Me metí DMT para ver si subía al cielo, saludaba a Dios y volvía

Un ‘viaje espiritual’ con el que obtener respuestas y enfrentar bloqueos internos que llevaban tiempo limitándome

Estoy de pie en un camino en medio de la nada a unos 30 kilómetros de Barcelona. Ella saca un tubo lo coloca en mi nariz y sopla. Una nube de algo que parece ceniza recorre mis fosas nasales y siento que mi mente se resetea. Las lágrimas comienzan a caerme por las mejillas mientras el chamán, un señor austriaco de casi setenta años, prepara la dosis de DMT. El ruido del tambor que golpea la mujer y el humo que emana de la pipa de cristal me indican que todo está listo: voy a probar la ‘molécula de Dios’.

La dimetiltriptamina o DMT es la sustancia psicotrópica que puede tomarse forma natural en unas 60 plantas o de forma sintética. Suele asociarse al ritual de la ayahuasca, pero lo cierto es que tu cerebro también puede emitirla en pequeñas dosis durante el sueño o en el momento preciso de la muerte. Es por eso que muchos afirman que al consumirla se vive algo similar a una experiencia cercana a la muerte (ECM), es decir, que la conciencia abandona el cuerpo para ascender a una dimensión sin las ataduras del tiempo y el espacio.

Para el presidente de la Asociación 'Eleusis para el estudio de los estados de consciencia', Santiago López-Pavillard, las ECM son precisamente “un estado de consciencia”, y como tal, “las experiencias con plantas psicoactivas usadas en contextos ceremoniales pueden permitir vislumbrar la naturaleza de estos estados”. Es decir, que el consumo de esta sustancia junto al ritual que la acompaña son una especie de atajo en nuestra mente hacia estados superiores de conciencia. Una ventana a ese ‘más allá’ del que se habla en todas las culturas primigenias. 

Un viaje al interior de tu mente

En mi caso estoy a punto de fumar el DMT —que en su forma sintetizada tiene aspecto de cristal— con el único objetivo de realizar esa especie de ‘viaje espiritual’ del que muchos hablan con el que obtener respuestas y enfrentar bloqueos internos que llevan tiempo limitándome. Una búsqueda interior que hace que no dude un segundo en ponerme en las manos de dos desconocidos que, previo pago de 90 euros, me guiarán a través de una experiencia que, según sus propias palabras, elevará mi grado de conciencia a nuevos niveles y despejará para siempre las sombras que nublan mi mente. Un ritual con tintes hippies que, según algunos medios, se ha puesto de moda entre la bohemia de lugares como Madrid, Barcelona, Ibiza o Tarifa.

Cuando el chamán se acerca con la pipa de cristal humeante y hace el gesto de acercarme mi corazón quiere escapar de mi pecho. Ya había comido setas antes y las personas que me recomendaron la experiencia son de total confianza, sin embargo, saber que en unos segundos experimentaré uno de los mayores colocones que existen, acojona un poco. El momento ha llegado: cojo la pipa e inhalo lentamente el humo sintiendo como se expande por mis pulmones. Contengo la respiración, cierro los ojos, y, mientras escucho el ruido del tambor, toda mi realidad se viene abajo.

De repente, la vibración de la percusión ya no retumba fuera sino dentro de mí. Es como si el chamán ya no golpease al tambor sino directamente a mi mente. Incapaz de seguir en pie me recuesto hacia atrás. Los cánticos de mi guía y su ayudante suenan a mi alrededor envolviéndome y transportándome dentro de mi propia alucinación. Mi boca y mis pies empiezan a temblar y me colocan completamente tumbado. Aunque esté tirado sobre un pareo en mitad del monte con dos desconocidos, en mi cabeza estoy flotando, en un lugar más allá del tiempo y el espacio.

