Soy una de esas a las que miras por encima del hombro porque se ha operado las tetas

Sí, soy una de esas, de las que tienen las tetas operadas y sobre las que a todo el mundo le gusta chismorrear. Las chicas que se operan el pecho parece que pasan a formar parte de otra categoría de personas, como más tontas, más superficiales, y yo no quería ser parte de ese grupo. Así que durante años intenté aceptarme como era, querer mi cuerpo tal cual y ser feliz sin importar que mi pecho fuera prácticamente inexistente y que encima tuviera una teta más grande (dentro de su minusculidad) que la otra.

Sin embargo lo máximo que conseguí es resignarme y acostumbrarme a vivir con una inseguridad que ensombrecía mi vida cotidiana. Porque desde fuera un complejo puede parecer ridículo, puedes decir "pero qué tontería, con la cantidad de problemas que hay en el mundo y tú preocupada por eso" porque no te parezca para tanto. Pero desde dentro te hace decir que no vas a la playa "porque no te apetece", perder la sonrisa cuando te miras al espejo y apagar la luz cuando estás con alguien en la cama.

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Se me había pasado por la cabeza operarme, pero el quirófano y la posibilidad de que algo saliera mal me daban pánico. Temía que me quedara súper artificial, como esas tías que salen por la tele, o de convertirme en la comidilla de mis amigos y conocidos. Lo que me ayudó a decidirme fue el apoyo de mi familia. Sabían el peso que suponía para mí y me acompañaron en todo el proceso.

Estuvimos buscando durante mucho tiempo y, al final, fui con mi madre a una clínica que le habían recomendado para la primera consulta. Me vieron, me midieron y me recomendaron el tipo y el tamaño de prótesis que quedaría más natural para mi cuerpo. Yo no quería tener un pecho grande, quería simplemente un pecho proporcionado.

Después de los análisis, llegó el día de la operación y volvieron todos los miedos. Aunque fuera muy muy remota, sabía que podía existir la posibilidad de morir por culpa de un complejo. Pero vino la anestesia, la cuenta atrás y me desperté aturdida, con una venda enorme y la sensación de que me había estallado una bomba en el pecho. No era dolor, porque no me dolía, pero sí como si me hubiesen estado manoseando toda esa zona.

El postoperatorio fue un poco engorroso y también me costó adaptarme psicológicamente a mi nuevo cuerpo. Tuve que aprender a manejarme con las nuevas medidas, comprarme sujetadores nuevos e incluso reaprender a vestirme. Porque, lo que antes era una camiseta con cuello de pico, se había convertido en un escotazo y los vestidos normales, de pronto estaban apretados.

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No puedo decir ni siquiera que notara un cambio espectacular en mi vida, simplemente mi complejo se esfumó como si nunca hubiera existido. Tal y como yo había querido, me quedó natural, tanto que cuando llegaron los meses de playa mi entorno ni siquiera se dio cuenta. Pero yo sí lo veía y era lo importante, porque lo hice por mí y no por ellos.

Ahora mismo, después de varios años, me preguntas si me he operado y mi primer impulso sería decir que "no". Porque ni me acuerdo. Me hubiese encantado aceptar mi cuerpo, pero no lo conseguí, así que me operé y no me arrepiento de nada. No me atrevería a recomendárselo a nadie, porque cada persona es un mundo. Solo puedo contar mi experiencia y pedir que se nos deje de juzgar tan a la ligera, porque cada uno gestiona sus complejos como puede y como quiere.

Crédito de la imagen: Ramona Deckers