienen un tamaño exagerado, especialmente en los colmillos. 

Por si fuera poco, otro de los síntomas es la orina de color rojo oscuro lo que en aquella época hacía pensar a la gente que era la prueba inequívoca de que se alimentaban de la sangre ajena. De hecho, algunos lo hacían ya que los médicos llegaron a recomendar consumir sangre animal para compensar el defecto en los glóbulos rojos. Por último, la aversión por el ajo que las leyendas atribuían a los vampiros también encajaba y podría tener su origen en los enfermos de porfiria ya que la alta concentración en azufre provocaba a los enfermos ataques con un intenso dolor. Si a todo esto le sumamos que probablemente las deformaciones sufridas en el rostro les hacía huir de los espejos y que la Inquisición llegó a quemar a 600 “vampiros”, muchos de ellos probablemente eran enfermos de porfiria acusados por sus temerosos vecinos, es muy de entender que ni se les ocurriera salir por el día o frecuentar una Iglesia. Esto era especialmente problemático si eres una figura importante como el rey Jorge III de Inglaterra de quien se dice que los dolores de la enfermedad le produjeron la locura. 

Por desgracia, aunque el desconocimiento y el oscurantismo han desaparecido en la sociedad actual, la porfiria sigue siendo una enfermedad para la que no se conoce  cura y, a pesar de algunos avances gracias a la implantación de células madre, el tratamiento para los enfermos se centra en lo paliativo. A saber cuántas personas fueron injustamente acusadas de ser vampiros, hombres lobo o cosas peores simplemente por sufrir una enfermedad desconocida o mal entendida por la ciencia del momento. Quizá Stoker quiso representar un monstruo que no era tal, quizá el auténtico monstruo nunca estuvo en lo alto de un castillo en Transilvania ni acechando a sus víctimas en algún oscuro bosque. Más bien, el paso del tiempo ha permitido vislumbrar que el verdadero monstruo estaba en el corazón de las gentes que se dejaban llevar por los prejuicios y el miedo a lo desconocido hasta el punto de clavar una estaca en el corazón de un muerto o quemar un enfermo.

Quizá el verdadero monstruo sea la oscuridad que vive y siempre ha vivido dentro de nosotros: la ignorancia. Como decía uno de los famosos Caprichos de Goya: "El sueño de la razón produce monstruos".

CN