Dios, falsos chamanes y un poco de hippismo

Algunos han intentado describir el colocón del DMT como subir al cielo y conocer a Dios. Un cara a cara con el creador para volver a la Tierra con el propósito de tu vida mucho más claro. Es por ello que las culturas indígenas que han empleado esta potente droga siempre lo hicieron a través de un complejo ritual guiado y supervisado por el chamán. Para ellos no era un colocón ni una droga, era conocer la realidad de otro plano a través de una medicina espiritual. Es el pasaporte directo para conocer tu verdadera esencia y volver a tu vida con ese conocimiento.

Sin embargo aquí es donde López-Pavillard echa el freno. Ni todos los colocones con DMT son una experiencia mística, ni todos los ‘chamanes’ tienen idea de lo que están haciendo más allá del teatrillo y el discurso ambiguo en torno a la droga. “Sin duda la difusión de este tipo de prácticas está favoreciendo la aparición de falsos ‘chamanes’, ya no solo occidentales, sino nativos de la cuenca amazónica. Básicamente, estas personas ignoran el modo adecuado de trabajar con estas sustancias”, asegura el experto que, además, advierte de que entre los ‘chamanes’ con verdaderos conocimientos habría que distinguir entre los ‘curanderos’ y los llamados ‘brujos maleros’.

“Los primeros trabajan al servicio de la gente, los segundos se sirven de la gente para su propio beneficio. Esto añade aún más complejidad a la hora de determinar a quién se tiene delante ofreciéndote un remedio”, alerta el antropólogo. Es por ello que el académico insiste en que si bien estas sustancias psicoactivas pueden aportar grandes beneficios terapéuticos, estas siempre deberán emplearse con conocimiento y respeto. ”En España hay organizaciones que trabajan para implementar contextos de buenas prácticas, como la Plantaforma para la Defensa de la Ayahuasca o ICEERS. Se ha avanzado mucho en los últimos años acerca del modo de integrar estas experiencias en una sociedad como la nuestra, y los resultados que se observan son, en general, positivos”, señala.

¿Droga alucinógena o medicina del espíritu?

Tras unos diez minutos de colocón regreso a la normalidad e intento asimilar todo lo que acabo de vivir. No tengo dolor de cabeza, ni resaca, ni aturdimiento, solo una sensación de haber removido algo muy profundo en el interior de mi subconsciente. Tampoco puedo decir que he conocido a Dios, que haya visto la realidad descomponiéndose en forma de fracase —un relato muy recurrente en torno al DMT— y la sensación de desaparecer de este plano apenas ha durado unos minutos. Sin embargo, algo ha debido de ocurrir durante el trance que me ha hecho regresar con una fuerte tristeza. 

La explicación del chamán es que mi viaje ha servido para enfrentar un trauma del pasado, para cerrar heridas que permanecían abiertas en mi subconsciente y sin que me diera cuenta. Es cierto que me siento extraño, que no he visto pirámides de colores —según la tribu shipibo la geometría del arte ‘kené’ proviene de estos estados de trance— ni he sobrevolado el Universo, pero ni falta que me ha hecho. Aunque la tristeza predomina sobre las demás sensaciones sí siento que es ese mismo dolor el que me ha ayudado a desbloquear puertas que estaban tapiadas y que me impedían avanzar. Estoy en un estado de quietud mental en el que los pensamientos fluyen sin tantas trabas.

No es que la experiencia haya cambiado mi forma de pensar, pero sí que quizás la ha expandido y, lo que es más importante, ha abierto una vía en mi mente que siempre estará ahí si necesito pensar con más claridad. Las inseguridades y los miedos que tenía y que me impedían tomar decisiones se han desvanecido. Simplemente han dejado de ocupar un espacio en mi cabeza, como si se hubieran caído por esa misma puerta que ahora he abierto. Tampoco estoy diciendo que esto le vaya a pasar a todo el mundo y menos aún que te pongas en manos de personas que no te ofrecen ninguna garantía, pero quizás ahora entiendo por qué los auténticos chamanes del Amazonas creen que el DMT es un compuesto sagrado y no una simple droga.